Las
crónicas de Hueso
Mensajes
del 011 al 020
011 - Puede ser que fuera un augurio
--Parecían comerciantes como los
demás --comenzó a relatar Dariana--, pero ni bien se quedaron
solos conmigo, en la recepción, sacaron las armas y me ataron a
una silla. Es curioso cómo la cara de algunas personas puede llegar
a cambiar de un momento al siguiente: al principio, eran todo bromas y
risas; después, perros salvajes --le dio un sorbo a su whiskey,
las llamas de las tres velas que había sobre la mesa hacían
bailar sombras sobre su cara--. Me gritaban que no me hiciera la viva y
que les dijera dónde estaban el oro y las armas.
--Qué locura --exclamó
la Paloma, los ojos hechos un chisporroteo. Era un placer verla; creo que
me gustaba estar con ella mucho más de lo que creía; si me
escuchara hoy, me lanzaría de una trompada contra la pared más
cercana... No se confundan: me quiere mucho, pero sus modales han cambiado
desde entonces.
--No tanto... No tanto...
--Dariana apretó los labios, remarcando sus pocas arrugas--. La
temporada es muy buena, la mejor de los últimos diez años,
un poco de oro había en la caja fuerte; y en cuanto a las armas,
bueno, ya saben lo que teníamos en el sótano, se salvó
la Peacemaker porque quedó debajo de tu cuerpo --dirigiéndose
a mí--, cuando te caíste al sótano... --hizo un alto,
como recordando una vieja idea--. Estaba pensando en regalártela;
no sé, pero puede ser que fuera un augurio; por otra parte, hay
un viejo en el campamento, que tiene unas armas bastante pasables, y creo
que le voy a decir que me pague con ellas, anda medio retrasado en sus
aportes --sonrió, maliciosamente, y tomó otro sorbo de whiskey.
--Así que se llevaron
todo --comenté.
--El oro de la caja y las
armas; pero no les fue tan fácil --miró hacia la Paloma,
y vi que sonreía--. Cuando estaban por salir, el Yaqui justo venía
llegando con unos baldes de agua, y ya saben que siempre anda con ese viejo
trabuco al cinto. Uno de los mercenarios lo vio por la ventana, y ahí
comenzó el tiroteo.
--Sí --intervino la
Paloma--; yo estaba cerca del bosquecito, charlando con Isa, y vi esa parte:
el Yaqui gastó sus dos balas de un saque, y salió carpiendo
hacia el campamento, todavía le duele el hombro del balazo.
--Tuvo suerte --continuó
Dariana--; hasta consiguió darle al de la ventana en el estómago.
Ahí fue cuando África salió de la cocina y empezó
a chillar; le gritaron que se callase, pero en lugar de hacerlo, se volvió
corriendo a la cocina... Pobre, fue la única que no tuvo suerte;
estaba tan contenta acá, había tenido una infancia muy terrible.
--La vi cuando entró
a la cocina, cayó casi a mis pies; ahí fue cuando bajé
a buscar el revólver...
--Y asomaste la cabeza muy
inoportunamente --me interrumpió la Paloma.
--Estuviste bien bravo, al
intentar ayudarnos.
No dije nada; sabía
que no había tenido tiempo de pensar; de haberlo hecho, quizás
me hubiese quedado en el sótano, a esperar que los disparos cesaran.
Era tan joven entonces, sabía tan poco de peleas y estrategias;
en la Manzanares, nos agarrábamos de cuando en cuando, pero ni punto
de comparación a cuando las balas le chiflan a uno, agujereándole
la oreja. Años más tarde, aprendí dos o tres trucos;
pero esto ya se los iré contando.
Hasta mañana,
Hueso.
=
012 - Parecía el apodo de un bebé
--Al de la bala en el estómago --relató
la Paloma--, lo encontraron a los dos días, en las afueras de Cipreses,
estaba todo mordido por los perros.
--Sí --intervino Dariana--;
y puede que por otros bichos también... Sus amigos --hizo una mueca
ante esta última palabra-- no le tuvieron mucha paciencia.
