Las
crónicas de Hueso
Mensajes
del 021 al 030
021 - Piedras de la misma cantera
Es notable cómo funciona la cabeza;
parece un reservorio dispuesto a mantener una variable dosis de caos a
raya. Claro que la eficiencia de sus cerrojos depende exclusivamente de
la sensatez residual.
Al escuchar esa voz, me tiré
del catre, quedando medio destartalado contra la otra pared, y con la inútil
intención de alcanzar la puerta. La carcajada que siguiera tuvo
la gracia de hacerme ver lo estúpido de mis acciones.
--Decíme, pibe; ¿dónde
te creés que estás?
Recién ahí
comprendí que nunca había estado solo; lo que en principio
fuera apenas una sombra, se incorporó, sentándose en el catre
superior, con las piernas colgando.
--Mudo no serás, ¿no?
El hombre bajó con
cuidado --supongo que para no sobresaltarme aún más--, y
después de esperar un momento, se sentó a mi lado.
--Puede que mis modales ya
no sean los mismos... Después de tres años acá, cualquiera
cambia; puede que sea porque no hay modo de saber, a ciencia cierta, cómo
era uno antes --me pasó el brazo sobre los hombros--. Y, ¿sabés?,
se tiene tanto tiempo para pensar... Al principio, es una tortura; pero
después... No sé; se va formando como otra mente. ¿Vos
ya tenés otras mentes? --se corrió un poco hacia adelante,
cosa de verme la cara debajo de la mínima luz proveniente del agujero
en la puerta--. Porque ya te habrás dado cuenta de que soy de los
tuyos... ¿O no?
El tipo estaba loco --o eso
fue lo que pensé entonces--; y lo peor era que comenzaba a darme
cuenta de que estaba viendo mi futuro: yo sería ese hombre dentro
de un tiempo. Y ahí, después de muchos meses, mitad como
una salvación, y mitad como una sorpresa violenta, sentí
un nuevo latigazo. Las primeras imágenes fueron oscuras; después,
verdes --puede que por las plantas, o por el olor al musgo que venía
de la selva que rodeaba esa prisión.
Pero lo más perturbador
fue que el extraño había endurecido su brazo y, empujando
con las piernas, se apretaba contra la pared --movimiento sobre el que
yo mismo estaba insistiendo.
--¿Ves lo que te decía?
--el esfuerzo que realizara para hablar me fue fácil de percibir;
yo no hubiese podido lograrlo, no entonces al menos--. Somos piedras de
la misma cantera, pibe; ahora sí que la cosa va a cambiar.
"¿De qué habla?",
pensé. Y si bien era cierto que no le entendía, eso me pasaba
porque mi cabeza estaba tan cerrada como el calabozo; había sin
embargo una parte de mí que comenzaba a dejarse invadir por aceptar
a ese extraño. No supe entonces cómo llamar a esa sensación;
sabía que debía de tener un nombre, pero lo que resonaba
dentro de mí era una seguidilla de sonidos incomprensibles.
Le puse una mano sobre el
pecho, y casi me pareció encontrar los latidos de su corazón.
--Eso, pibe; así --podría
asegurar que sonrió--. Vos sos todavía un cachorro... Pero
no te preocupés que yo te voy a contar; siempre hay uno que le cuenta
al otro, así tiene que ser; y en esto, casi se podría decir
que soy tan cachorro como vos.
Hasta mañana,
Hueso.
=
022 - Mis pensamientos llegaban al punto
del absurdo
Al día siguiente, me lavaron a baldazo
limpio y me dieron otras ropas: una camisa gris amarronada, y un pantalón
de tela dura y desteñida que me quedaba grande y sujeté a
la cintura con un trozo de cuerda.
Recordaba muy poco de la
noche anterior; sabía del otro hombre en el calabozo, pero no conseguía
traer a la memoria lo que pasara luego del latigazo. El Escobas me llevó
hasta la sala de calderas, detrás de los cuarteles, y me indicó
que arrojara al horno mis ropas sucias. No hice el menor intento por sugerir
que podría lavarlas; sentí que no eran esas prendas solamente
las que estaban ardiendo allí dentro.
Después, me llevó
hasta una cantera, al oeste del destacamento.
--Tenés que entrarlas
hasta el rincón norte de la empalizada --me ordenó, señalándome
unas piedras mal amontonadas--; los que están allá saben
bien lo que tienen que hacer.
