Las crónicas de Hueso
Mensajes del 001 al 010
(iniciados el 6 de octubre de 2000)


001 - El tiempo necesario a los encuentros
 
 

A ver... ¿Cómo empezar?

Muchos de ustedes me conocen, aunque no lo recuerden; aún.

A decir verdad, mi memoria tampoco anda muy bien, está lastimada; tanto viaje, tanto andar de un lado al otro, manejando a duras penas mi destino.

Ustedes no me recuerdan porque todavía no pasa el tiempo necesario a los encuentros; regresar desde el futuro arrastra estos desequilibrios... Yo solía tener muchas cosas tan claras... Como diría Hugo: "Clara la noche, día enceguece."

¡Hugo! ¿En qué andará?

Pocos sabían su verdadero nombre --esto era moneda corriente para muchos de nosotros--; la mayoría lo llamaba "El Idiota", esas mayorías que no toleran las diferencias... Sí, ya sé: dicen, por ahí, que todos somos diferentes... Pero hay cierta clase de personas que ponen una frontera pasada esa distancia que consideran de fierro; son capaces de decir que la mismísima alma no traspasa dicho borde.

Ah; pero yo sé que las lecciones llueven desde la espalda --aunque no tenga una, igual lo sé: lo he visto en otros.

El día que me crucé con Hugo, supe de inmediato que seríamos maestro y alumno; no me importó que creyera que el alumno sería él. Y así anduvimos por las trincheras del Barroso y las áridas mesetas del Vertical. ¡Cómo hablaba yo por aquellos días! No es que hoy hable poco, pero, ya les dije, mi memoria no es la misma, está lastimada, he tenido que decir adiós muchas veces. Y ojo que no es que haya perdido la risa o estos ojos de ave rapaz, no... El Irlandés sonreiría si me viera, me daría una palmada sobre el hombro izquierdo --como para recordarme quién anda por ahí-- y me propondría compartir unos vasos hasta pasada la medianoche.

Es verdad: todos éramos, y seguimos siendo, diferentes. Pero también estaban ésos... Los que recitaban su dogma; finalmente, no importó si puertas afuera o adentro: terminaron sacando las armas de sus fundas. Ah, las diferencias... Algunas aparecían ni bien nacíamos; a otros, se les iban notando después. Cierto es que algunos eran considerados de manera especial: los que hacían esos cálculos a velocidades increíbles, o esos otros cuyas voces daban dimensiones insospechadas a las canciones más mediocres... A mí, se me notó de grande; no sé si fue lo mejor: ya estaba acostumbrado a ser uno más entre las gentes; tuve suerte de que no se dieran cuenta de cuáles eran exactamente mis diferencias, y para cuando vinieron a buscarme, ya mi viaje se había iniciado. En aquella época, comenzaron a contarse algunas historias acerca de personas que no obedecían la Ley, su caza se frenó cuando estalló la primera de las guerras. Pero, bueno, de esto ya les contaré.
 
 

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002 - Mis padres eran una pareja de fantasmas
 
 

Nunca pensaba en mis padres ni tuve la curiosidad suficiente como para averiguar dónde había nacido o cuándo; es extraño no saber exactamente cuántos años se llevan encima: al principio, se tiene una vaga idea, pero llega un momento cuando el margen de error es capaz de abarcar unos diez años, y los extraños, incluido el del espejo, no tienen otro remedio que guiarse por los ojos. Y, esto es bien sabido de donde yo vengo, los ojos no son, como cree la inocencia popular, el espejo del alma, son, poniéndome preciso, su pozo de sombras. Mis padres eran una pareja de fantasmas que tenía la obligación de reconocer como habiendo existido por algún lado y, al mismo tiempo, como parte de un relato folklórico imposible de cotejar. Mis recuerdos más antiguos eran los de la granja, la "Manzanares", buen lugar para crecer sin el acecho de las enfermedades peores... Es verdad, dije "eran"... Es que después aparecieron otros recuerdos, de mucho más atrás, pero, si no me apuran, lo van a entender mejor.