--Con una bala en el estómago,
no tenía muchas oportunidades --comenté, mientras me pasaba
la mano por la oreja.
Dariana sonrió, arrugando
las comisuras como solía hacerlo.
La Paloma se inclinó
sobre la mesa para alcanzar su bebida, y preguntó:
--¿Habrán agarrado
a los otros dos?
--Para que Galíndez
se mueva como debería --le respondió Dariana--; habría
que pagarle más de lo que nos robaron.
Galíndez era el comisario
de Cipreses, un gordo de bigotes largos y grasientos, a quien no había
tenido el "placer" de conocer aún: había estado por la posada,
después del asalto, pero yo estaba en pleno delirio, debido a la
fiebre.
--Vale decir que, del oro
y las armas, ya te despediste.
Dariana terminó el
whiskey, y esperó, con la mirada fija en las velas, para finalmente
decir:
--Del oro y de las armas,
sí; pero las caras de esos dos no me las voy a olvidar tan fácil...
--se puso de pie--. Bueno; mañana habrá mucho que hacer:
me avisaron que llegará otro contingente, vienen bajando desde Guyana
--sonrió--. Tal parece que estos lugares se están poniendo
muy de moda... Sí; muy de moda.
Nos saludó con la
mano, y se alejó con sus pensamientos hacia la cocina: su habitación
estaba justo detrás, pasando un pequeño patio interior.
--La oreja se te curó
fenómeno --la Paloma tenía los ojos cansados, y me fue fácil
deducir que esa noche no tendríamos nuestra consabida fiesta privada;
no obstante, su inteligencia podía contra cualquier cansancio--;
nunca vi nada parecido: primero te agarró una fiebre que todos creímos
que te nos morías, y ahora nadie diría que tenías
media oreja menos... ¡Ni se te nota!
--Siempre tuve suerte con
las enfermedades --le comenté--; o no me las pescaba, o me curaba
a los dos días... Ofelia decía que mi salud era de fierro.
--¿Sí? ¿Y
qué más decía? --un largo bostezo, le hizo abrir tanto
la boca que los dos nos reímos un buen rato. Cuando pude retomar,
le dije:
--Decía que, cuando
hay sueño, lo mejor es irse a dormir.
--¿Nada más
que a dormir?
--Mejor vamos a la cama,
y te cuento.
Tal como me lo imaginara,
a los diez segundos, roncaba como un gato montés. Yo también
estaba cansado, pero lo dicho por Dariana, acerca de regalarme el revólver,
me mantuvo despierto por un rato. ¿Qué haría yo con
él? Me resultaba gracioso que se llamara "Peacemaker"; todos los
artefactos traídos desde bien al norte tenían nombres singulares:
se escribían de una manera y se leían de otra, ¿qué
habría opinado Ofelia? Je; más que de un arma, parecía
el apodo de un bebé. Y me dormí.
Hasta mañana,
Hueso.
=
013 - Le faltaba la punta de la nariz
--La mala suerte no es cosa de risa --el
negro frunció el ceño, mordió la punta de la carne
que sostenía, prendida de una rama, y con el cuchillo, la cortó
de un solo movimiento. Masticaba despacio mientras me miraba.
--Si no me estaba riendo
de la suerte --dije, después de haberlo pensado--; a la suerte,
hay que cuidarla.
--Hablás como los
indios --intervino Reyna, el capataz--. ¿Anduviste con ellos?
--No; pero una mestiza me
enseñó a leer y a escribir.
Todos comenzaron a reírse
como si les hubiesen contado un chiste de los buenos; cuando pudieron parar,
Tibio, el cocinero, levantó una mano, señalando hacia la
espesura, y me preguntó:
--¿Y qué dice
por ahí?
Bajé la vista hasta
dejarla fija en el suelo que había entre mis botas, hubo otra andanada
de risas, y sin saber por qué, recordé a la Paloma y a Dariana,
hacía ya dos años que no las veía.