Las piedras no eran más
grandes que ladrillos y no me pareció trabajo pesado; claro que,
después de acarrear la tercera, ya no pensé lo mismo. El
Escobas se fue --supuse entonces que a ocuparse de los calabozos-- y nadie
controlaba la velocidad con la que hacía mi trabajo; quienes no
me quitaban un ojo de encima, aunque sin decir palabra, eran los guardias:
dos en el mangrullo, dos a los lados de la entrada y seis que recorrían
todo el perímetro externo de la solitaria fortaleza.
Cuando llegaba al rincón
norte, tiraba las piedras en otro montón igual de irregular que
el original; un grupo de presos las utilizaba para reparar esa parte de
la pared, la cual mostraba evidencias de haber recibido un tremendo golpe.
Ninguno de esos presos me
pareció que fuera mi compañero, sin embargo no pude estar
seguro; por otra parte, quizá temiera ser castigado si me dirigía
la palabra delante de los guardias.
Mis pensamientos llegaban
al punto del absurdo; algún tiempo después, comprendí
que eso es lo que pasa cuando no hay palabras circulando de boca en boca:
la imposibilidad --radicada en el temor-- de hablar con alguien más
abría infinitas posibilidades ante cualquier circunstancia. Hasta
me pareció gracioso --amargamente gracioso-- que todo lo que nos
dieran ese día para alimentarnos fuera pan y agua; me llamó
la atención no obstante que ninguno de los guardias se riera de
nosotros, ni nos golpeara; si bien nos vigilaban, una sombra los rondaba,
ocupando buena parte de sus pensamientos. A media tarde, mientras masticaba
la hogaza de pan duro que me tocara, me sorprendí ante lo aventurado
de aquel pensamiento.
Para mi sorpresa, al llegar
la noche, no me llevaron al calabozo, se limitaron a colocarme los grilletes
y dejarme en el rincón norte; una cadena doble me sujetaba a una
estaca clavada al pie de la empalizada. Pasar la noche a cielo abierto
se me presentó como un regalo excesivo, dadas las circunstancia,
pero estaba tan cansado que me dormí enseguida. Mis sueños
de esa noche no fueron para nada tranquilos, transcurrieron plenos de confusión
y miedo, dentro de túneles estrechos que desembocaban sin excepción
al borde de un precipicio. Por la mañana, el mismísimo capitán
me vino a despertar.
Hasta mañana,
Hueso.
=
023 - Todas mis ignorancias
--Hoy te toca palear carbón --miró
hacia atrás, y vi que allí estaba el cabo que me recibiera
al llegar--. No nos va a servir de mucho con los pies hechos pelota, búsquenle
unos mocasines... ¡Que le den leche y un pan! --volvió a mirarme--.
¡Y a trabajar!
Una insistente contradicción
machacaba mis pensamientos cuando intentaba descubrir la lógica
que impregnaba ese lugar, su fama era muy otra, al menos en boca de Dariana
y algunos más de la posada.
El capitán se retiró
seguido por el cabo, y Mingo --uno de los ayudantes de la cocina-- no tardó
en traerme un vaso de leche y el pan. Mientras daba cuenta de mi variado
desayuno, vi que un par de soldados arrastraba a un preso hacia la entrada
del destacamento; de pronto éste se frenó de golpe, haciéndolos
caer, y gritó:
--Ya se les está por
acabar, hijos de una gran puta; son todos hijos de la misma gran puta.
Lo sacaron rápidamente,
pero esa amenaza me alcanzó para reconocer su voz: era mi compañero
de celda.
Al poco rato, regresó
el cabo, esta vez seguido por otro preso.
--Listo, listo; ponéte
estos mocasines, es tiempo de ganarte la comida --y nos llevó hasta
la parte posterior de la sala de calderas; no nos ató ni nada, apenas
le hizo una seña al otro preso y se fue.
Recién luego de la
primera hora de estar arrojando carbón hacia el horno, mi compañero
de tarea me habló:
--Estuviste en el mismo calabozo
que Yona, ¿no?... Me lo contó el Escobas.
Lo observé, con extrañeza,
puesto que seguía dando por descontado que conversar estaba prohibido,
y me había hecho a la idea de cerrar la boca a menos que alguno
de los milicos me hiciera preguntas.
--No sé su nombre
--le respondí--; pero si es al mismo que arrastraron afuera, sí,
estamos, o estuvimos anteanoche, en el mismo agujero --yo mismo me sonreí
ante esta última palabra, y me convencí de haberla utilizado
para caerle bien, cosa que pareció funcionar puesto que se rió.