Eso de no pensar en mis viejos duró hasta que conocí a la Paloma; esto ocurrió a los cinco años de estar viajando. Andar de un lado al otro no permitía cargar con muchas cosas: alguna ropa, unos pocos papeles, un cuchillo, y cinco o seis monedas; ni hablar de tener un caballo, ni siquiera un burro, los pies dentro de un par de botas de cuero reblandecido terminaban siempre por ser lo más eficaz; sobre todo, si se volvía menester regresar a la senda de improviso.

Por entonces, yo escribía, todos lo hacían en la "Manzanares"; era parte de un ritual que, mucho después lo comprobé, se extendía por todas las tierras del centro y del este: por las tardecitas, después del trabajo y antes de la cena, teníamos una hora para contar lo hecho durante el día. A mí, me había enseñado a escribir Ofelia, la costurera, la que remendaba todo género que se rasgara durante las tareas de campo; creo que era mitad comechingón, tenía la piel oscura y las manos gentiles --era increíble (esto lo pensé mucho después) que pudiera ser dueña de caricias tan dulces con esas manos tan ásperas--; y así fue nomás: ella me enseñó a poner una letra detrás de la otra y a hilvanar las palabras, mientras se ocupaba de sus hilvanes también.

La Paloma me vio cuando estaba escribiendo, sentado contra la parecita del abrevadero de Salto, una tarde de comienzos del otoño. Me hizo creer que esas palabras le interesaban, pero me fue fácil deducir que no le gustaba estar sola, en ese pueblo al que, ella también, recién llegara. Y yo tenía mi pinta, no vayan a confundirse; andar de vagabundo podía ser una tarea que dejara la limpieza en segundo plano, pero una cara sin cicatrices era objeto casi suntuario, aunque estuviera mal afeitada. Claro que poco podíamos, ninguno de los dos, sospechar dónde desembocaría nuestra breve estancia juntos. 
 
 

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003 - Nunca fui bueno para deducir las edades
 
 

La Paloma y yo anduvimos juntos durante unas tres semanas; ella se dirigía a una posada donde la esperaban para darle trabajo y no tuve ningún inconveniente en acompañarla. No fue que la dicha posada estuviera a tres semanas de camino, ocurrió que nos tomamos nuestro tiempo y fuimos tolerantes con los atractivos que los desvíos proponían a nuestro paso; deteníamos la marcha temprano, antes de la caída del sol, y la reanudábamos, por las mañanas, después de desayunar sin apuro; hubo tardes, incluso, cuando nos regalamos una siesta, tirados bajo el débil sol que anunciaba los fríos a llegar.

La posada estaba a uno o dos días de camino luego de traspasada la frontera del Vertical. En verdad, algunos años después, aprendí que esas tierras eran parte de la Zona --o el Falso Vertical--, el verdadero comenzaba una vez atravesada ésta, siguiendo por el camino de cornisa; el tiempo que se tardara en hacer el trayecto dependía de las habilidades particulares de cada viajero.

La Paloma debía de tener unos diecisiete años; nunca fui bueno para deducir las edades --esto quizás tuviera que ver con que ignoraba la propia--, pero hubo una tarde cuando, al hacer una referencia al trabajo que le esperaba, dijo que no aceptaban jóvenes de menos de diecisiete, y agregó que ella pasaría raspando. No me pregunten qué era ese especie de examen que podría "pasar raspando", ni cómo podría servir para calcular su edad: mis recuerdos de aquellos días son casi como el relato de otra persona, y no sería raro que el avance de los años me haya llenado los huecos con falsedades.

Pasadas esas tres semanas, y puede que algunos días más, llegamos a la posada; para mi sorpresa, la dueña era una mujer. Ustedes deberán disculpar esto que, a simple vista, parece un prejuicio de mi parte, pero ocurría que nunca, ninguno de los sitios conocidos por mí, cuanto cuchitril visitara hasta ese día, fuera para dormir o para comer o por mera diversión, fallaba de estar bajo el gobierno de un hombre; algunos estaban casados, a veces incluso con más de una mujer, pero ellas siempre caminaban un paso por detrás. Nunca había reparado sobre ese asunto, del modo como nadie mira dos veces una naranja a menos que tropiece con una de color púrpura.

La dueña se llamaba Dariana; lo que más me atrajo de ella fue su cabello: rojo brillante y con un mechón plateado que le caía hacia el lado izquierdo de la cabeza. Cuando llegamos, fue raro que casi no le prestara la más mínima atención a la Paloma, siendo que la estaba esperando y llegaba con, repito, algunos días de retraso; más raro aún que se me quedara mirando como si yo fuera el mismísimo fantasma de Román Solo. Pero de éste, acá nomás les contaré.
 