Estábamos a la altura
de los rápidos del Río de la Santa Fe: no quedaba nada, apenas
algunas ruinas con signos de haber sido quemadas, probablemente después
de un ataque del que no hubiera sobrevivientes. Con quienes compartía
la cena eran, según ellos mismos dijeran, cazadores; pero ya había
andado lo suficiente como para saber que no era cierto: al menos, no del
todo. Llevaban un cargamento de pieles, pero el peso de las carretas era
demasiado; las mismas pieles, incluso, pudieran ser robadas. También
había aprendido a no hacer preguntas; mucho menos cuando me invitaban
a compartir la comida.
--¿Alguno sabe qué
pasó ahí donde están las ruinas? --pregunté.
--Ahí había
un puesto de paso --a quien me contestara le decían el Ñato,
le faltaba la punta de la nariz, ése parecía ser el precio
que pagara por salvar la cabeza en algún duelo a punta de puñal--.
Cuentan que lo arrasaron los soldados cuando buscaban desertores y espías.
--A mí, me contaron
otra historia --acotó Tibio, poniendo cara de preocupación.
--Ya vas a salir con otro
de tus cuentos --lo increpó Mula, el negro, quien había tragado
y se disponía a cortar otro pedazo de carne.
--Cierto, Tibio --lo secundó
Reyna--. ¿No te parece que ya andamos con bastante mala suerte como
para llamar al Diablo? ¿Por qué mejor no vas a preparar el
café? Y tratá de que esté caliente por una vez aunque
sea.
Tibio se alejó, murmurando,
y al rato, me fui a ver en qué andaba:
--¿Te ayudo?
Me miró, dudando,
pero finalmente me hizo un mueca para que le alcanzara unos jarros que
estaban colgados detrás de su carreta. Cuando regresé, me
dijo:
--Los soldados no buscaban
desertores, andaban detrás de la pista de foráneos; pero
con ésos no conviene meterse, ya lo habrán aprendido los
muy idiotas, seguro que algunos de los huesos que hay por ahí desparramados
son de ellos.
Lo mismo que ustedes, me
pregunté por esos "foráneos" y tuve que esperar antes de
obtener respuestas.
Hasta mañana,
Hueso.
=
014 - Yo no solía ser impresionable
Como andaban escasos de manos, me invitaron
a seguir con ellos hasta Iguazú; cuando me preguntaron si estaba
armado, comprendí que había una buena posibilidad de que
el viaje fuera más movido de lo estrictamente necesario a comerciantes.
Hasta ese día, siempre había llevado el revólver en
la mochila; desde entonces, lo tuve enganchado al cinto.
Mi tarea consistía
principalmente en ayudar a Tibio; cazábamos bichos pequeños:
pájaros, alguna nutria de río y unas culebras que resultaron
deliciosas; al acercarse la noche, hacíamos campamento y preparábamos
la cena; por las mañanas, con los restos del día anterior,
se armaba un desayuno matizado con unos jarros de café y tequila.
En su carreta, Tibio llevaba unas bolsas de papas y suficiente condimento
como para incendiar media selva.
Hacía una semana que
marchábamos por la Senda Marra, un camino que, algún tiempo
después lo supe, tenía fama de inseguro; habíamos
terminado la cena y estaba dándole una mano a Tibio para hacer el
café: siempre me decía que no había que dejarlo hervir,
pero esta insistencia suya terminaba cabreando a sus compañeros.
En eso andábamos cuando le pregunté:
--Esos foráneos, de
los que hablaste la otra noche, ¿quiénes eran?
Miró hacia arriba:
el cielo era casi imposible de ver entre tanta vegetación, ni hablar
de las estrellas por la noche; fue como si tratara de escuchar mejor, y
tener los ojos clavados en esa posición fuera imprescindible para
lograrlo.
--Cuando se habla de ellos,
hay que tener cuidado --comenzó--; mucho cuidado. Lo primero es
que los lobos no aúllen...
--No creo que haya lobos
por acá --lo interrumpí.
--¡Ja! Los lobos están
por todas partes; las peores son las hembras: te mantienen vivo mientras
te comen para que la sangre siga caliente hasta el final.