--Es un bicho peligroso,
mató a unos cuantos milicos; no es como el resto de nosotros...
--Se interrumpió, como arrepintiéndose de lo dicho, y agregó
en seguida:-- Ya sé que vos liquidaste a Joroba, al cabo Rega quiero
decir; pero todos acá saben que nada más lo madrugaste...
Nadie se lo bancaba, ni los milicos; el único que andaba con él
era Salinas, el que nos trajo hasta acá, así que es del único
que te tenés que cuidar.
Tanta información
de un solo saque me apabulló; aunque a decir verdad hubo dos cosas
que me interesaron sobre las otras: lo que pudiera contarme acerca de Yona,
y cómo era que gatos y ratones se llevaban tan bien. Descuidadamente,
me había quedado pensando, apoyado en la pala, utilizándola
a manera de bastón...
--¿Qué hacés?
--me increpó, sin gritar, pero con tono de inconfundible reproche--.
No dejés de palear o nos sacan a las letrinas.
Le hice caso sin demora,
aunque no supe muy bien qué diferencia podría haber entre
quedar tiznados hasta las bolas y embarrados de mierda. Aun con retraso,
todas mis ignorancias recibirían la luz.
Hasta mañana,
Hueso.
=
024 - Un gusto especial por andar a los
revolcones
--Así que anoche te tocó
hacer de cebo... Raro... Porque a los recién llegados ya los encanutan
a la primera noche... --no dejaba de palear, aun cuando no parecía
importarle si el fuego era mucho o poco.
Eso de "hacer de cebo" no
me gustó ni medio y menos ganas tuve de pedir que me lo aclarase.
--Vos sos bastante callado;
eso no está bien visto acá... Mirá; si no querés
tener más problemas de los normales, vas a tener que hacer un esfuerzo.
No por mí; a mí me da lo mismo, yo hablo hasta por los codos.
Pero los demás presos son muy desconfiados y creen que los callados
siempre traman algo; y no les gusta que haya planes que no los incluyan...
¿Entendés? Mirá; me llamo Aniceto, pero me dicen Lenguaraz...
--y se quedó, esperando, como si creyera que yo podría no
haberlo entendido.
"Un apodo justo", pensé,
"es una bolsa de dar noticias." Pero, a pesar de mi actitud, comencé
a darme cuenta de que no me convenía estar tan callado, "éste
bien podría ser el alcahuete de esta villa." Trastabillé,
no sé si con una piedra o con mis propios pensamientos (los que
ya se estaban también pareciendo a piedras, aunque muy diferentes),
y caí de espaldas sobre la pila de carbón que tenía
detrás.
--Otra vez... Con ésta,
ya son cuatro --dijo, acercándose para darme una mano--. Vos ¿cómo
te llamás?
--Podés decirme Chueco
--le respondí.
--No, no; ése no te
va a servir, acá ya hay otro al que le decimos Chueco.
--Entonces, decíme
Nuevo --le propuse, recordando al maldito de Reyna y sus secuaces.
--Mmm... Tampoco. Cada vez
que llegue alguien, se va a armar despelote... Ya sé: Suelo. Y te
va al pelo: parece que tenés un gusto especial por andar a los revolcones.
Eso parecía una clave
para descubrir mi destino: una vez más, mi nombre quedaba al final
de una fila creciente de nuevos nombres. Y por la misma incomprensible
razón por lo que esto ocurriera, me pareció bien.
--Suelo, entonces. Mucho
gusto, Lenguaraz --y le extendí mi mano.
Un rato antes del anochecer, nos llamaron.
No había comedor ni nada parecido, cada quien se acomodaba en algún
lugar del playón (así llamaban al espacio que había
entre los cuarteles y el portón de entrada), y como mejor le pareciera,
algunos tirados y otros de pie contra la empalizada, daba cuenta del alimento
que le tocara. Esta vez, fue carne apenas cocida y unas galletas resecas
como arena, un vaso de leche y, para acentuar las contradicciones que ya
percibiera, otro vaso, pero lleno de ginebra.
Hubo algunos brindis por
tal lugar, o cual finado, en los que hasta los guardias se prendieron;
casi parecía una fecha patria. Así estaba la cosa, cuando
vimos aparecer a un par de carceleros que traían a Yona de regreso.
De pronto, le dio un empujón a uno, se zafó del segundo y
arremetió contra nosotros; hubo griterío y desbande, hasta
que los guardias pudieron tirarlo al suelo y sujetarlo; desde allí
(y de esto no tengo dudas), me miró, sonriendo.