 

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004 - Don Manuel se reía de todas esas historias
 
 

La Manzanares era una granja de muchas hectáreas y pertenecía a la familia Solo; Manuel Solo era el miembro más anciano de la familia y, por lo tanto, quien tenía la última palabra para todo lo que hubiera de hacerse o dejarse de hacer. Román, su tatarabuelo, había hecho lo propio durante sus días de gloria; se decía que había sido un mujeriego incurable, incluso durante los años cuando su esposa vivía y sin reparar en el estado civil de las mujeres a quienes echaba el ojo. Todas estas historias eran el pan de todos los días para las chicas y muchachos que, como yo, crecíamos allí, trabajando como si fuera parte de un juego sobre el que no teníamos la capacidad de abrigar dudas: el mundo era así y, por otra parte, nos trataban muy bien.

El asunto es que el bueno de don Román acostumbraba salir de noche a la caza de sus damiselas y le fue bastante bien hasta que fuera descubierto in fraganti por Eusebio Britto, el esposo de Teresa, la empleada de la panadería de Balán, el pueblo más cercano. El escándalo fue terrible, y creció hasta desembocar en un duelo a punta de facón.

Nadie daba dos monedas por la suerte del Eusebio: don Román era diestro en el uso de los cuchillos, pero para sorpresa de muchos, la suerte le jugaría un traspié. El lance quedó fijado para un sábado a la medianoche, detrás del cementerio, y los duelistas concurrieron acompañados solamente de sus padrinos; todos fueron advertidos de no asomar las narices, so pena de tener que ponerse en la fila para futuros enfrentamientos; cosa que, por supuesto, hubo quien trasgredió al amparo de las sombras.

La cosa comenzó mal para el Eusebio: una cortada en la mejilla y otra en la pierna derecha le hicieron temblar tanto que casi no podía mantenerse en pie. Finalmente, cuando don Román estaba por asestarle el golpe de gracia, el Eusebio tropezó al querer dar un paso atrás, y el envión que ya traía hizo que el patrón de la Manzanares cayera sobre su propio cuchillo, dejando de envejecer de inmediato.

No pasó mucho tiempo para que empezaran los relatos de sus apariciones post mortem; la mayoría de ellas relatadas por mujeres de excesiva sensibilidad y maridos celosos. Hasta llegó a decirse que era el padre de cinco o seis lobizones, cuya presencia fuera confirmada luego del destrozo de otros tantos gallineros.

Los Solo trataron como pudieron de amenguar tanto cuento y chusmerío, pero como es fácil de apreciar, no lo lograron; hasta que, por fin, quedaron como parte de los cuentos que solían contarse en los días festivos, cuando el baile ya tenía a todos exhaustos y se reunían a dar las últimas boqueadas alrededor del fuego, cosa de no dejar los vasos a medio tomar.

Don Manuel se reía de todas esas historias --puede que por sus propias hazañas entre polleras-- e incluso llegó a contar alguna, agregándole detalles que nadie conocía; detalles que, con el tiempo, comencé a darme cuenta que provenían de sus propias andanzas: ése fuera, quizá, su modo de homenajear a su antepasado, al tiempo que inmortalizaba aventuras que, de otro modo, habrían quedado en la oscuridad: al menos, el apellido continuaría en el recuerdo y puede que hasta en la leyenda.

Ofelia me miraba con en el ceño fruncido cada vez que le hacía alguna pregunta sobre los patrones; y ni decir cuando el asunto rondaba alguna de sus fechorías. Entre las chicas y los muchachos, la cosa era muy otra: no pasaba tardecita cuando alguno faltara de traer nueva información, fuera recolectada en el pueblo o a la salida de la misa. A mí, me apasionaban y soñaba con mis propias futuras correrías; una ilusión innecesaria si se tiene en cuenta que, llegados a cierta edad, nos permitían dormir con las chicas, cosa de mantener una población creciente de nuevos peones; el mismo cura nos daba las bendiciones. Sin embargo, al anochecer, con la cabeza apoyada en la almohada y los ojos abiertos a la escasa luz de las ventanas, yo imaginaba mis viajes hacia tierras desconocidas, donde encontraba a esas mujeres que era imposible cruzarse ni en la granja ni en el pueblo. Si me preguntan cómo eran, no les podría contestar, ya no lo sé; y para serles sincero, creo que tampoco entonces; de que eran mujeres, no hay duda, pero sus rostros y voces eran parte de esa oscuridad previa al sueño.