Yo no solía ser impresionable,
pero debo admitir que un escalofrío me cruzó de pies a cabeza.
--Por hoy, creo que podemos
estar tranquilos: hace rato que no escucho aullar a ninguno, si no recuerdo
mal, no los escucho desde que estaba en la Manzanares.
--¿Con los Solo?
--¿Qué? ¿Los
conocés?
Miró hacia la cacerola
donde se estaba haciendo el café, olió el vapor que salía
de ella, y se sentó contra la rueda de la carreta:
--Los viajeros siempre cuentan
cosas... --levantó la vista, creo yo que para ver el gesto en mi
cara. Al rato, siguió:
--Hay fantasmas por la Manzanares,
¿no?
--Eso dicen... Pero, ¿y
qué hay de los foráneos?
--Esos también son
fantasmas... O casi... O peor... Vení; ya está el café,
ayudáme a servirlo.
Sin moverme de donde estaba,
no pude reprimir lo que siguió:
--Los fantasmas no matan
a nadie; pero vos parecés creer que los foráneos sí.
En ese mismísimo instante,
aulló un lobo, y otro le respondió desde más lejos.
Por ahora, hasta mañana,
Hueso.
=
015 - No sabíamos que eras así
de jodido
Tibio se sobresaltó de tal modo
que pateó los jarros que yo estaba poniendo cerca de la cacerola;
el resto, alertado por el barullo, nos miró, sacando las armas.
El cocinero corrió hacia ellos, gritando:
--Lobos... Los lobos...
Reyna lo frenó, agarrándolo
de los hombros, y le espetó:
--¿Lobos? ¿Pero
de qué lobos hablás, hombre?
Yo no me había movido
de donde estaba; la pregunta del capataz no era lógica, y me hizo
acercarme despacio, tratando de no perder palabra.
--De los que aullaron, Reyna;
¿o estás sordo?
Mula se puso de pie, enfundando
el arma, e intervino:
--Yo no escuché ningún
lobo... Además, mirá si va a haber lobos en plena selva.
--Pero aullaron --gimió
Tibio--; eran dos, los escuché clarito.
El Ñato, mirándome,
puso cara de "¿y vos?"; el resto esperó, como si mi palabra
estuviera a punto de romper la noche por la mitad.
No puedo explicar lo que
pasó por mi cabeza; pero una cosa era segura: establecer un tres
contra dos no estaba dentro de mis deseos, mucho menos si me tocaba jugar
para la minoría.
--No estoy seguro --balbuceé--;
unos animales escuché, pero qué voy a saber si eran lobos
o lagartos.
--No puede ser --exclamó
Tibio--; vos estabas ahí conmigo y yo los escuché clarito,
mientras hablábamos de los foráneos...
--Santa China --lo interrumpió
Reyna, provocando las risas de sus aliados--; ahora sí que está
clarito --imitando la voz de Tibio en esta última palabra--. ¿Por
qué no te dejás de joder y traés el café? Seguro
que ya lo dejaste enfriar otra vez.
Tibio se alejó hacia
la hoguera, con la cabeza gacha, y se puso a servir. Mula, sin levantar
la voz, me advirtió:
--Sería bueno que
no le siguieras el tren con esas boludeces; ya nos tiene bastante podridos,
¿sabés?
Al ver que Reyna y el otro
asentían con cara seria, miré hacia Tibio y dije:
--No nos viene mal reírnos
de cuando en cuando; ¿o sí?
Por un momento, parecieron
incómodos, pero ni bien el Ñato largó la risotada,
los demás se le plegaron, aligerando la tensión de hasta
hacía unos segundos.
--No sabíamos que
eras así de jodido, Nuevo; pero la próxima vez sería
mejor que nos avises antes, ¿eh? --Reyna me guiñó
un ojo, guardó su arma y se fue a tirar junto al tronco donde estaba
apoyado el farol de kerosene.