Claro que ustedes se habrán quedado pensando por qué Dariana me observó con tanta insistencia el día que nos conocimos. Bueno, aquí va.
 
 

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005 - Y yo sentí el latigazo; fue la primera vez
 
 

Los ojos de Dariana eran verdes con manchas anaranjadas, fue fácil observarlos porque los tenía abiertos de par en par. La Paloma comenzó a esbozar esa sonrisa que, yo sabía, significaba segundos pensamientos; Dariana había sido amiga de su tía, muerta hacía un par de años, durante una emboscada, al desembarcar en la isla Martina. La mirada de esa mujer comenzó a inquietarme, se prolongaba de un modo obsceno, como si no hubiera allí nadie más.

--¡Eh! --le gritó la Paloma--. ¿Te pegó un mal aire?

Recién entonces, la miró a ella... Y yo sentí el latigazo; fue la primera vez. Un calor intenso, como si un líquido caliente se me derramara por la espalda, hizo que me inclinara hasta apoyar las manos en el suelo de tierra. Ambas me ayudaron a entrar al bar de la posada; podía percibir lo que pasaba a mi alrededor, pero no conseguía abrir la boca. Dariana sirvió tres vasos de un líquido incoloro y los trajo hasta la mesa; la Paloma trató de que tomara un sorbo, pero mis mandíbulas seguían apretadas; yo no sentía que estuviera haciendo esfuerzo alguno, pero ni yo ni nadie habría podido separarlas.

Habré estado así unos cinco minutos, hasta que el calor sobre mi espalda se fue diluyendo y pude articular un "gracias". Alcé el vaso y tomé dos sorbos: era ginebra, pero tenía un acentuado regusto a madera.

--¿De dónde sos? --me preguntó Dariana, sin más preámbulo y como si nada inusual hubiese pasado.

Se lo conté sin muchos detalles; ella dijo no conocer Balán ni la granja, y agregó que pudiera ser porque nunca se había aventurado hacia el oeste, más allá de las Sierras Secas.

Intrigada y sin cuidar las formas, la Paloma le preguntó:

--¿Por qué lo mirabas de ese modo?

Dariana sonrió, se recostó en su silla, estirando las piernas, y entrelazó los dedos por detrás de la cabeza:

--Hace como treinta años, conocí a una pareja de extranjeros, fue en los rápidos del Río de la Santa Fe; hay, o había, por allí cerca un lugar donde los viajeros suelen acampar, un buen sitio para conocer personas de otros lados, escuchar las historias que tengan para contar; no importa qué tan extrañas parezcan, tanto a las historias como a las personas, siempre se les encuentra un nudo interesante.

Mientras nos decía aquello, Dariana miraba un punto impreciso que podría haber estado suspendido a unos cincuenta centímetros de la superficie de la mesa, justo sobre su centro.

--Se llamaban Gustavo y Olinda Carrera; según contaron, venían de un pueblo metido en el medio del Amazonas, junto a un lago cuyo nombre no recuerdo... De lo que sí me acuerdo es de que no les creí ni medio.

La Paloma la observaba y, desde el rabillo de su ojo derecho, trataba de ver si yo hacía algún gesto. Por mi lado, todavía bajo los últimos efectos del latigazo, estaba ajeno al lugar: al bar, a la posada... Era como si eso que Dariana contaba se mostrara ante mí, como si hubiese sido yo y no ella quien conociera a los Carrera. Tomé la ginebra que todavía me quedaba en el vaso, y apoyé los codos sobre la mesa, ansioso por saber qué más había pasado, allá arriba, por los rápidos del Río de la Santa Fe, porque de pronto, y como si una certeza que era superior a mí me lo estuviera machacando, supe que hacia allí saldría ni bien pudiera.
 
 

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006 - Era como si sus recuerdos fueran los míos
 
 

Dariana prosiguió:

--Estuve en aquel lugar durante una semana, o puede que diez días, obligada a esperar a un mensajero que me confirmara el despacho de cierta mercancía hacia la Isla Martina. Al cabo del cuarto día, la pareja en cuestión había desaparecido sin el más mínimo aviso: no se despidieron de nadie. A la mañana siguiente, llegaron dos camiones con soldados, venían del oeste, persiguiendo a un par de rebeldes que habían conseguido fugarse de Plaza Solera; la descripción les calzaba de perillas a los Carrera. Sin embargo, arrastrados por una vieja costumbre, nadie de los que continuábamos en el campamento les dio la más mínima información. Hacía dos tardes, Olinda me había dicho que se dirigían hacia Guay; pese a lo cual seguí sin creerle una palabra: había algo, el modo como desviaba la mirada, las manos que se frotaban la una con la otra... No sé; llámenlo intuición femenina si quieren, pero yo sabía que eso no era cierto. Y ¿saben qué?: creo que ella se daba cuenta todo el tiempo; me hablaba y me hablaba, pero sabía que yo no le creía... Era medio loco tratar de deducir el porqué.

Dariana se paró, llevándose los vasos, volvió a llenarlos y nos los trajo de regreso. La Paloma, supongo, estaría dele interrogarse qué tendría que ver ese relato con su pregunta; a mí, no me hacía falta: ver las mismas imágenes que Dariana había visto me tenía atrapado en su narración, era como si sus recuerdos fueran los míos. Continuó, luego de vaciar medio vaso:

--Por otro lado, todos sabíamos que Plaza Solera, a pesar de su nombre, tan bonito, era un centro de detención donde exprimían a quien cayera en sus garras, haciéndoles confesar hasta las andadas del vecino, e incluso las de la mismísima soldadeja. Cuando los camiones se marcharon, nos enteramos de que Gustavo había ayudado a unos inmigrantes que tenían a su chiquito enfermo; no habían dicho nada hasta ese momento porque el mismo Gustavo se los pidió así, pero dadas las circunstancias, creyeron importante contarlo, al menos, para que supiéramos por qué ellos no los habían delatado y, también, para hacernos sentir que nuestro propio silencio había tenido un buen propósito. Lo cierto fue que Gustavo le había dado a comer, al hijo de estos inmigrantes, una pasta de color marrón claro, y el chico estuvo bien a las pocas horas. Cuando le preguntaron qué era, les respondió que se trataba de una vieja receta de familia y que, como era secreta, no podía decirles.

--Manila --dije, sin pensar; y Dariana volvió a clavarme los ojos, casi como si se hubiera quedado sin aire.

--Es cierto --dijo, cuando recuperó el aliento--. Pero eso recién lo supe años después... Es una pasta que utilizaban los magües... ¿Cómo sabías?

--Lo supuse --le contesté, rápidamente; a pesar de mi juventud, solía ser bastante veloz para salir del paso, sobre todo, de pasos en falso--. Es bien conocida de donde yo vengo. ¿Y después, qué pasó?

--No mucho más; llegó por fin mi mensajero, y me fui junto con quienes me acompañaban.

--¿Y nos querés decir qué tiene esto que ver con la manera como lo miraste al Chueco? --La Paloma escupió, por fin, lo que la venían desorientando.

Dariana terminó la ginebra que le quedaba, y afirmó:

--Es que los Carrera eran iguales --me miró--. Sos una mezcla de los dos: por momentos, sos igual a Gustavo, y después, a Olinda. Igualito.

Ya sé, ustedes querrán saber quiénes eran esos soldados, qué hacía Dariana que la llevara hasta los rápidos del Río de la Santa Fe, y sobre todo: quiénes eran esos tales magües. Sí, sí, como se lo estarán imaginando, ya les contaré.
 