Ésa fue una de las
tantas veces cuando me pregunté por qué sería tan
difícil recordar mi nombre; el capataz terminaba de bautizarme,
y sabía que ya no me sacaría eso de ser el Nuevo hasta que
siguiera mi propio camino; pero de este asunto, habrá bastante más
para contar. Hasta mañana,
Hueso.
=
016 - Con metralletas que parecían
recién compradas
Al promediar la segunda semana de viaje,
pasó lo que de antemano tuviera entre las posibilidades.
Sería media tarde,
cuando un disparo pegó en el parante trasero de la primera carreta,
provocando que Reyna, su único ocupante, se arrojara al suelo, hasta
quedar detrás de la rueda delantera izquierda. Mula y el Ñato,
hicieron lo propio en la siguiente; y Tibio, en la tercera y última,
dejándome solo y sin saber qué hacer. Un vozarrón
no tardó en hacerse oír:
--Tranquilitos como palomas,
que los tenemos rodeados por todas partes --un segundo disparo, venido
desde el otro lado, bastó para certificar lo dicho.
A los quince minutos, estábamos
rendidos y en línea, a merced de unos diez soldados que nos apuntaban
con toda suerte de rifles y pistolones. Dos más, un sargento y un
cabo, aparecieron de entre la espesura, sonrientes y con metralletas que
parecían recién compradas.
--¿Cómo anda
el negocio, mi Reyna? --preguntó el sargento, acercándose
al capataz y sin perder su aparente buen humor.
--Ya lo ves, Laino --le respondió--;
a veces, sale; y otras, se interrumpe.
El cabo, quien terminara
de dar una vuelta en torno a las carretas, intervino:
--Por la huella que van dejando,
esta vez tu mano viene bien pesada, ¿eh? ¿O me equivoco?
--Mis manos están
viejas y cansadas, cabito; ahora que, en cuanto a lo pesadas, podés
visitarme cuando quieras.
El cabo amagó a darle
un culatazo, pero el sargento se lo impidió:
--Las cuestiones personales
las pueden dejar para cuando estén en la pulpería, cabrones;
lo nuestro ahora son los negocios.
El Ñato y Mula no
pudieron evitar una sonrisa; los soldados casi ni pestañeaban.
--¿Y éste?
--preguntó Laino, señalándome--. ¿De dónde
lo sacaste? ¿De la guardería del convento?
Esta vez, las risas de mis
camaradas prisioneros, si es que realmente lo fueran, resonaron hasta contagiar
a la tropa. Yo estuve a punto de mearme encima cuando el cabo se me acercó,
quitándome el revólver del cinto.
--Linda máquina --comentó--,
¿a cuánto la vendés?
Intuitivamente, miré
hacia Reyna, quien me hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
--Es un recuerdo de familia
--le respondí, haciendo que se repitieran las risas.
--El pibe es nuestro bufón
--explicó Tibio--; esta senda de mierda habría sido más
intolerable si no nos hubiese alegrado el tranco.
--Devolvéle el arma
--le ordenó Laino--; como ya dije, esta reunión es puramente
de negocios.
El cabo me la regresó,
empuñándola de tal modo que no tuve más remedio que
agarrarla por el caño; cuando pensé que la soltaría,
la sujetó más fuerte, provocando un leve tironeo que desencadenara
nuevas risas. Finalmente la soltó, le quitó a Tibio el pañuelo
que le sobresalía del bolsillo trasero de las bombachas, y me lo
alcanzó, diciendo:
--Tomá; limpiáte
esos mocos.
Si no quieren que les diga
que las risas parecían moscardones, me van a tener que aguantar
hasta que vuelva de mear.
Hasta mañana,
Hueso.
=
017 - Otro de esos inventos de los viajeros
Reyna llevó a Laino hasta la parte
de atrás de la segunda carreta y, señalando hacia adentro,
le dijo:
--Ahí está;
es la caja que tiene una ele en un círculo.
El sargento ordenó
que los soldados la bajaran; el cabo se acercó, quedando a la izquierda
de
su comandante, y a una seña de éste, la abrió.
--¡Ochos de oro! --fue
la exclamación de Laino.