 

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007 - Fue entonces cuando sentí el segundo latigazo
 
 

Comenzó a caer la noche, y Dariana nos mostró nuestra habitación --dio por descontado que dormiríamos juntos, y ni la Paloma ni yo hicimos comentario alguno--. En cambio, cuando nos explicó que podríamos bañarnos en una ducha que había detrás de la posada, le dije que estábamos muy cansados y que, seguramente, nos asearíamos por la mañana; hacía fácilmente tres o cuatro días que no nos bañábamos, la última vez había sido en un arroyo, a la vera del cual pasáramos aquella noche cuando la Paloma me relatara parte de su infancia. Lo cierto era que me encantaba el sudor de esa muchacha y no quería, por nada del mundo, perdérmelo debido a tontas cuestiones sobre enfermedades y pormenores por el estilo. Fue una noche inolvidable; no es que mi memoria fuera mala por aquellos días, no era como ahora que me viene por ramalazos inesperados, pero incluso yo tenía esa manera, por otra parte tan común, de establecer planos diferentes, no sólo para lo bueno y lo malo, sino también para los recuerdos notables.

Apenas pasada la medianoche, continuaba pensando en el relato de Dariana; como la Paloma dormía profundamente, salí a sentarme bajo el cielo estrellado. Aquella fue la primera vez que se me dio por reflexionar qué distancia habría hasta allí arriba, hasta las estrellas; para mi sorpresa, no me parecieron inalcanzables --lejos estuve de imaginar lo acertado de mi suposición.

Mientras fumaba, traté de recomponer las imágenes que me llegaran mientras Dariana nos relataba su encuentro con los Carrera; fue entonces cuando sentí el segundo latigazo. No fue como el de la tarde, la oleada caliente se derramó sobre mi espalda, pero me fue más fácil aguantarla; al igual que previamente, nuevas imágenes se agolparon en mi cabeza, con el agregado de que, esta vez, no me llegaban desde fuera; la sensación era como si se desenterraran desde dentro de mis mismas entrañas, y más aún, recordé que ya se habían insinuado mientras hacía el amor con la Paloma: veía un caserío levantado muy rústicamente, en medio del frío, sobre un suelo árido; era un paisaje sin esperanza. No podían ser recuerdos de la Paloma, ella venía de la costa de Guay, uno de los lugares más templados de los que escuchara hablar.

Estuve sentado contra el frente de la posada hasta que los primeros rayos del sol comenzaron a quitarme ese clima de contraluz donde pasara la noche. Me fui a tirar a la cama, y me quedé allí hasta que la Paloma se despertó. Mientras se bañaba --nos pareció demasiado obsceno el hacerlo juntos: la posada estaba casi llena--, bajé hasta el bar a tomarme un café amargo. Recién allí, a la mesa y con el jarro caliente entre las manos, recordé algo más: durante la noche, no experimenté solamente imágenes, hubo otra cosa, una voz, era de mujer, no era la de la Paloma, ni la de Dariana, ni la de ninguna otra mujer que conociera, y solamente decía una palabra, repitiéndola en distintos tonos; me pareció que se trataba de un nombre, uno que no conocía: Rubens.
 
 

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008 - Cuando desperté, estaba en la cama de Dariana
 
 

Pasaron los días y casi me había acostumbrado a estar en la posada, cuando un acontecimiento definió mis próximos pasos. La Paloma ayudaba a Dariana en las tareas, sobre todo en la atención del bar; como se acercaba la época de mayor actividad comercial, el lugar estaba lleno de bote a bote; incluso había un terreno, a unos cien metros del edificio principal, destinado a quienes llegaban en casas rodantes.

Al tercer día de la cuarta semana, estaba cortando leña en el monte que estaba detrás de la posada, cuando escuché disparos. Salvo mi cuchillo, no tenía armas, pero recordé que Dariana guardaba las suyas en un armario del sótano; al terminar de pensar esto, ya estaba abriendo la puerta de la cocina. Lo primero que vi fue a África, la cocinera principal, quien entraba corriendo desde el bar; dio tres pasos y cayó de bruces frente a mí; la espalda de su camisa tenía un punto muy oscuro y se le estaba manchando rápidamente de sangre. Mi primera reacción fue agacharme y sostenerle la cabeza, pero los disparos que siguieron me obligaron a desistir, yendo hacia el sótano. Bajé, saqué la primera pistola que vi al abrir el armario y regresé. La cocina se comunicaba con el sótano mediante una puerta que estaba en el piso de aquélla; ni bien asomé la cabeza, escuché otro disparo, sentí un dolor agudo en un costado de la cabeza y, enseguida, un silencio oscuro y arrasador.

Cuando desperté, estaba en la cama de Dariana; una sensación insistente y molesta me apretaba la cabeza, pero lo más inquietante fue que todo estaba tranquilo, casi inmóvil: el sonido habitual de pájaros, cacerolas y pasos había desaparecido. Intenté hablar, pero por más esfuerzos que hice, no logré hacerlo; al poco rato, Dariana apareció, trayendo una bandeja. Me hizo señas como para que me callara, pero eso provocó que me desesperara más, y traté de incorporarme; no hubo caso, apenas logré alzar la cabeza un centímetro o dos, y me dejé caer como estaba.

Dariana volvió a repetir la misma seña y salió apresuradamente; cuando volvió, venía con la Paloma y un hombre bajo, de tez oscura, a quien nunca había visto antes. Recién entonces, me di cuenta de lo que había en la bandeja: retazos de tela muy blanca, unas tijeras, un frasco verde que dejaba ver un líquido transparente y un jarro de metal cuyo contenido debía de estar caliente puesto que dejaba salir una tenue nube de vapor.

La Paloma se acercó y me dio un beso en la frente; después, miró hacia los otros dos e hizo como si hablara. Inmediatamente, el hombre tomó las tijeras y sin emitir palabra, le indicó a Dariana que me ayudara a incorporarme. Con mucho cuidado, fue cortando las vendas que me cubrían la cabeza, y reemplazándolas por las nuevas. Intenté preguntarle qué había pasado, pero la Paloma, mirándome fijo a los ojos, se puso un dedo sobre los labios. Tanto gesto misterioso comenzó a abrirse paso entre mis pensamientos, y una idea prevaleció sobre las demás: toda esa danza de gestos, con la que mis ojos intentaban explicarme lo que pasaba, existía nada más que en mi mente; ellos no simulaban hablar sin emitir sonidos para no molestarme, ellos hablaban normalmente; era yo quien no podía escucharlos, ni siquiera pude hacerlo cuando el hombre quitó la última de las vendas viejas: estaba sordo.

Pronuncié el nombre de la Paloma y, aun cuando no pude oírme, comprobé que ella sí, puesto que apoyó su cabeza contra la mía, para luego insistir en mostrarme su dedo apoyado sobre los labios.
 
 

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009 - El vapuleado asunto de estar vivo
 
 

Pasaron cinco o seis días antes de que comenzara a escuchar de nuevo; primero, una especie de murmullo lejano ganó terreno sobre el zumbido agudo que, sobre todo por las noches, me recordaba lo que era tener oído; después, los pájaros regresaron como emergiendo de un túnel.

Antonio, aquel hombre bajo y de tez oscura, resultó ser el veterinario de una estancia vecina; no vayan a creer que eso me molestó, por el contrario: muchas veces, quien sabe entenderse con los animales, capta mejor de qué se trata el vapuleado asunto de estar vivo. Me vino a ver todos los días y no pudo ocultar sus sonrisas cuando comprobó que la infección cedía, permitiéndome oír. Mis orejas, sobre todo esa parte que se hunde hacia el oído interno, habían estado muy hinchadas; esto era muy comprensible en la del lado derecho, donde me pegara la bala, pero en la izquierda... De lo que pasaba con mi oreja izquierda, nadie tenía pista alguna; era como si se hubiese solidarizado con su hermana.

Cada mañana, Antonio llegaba puntualmente a quitarme las vendas sucias y, previo a colocarme las nuevas, me limpiaba las orejas con mucho cuidado, para después quedarse alrededor de diez minutos observándolas desde muy cerca. En el octavo día, dado que ya había sido capaz de andar un rato levantado la tarde anterior, me pidió que me acercara a la ventana para poder mirarme bajo la luz natural; así estuvo los consabidos diez minutos, hasta que me dijo:

--Ya casi estás curado; todavía tenés los cartílagos inflamados, pero supongo que mejorarán. Nada que ver con cómo estaban al principio: se habían hinchado sobre el orificio auditivo, cerrándolo como un tapón de vino; no me extraña que no escucharas ni medio --y se sonrió. Pensé que estaba tratando de imaginar lo que se sentiría en semejante situación, y la verdad era que, en ese momento, no era capaz de deseárselo a nadie.

Me palmeó el hombro, y agregó:

--Lo que no entiendo es lo de ésta --señaló mi oreja izquierda--; está igual que la otra... ¡Por suerte! Puesto que se está curando del mismo modo. --Me miró, achicando los ojos.-- Si esa bala hubiese pegado un poco más hacia adentro... ¡Chau, pibe! --y empezó a reírse, al ver mis labios apretados.