Tomó uno y lo mordió,
para luego pasárselo al cabo. Cuando vio que éste asentía,
se quedó mirando a Reyna, muy fijamente:
--¿Y se puede saber
de dónde los sacaste?
--Mirá, mi sargento;
menos averigua el patrón cuando anda con la bolsa llena... Y si
vos querés seguir recibiendo tu peaje, vas a tener que conformarte
con el brillo del oro.
--¡Ja; bien dicho,
Reyna! Ya decía yo que, con la edad, te ibas a volver un filósofo...
Y aquí nos vienen haciendo falta muchos filósofos que paguen
su peaje.
Desde donde estaba, no alcancé
a ver el interior de la caja; pero sí cuando el sargento le pasó
el ocho al cabo. Hasta ese momento, yo creía que los ochos eran
otro de esos inventos de los viajeros; pero acá, a juzgar por la
sonrisa en la cara de Laino, la leyenda se estaba haciendo realidad.
Se contaba que, en la costa
del Pacífico, a la altura de la frontera entre Cayán y Kuatl,
había un fuerte, donde la tarea principal era acuñar monedas.
Cierto día, un temblor de tierra los pescó justo cuando le
estaban por dar la horneada final a una bandeja repleta. No tuvieron tiempo
de nada, hubo pocos sobrevivientes; cuando la patrulla llegó para
transportar el cargamento del mes, se encontraron con que las monedas de
ese lote habían quedado pegadas de a pares. Ayudaron a los heridos
y se marcharon, llevándose el extraño tesoro. El virrey de
entonces quedó fascinado con esas piezas de oro con forma de ocho,
a punto tal que ordenó hacer más; cosa que así se
hizo una vez que el fuerte estuvo nuevamente en operaciones. Desde entonces,
un décimo del oro y la plata que llegaba allí se transformaba
en ochos. Esto pasó hace más de cuatrocientos años,
y siempre aparece alguien que dice haber tenido uno en sus manos, aunque
no el tiempo suficiente como para mostrarlo a muchos. De aquí que
la mayoría crea que los ochos no existen; hasta ese momento, yo
entre ellos.
Aquel día no terminó
allí, pero éste sí.
Hasta mañana,
Hueso.
=
018 - Le di dos o tres besos a la botella
Un par de soldados fueron a buscar el camión
semi-oruga, que estaba oculto unos doscientos metros más adelante,
y con la ayuda del resto, subieron la caja marcada con la ele dentro de
un círculo.
Como no faltaba mucho para
que se hiciera oscuro, Laino propuso que festejáramos, pasando la
noche allí mismo, a cambio de lo cual nos protegería de "tanto
ladronzuelo atorrante", según fueran sus propias palabras. Ayudé
a Tibio con la cena; los milicos aportaron media res, que nunca se supo
de dónde la habrían obtenido, y siete botellas de vino colorado.
Cortar la carne y ponerla a asar no fue gran cosa; en cuanto al vino: siempre
me caía mal, por lo que le di dos o tres besos a la botella, como
para que no me siguieran molestando, y de ahí en más bebí
de la cantimplora, a escondidas, detrás de nuestra carreta.
Se imaginarán que
no me hacía ninguna gracia ser el bufón --rol que me adjudicara
Tibio para alivianar mi trance--, por lo que, una vez terminada la comilona,
me fui a sentar cerca de las brasas, a fumarme un pucho, lo más
apartado que pude. Las risas y los cantos eran francamente insoportables
(¡cómo cambiarían mis gustos con los años!)
y no veía la hora de que cayeran rendidos; mi suerte, lamentablemente,
no fue tan buena.
Cerca de la medianoche, estando
casi todos exhaustos, el llamado de la naturaleza (así solía
decir Ofelia) me obligó a internarme entre la vegetación;
lo hice tan distraídamente que no me percaté de que el cabo
me había seguido.
--Vos te la pasás
cagando, pendejo --manifestó, apareciendo desde detrás de
las plantas que nos separaban de la senda.