Lo que jamás habría podido adivinar era que no los había apretado por su humor negro, sino por el tercer latigazo. Antonio se fue, y el calor seguía invadiendo mi espalda; para poder aguantarlo, necesité concentrarme en cómo avanzaba, bajando hasta casi mi cintura, recorriéndome los brazos hasta los codos; el cuello se me había puesto duro, tanto que no me animaba a mover la cabeza. Mientras, y de modo inexplicable al igual que las otras veces, una oleada de imágenes se me vino encima, y experimenté un sincero agradecimiento hacia ese hombre a quien jamás volvería a ver.

Es probable que ustedes quieran saber cómo fue que ligué el dichoso balazo; sí, sí, así es: ya se los contaré, no me apuren.
 
 

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010 - Esa cuestión de los magües y su pasta milagrosa
 
 

Bastante mejor, pero todavía algo inseguro para caminar, había regresado a la habitación que compartía con la Paloma --estaba en el primer piso y daba hacia los fondos, precisamente por eso no estaba destinada a los clientes--. Serían las tres de la tarde y casi todos se encontraban aún haciendo su siesta; Dariana y la Paloma, ya más despreocupadas de mí, habían salido, en la mañana, hacia Cipreses, el pueblo más cercano, para realizar las compras del mes, y regresarían al día siguiente. Nadie me había hablado aún de lo ocurrido la mañana cuando recibiera aquel disparo; la ausencia de África me hacía pensar que otros pudieran haber corrido con menos suerte que la mía. Sin embargo, y como atados a un pacto tácito, ninguno de quienes se cruzaban conmigo durante mi caminata matinal mencionaba nada.

Estaba pensando en todo esto, tirado en la cama y mirando hacia las hojas de los árboles, más allá de la ventana, cuando comencé a escuchar una sierra eléctrica; el ruido provenía de la zona para acampar. Como la noche anterior había sido muy ventosa, imaginé que habría ramas caídas que estarían dificultando la entrada y salida de los vehículos. El ruido se prolongó más allá de lo que hubiese preferido, molestándome de manera inusual. De pronto, cesó. No inmediatamente, sino al cabo de unos diez o quince minutos, me di cuenta de que no había sido la sierra solamente la que dejara de hacer ruido --tan metido estaba en mis pensamientos--; nuevamente, no podía oír. Como no sentía dolor y, en una oportunidad, Antonio me había prevenido de posibles recaídas, diciéndome que sería lo más normal mientras mi organismo se fuera acostumbrando a estar en actividad, aproveché esta pequeña ventaja, la de eludir esa sierra molesta, para recordar el relato de Dariana sobre los Carrera.

"¿Por qué no les habrá creído? Esa parte no la aclaró; porque ya no les creía desde antes de que los soldados llegaran... Perseguirlos, los podrían haber estado persiguiendo por cualquier cosa, así era la vida pasando Próprio Espelho, la selva del norte. Sin embargo, también está esa cuestión de los magües y su pasta milagrosa; si los Carrera eran parecidos a mí, difícilmente fueran de esa tribu... Cuando Dariana dijo que éramos parecidos, ¿a qué se habrá referido? Parecidos ¿cómo? Aunque, ahora que lo pienso mejor, no dijo 'parecidos', dijo 'igualitos'. ¿Habrá sido un modo de decir o una precisión? Ofelia siempre me decía que prestara atención a las palabras, que no había mentira que se les resistiera, y que siempre había más de lo que se pudiera suponer de entrada. 'Escuchar', me dijo una vez, 'escuchar es un arte donde los ecos y las transparencias van de la mano.' Y ella sabía escuchar muy, muy bien."

De a poco, el ronroneo de la sierra fue regresando, pero sin acercarse como para volver a ser molesto. Esa noche, antes de dormirme, decidí que, ni bien regresaran, les preguntaría a mis damas acerca del tiroteo. Sé que ustedes andan pensando que debe de haber alguna relación con los Carrera. Pues bien, igual que yo, tendrán que esperar a que regresen.


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© Hueso Randall Quinn, 2001

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Actualizado en agosto de 2001.