Así como era rápido
para salir de situaciones donde la palabra fuera la reina, yo era todo
lo contrario para la acción; así que, como es fácil
de adivinar, me quedé congelado, en cuclillas y con la espalda contra
el tronco que me servía para no caerme sobre mi propia mierda. La
Peacemaker estaba al costado de mi bota derecha.
--¿Qué pasa?
¿No te gusta que te miren cagar? --el cabo largó una risotada--.
¡Qué bien te vendrían unos meses de fajina con nosotros!
--terminado de decir lo cual, vio el revólver:
--¿Y? ¿Me lo
vas a vender...? --hizo una pausa, apretando las mandíbulas--. ¿O
me lo vas a regalar como recuerdo para mi familia?
No me pregunten cómo
fueron los minutos que siguieron ni cuánto demoraron; lo único
que recuerdo fue que el cabo amagó a tomar el arma; y yo, sin pensarlo,
casi como si mi mano tuviera una mente propia, la alcancé primero.
El cabo insistió, repitiéndose el mismo tironeo de esa tarde,
sólo que esta vez más violento y sin que el caño me
tocara a mí. Con la otra mano, el milico me pegó en la cabeza
con el palo que llevaba enganchado a su rastra.
Cuando me desperté,
ya era de mañana y estaba atado, sucio y lleno de sangre, contra
una de las ruedas traseras del camión.
--¡Cómo la cagaste,
Nuevo! --era Tibio, venía desde las carretas--. Y no sólo
en sentido figurado. Tal parece que no vamos a seguir juntos --giró
la cabeza hacia la parte delantera del camión: allí, sobre
una manta oscura y llena de bichos, estaba el cabo; tenía la boca
abierta y un agujero, casi un tercer ojo, en plena frente.
Hasta mañana,
Hueso.
=
019 - Sobre todo en la parte inferior de
las patas
--No hay caso, Reyna. Mirá; a mí,
el cabito me tenía bastante podrido, pero no puedo llegar con un
hombre menos y nada para cubrirme --se podría decir que las palabras
del sargento salían como un quejido; no alcanzaban a ser un llanto,
pero casi.
--Pero ¿y si se va
de boca? --la preocupación del capataz no pudo ser más entrañable.
--¿Preferís
que lo matemos?
--¿Y...?
La respuesta de Reyna me
llegó como un dardo de ésos que los magües usaban para
espantar a los curiosos.
--Mirá, Reyna; ya
tengo más muertos en mi cuenta de los que puedo explicar, y uno
más podría ser un desastre --me miró desde los diez
pasos donde se encontraban--. Además, sabe que si habla, yo mismo
me voy a encargar de que la pase de lo peor; en cambio, si es mansito,
hasta le podría gustar.
Cerré los ojos, pero
volví a abrirlos de inmediato; comprendí, como si hubiera
estado pensándolo durante meses, que jamás en mi vida había
sentido verdadero miedo, hasta ese momento.
Tardamos cuatro días en llegar hasta
Plaza Solera; los guardias saludaron a los soldados, dando gritos desde
el mangrullo que sobresalía sobre la empalizada. Un olor nauseabundo
venía de entre la vegetación del lado oeste; desde allí,
también, los hachazos que marcaban el decaer de la tarde.
El comandante de ese destacamento-prisión
era un capitán flaco y encorvado, su cabello era blanco y largo,
y lo llevaba atado con una cinta de cuero; cuando me entraron a su despacho,
estaba sentado detrás de un escritorio mal pintado, de color verde
y con manchas de óxido por todas partes, sobre todo en la parte
inferior de las patas. Me sentaron en un banco de madera, parecía
más pesado de lo que su tamaño indicara --de esto, me di
cuenta porque trastabillé y casi me voy al suelo con banco y todo--,
además estaba húmedo y pegajoso. Un cabo, quien me miraba
con cara de querer desordenarme las tripas, me quitó los grilletes
de las muñecas y se quedó, firme, de espaldas a la puerta.
El capitán se inclinó hacia adelante y, sin mirarme, tomó
uno de los tres vasos que había sobre el escritorio, y se tragó
una pastilla que ya debía de estar en su mano desde antes de llegar
yo. Después, continuó mirándome, sin hacer el más
mínimo gesto. Finalmente dijo, poniéndose de pie y yendo
hacia la ventana que tenía detrás:
--Que le avisen al Escobas
que va a tener un inquilino nuevo; que lo ponga lejos de la entrada --bajó
la cabeza, para observarme por el rabillo del ojo, pero sin darse vuelta--.
Y que lo limpien, válgame Dios... ¿Qué lo trajeron?
¿Arrastrándolo detrás de los caballos?
--El sargento no tiene caballos,
mi capitán --le respondió el cabo.
El capitán se dio
vuelta, y yo interpreté que trataba de ver si lo habría dicho
en serio; pero no emitió ni una palabra más.
Hasta mañana,
Hueso.
=
020 - Apenas tuve que juntar los dedos
Detrás de los cuarteles, había
un edificio que, de entrada, parecía coronado con un gran queso
modelado en cemento; los agujeros que se veían por allá arriba
se me presentaron, sin muchas dudas, como ventanas, y eran tan pequeños
que no necesitaban barrotes.
Nos recibió un hombre
corpulento, de cabellos rubios, ralos y mal cortados; vestía un
mameluco rosa con botones negros; lo que más llamó mi atención
fueron sus botas, hechas de piel de víbora y sin tacos.
--Ya me avisaron que venían
--se apuró a decir, antes de que el cabo abriera la boca.
--Dice el capi, que lo pongas
lejos de la entrada --dicho lo cual, me dio un empujón hacia donde
estaba el otro.
--Tengo una "suite" que es
la ideal para éstos que matan milicos --me miró, pero no
me pareció que tuviera, hacia mí, el mismo odio que el cabo--.
El bronceado no te va a durar ni una semana.
--Hace dos días que
no como --me arriesgué, casi en un murmullo.
--¡Ja! --no fue una
carcajada, fue nada más que eso, un "ja" seco, casi como un hipo,
después del cual me agarró del brazo, justo debajo de la
axila, y me arrastró hacia adentro.
Contra la pared del pasillo,
había unas bombillas de luz, unidas entre sí por un cable
revestido en tela y mantenidas contra la pared por alambres retorcidos;
estaban apenas encendidas, lo suficiente como para indicar el camino sin
delatar las sorpresas que pudiera prepararnos el suelo. Me llevó
hasta el final, y me soltó al costado de una puerta de madera gruesa
que tenía un agujero redondo a la altura de sus ojos, no de los
míos, ya que el guardián --estaba claro que lo era-- me llevaba
una cabeza.
Abrió y me indicó
que entrara.
--Acomodáte; y quedáte
mosca --cerró, y se asomó por el agujero--. Tenés
suerte: la cena es en un rato; pero primero tengo que barrer el pasillo...
¡Qué desastre! Mañana temprano te doy un baño
y te purifico la ropa.
Dentro del calabozo, la luz
entraba por dos lugares: el agujero de la puerta --ya se imaginarán
lo deslumbrante que era--, y una abertura que había a ras del piso,
contra la pared opuesta.
Había dos catres superpuestos;
como el de arriba estaba demasiado alto para mi cansancio, me senté
en el de abajo, y concentré mi atención en el agujero de
la pared: su diámetro era del ancho de un brazo delgado; traté
de meter el mío y lo logré sin demasiado esfuerzo, apenas
tuve que juntar los dedos, estirándolos. Después, me agaché
a ver qué había del otro lado: el muro era grueso y ese angosto
túnel parecía descender hacia afuera; en la salida, el reflejo
del sol que ya se ponía, apenas alcanzó para indicarme que
había un charco.
Volví a sentarme en
el catre y, sin pensarlo, me salió:
--Habrá que cuidarse
de las ratas.
--Es para mear... ¡Y
ni se te ocurra cagar acá adentro! --la voz resonó desde
el techo.
Hasta mañana,
Hueso.
A los siguientes
diez mensajes
Actualizado en diciembre de 2000.
|
 |