Hasta mañana,
Hueso.
=
025 - Apenas parecido a lo que me estaba
imaginando
Una hora más tarde, arriaron la
bandera --un paño sucio de color celeste con un círculo azul
oscuro en su centro--, y luego a nosotros hacia ese queso gruyere que contenía
los calabozos.
--Ojo que hoy anda juguetón
--fue lo último que me dijera el Escobas, al cerrar la puerta.
Me tiré en mi catre
y esperé; sabía que Yona estaba en el de arriba no porque
se moviera, cosa que no hacía en lo absoluto, sino porque no era
posible que estuviera en ningún otro lado.
--Ya te habrán contado
con pelos y señales, ¿no? --dijo de pronto, como si continuara
con una charla iniciada hacía rato.
--Algo --le respondí--;
pero eso de los pelos y señales me gustaría escucharlo de
tu propia boca.
Soltó una carcajada
seca; era como si se hubiese adelantado a mi respuesta y, al escucharla,
se sintiera complacido de su acierto. Saltó al suelo y se sentó,
apoyándose contra la pared; la luz del agujero en el piso apenas
me permitió distinguir sus rasgos; de haber estado encendidas, las
del pasillo no habrían colaborado mucho más.
--Hoy me bautizaron --continué--;
así que podés llamarme Suelo.
--Así son de rutinarios...
A mí, me dicen Yona; pero ya te podrás palpitar que ése
no es exactamente mi nombre.
--La verdad es que no lo
pensé mucho, pero tampoco te voy a decir que me sorprenda. Y tu
nombre, entonces, es...
--O'Connor; Jonah O'Connor...
Así que Yona no está tan mal --hizo una pausa--; podría
haber sido peor. ¿Y a vos cómo te fue en esas importantes
tareas que les dan?
--Ayer, me hice pelota los
pies. Y hoy, me terminé de despellejar las manos.
--Ah... ¡Perfecto!
Quiere decir que estás listo para que nos escapemos, ¿o no?
Abandoné la cómoda
posición en la que estaba, para sentarme frente a él:
--Mirá; ya vi que
te tratan peor que a un animal... Pero al resto no nos va como para decir
que esto sea el infierno... Además, ni te conozco.
--Ya vamos a ver qué
opinás cuando te toque hacer de cebo otra vez.
Inmediatamente, recordé
que, entre tanta palabrería, el Lenguaraz no había vuelto
sobre ese tema:
--Sos el segundo que menciona
eso de "hacer de cebo"... ¿De cebo para qué?
--Decíme; ¿vos
no sos de esta zona, no? Y nunca escuchaste del Drankú... ¿Cómo
te creés que se rajó esa empalizada donde trabajaban hoy?
El Escobas tuvo suerte de que los milicos anduvieran con ganas de darle
con todo antes de que lo agarrara hace cinco noches; bah, suerte, lo que
se dice suerte, no sé; a mí más me parece que a ése
no hay quien se atreva a comérselo.
Este relato a medias me estaba
gustando menos que cuando no sabía nada; si el Drankú era
apenas parecido a lo que me estaba imaginando, ¿adónde se
quería escapar ese irlandés iracundo?
Hasta mañana,
Hueso.
=
026 - Nadie diría que tenés
la traza de un pistolero
--Bueno, bueno... La verdad es que acá
hay gato encerrado --continué--; por un lado, está la fama
de lugar de mierda que tiene esta prisión, lo de las torturas sobre
todo; y por el otro, los presos se divierten junto a los milicos, y hoy
hasta nos dieron un vaso de ginebra...
--Ah... Los presos... Todos
ésos que andan por las celdas de más arriba son huéspedes
de lujo; no es que tengan colchones forrados en seda, pero son todos peones
de los traficantes de armas y demás contrabandistas: están
acá porque se habrán olvidado de pagar alguna comisión...
En cuanto los precisen por allá afuera, algún alma bondadosa
entregará la suma que corresponda y se irán como llegaron...
¿Entendés? Son pequeñas piezas de joyería:
a nadie le conviene que se resientan más de la cuenta --inclinó
la cabeza hacia atrás, hasta dejarla apoyada contra la pared--.
En cambio yo... Je; yo se la di a más de uno. Yo sí que soy
un criminal; según sus códigos, claro... Y por ahora, soy
el único en tal situación; porque de vos, como no saben gran
cosa, todavía ni sospechan.
--Che; pará la mano
que lo mío fue defensa propia, y según lo que me dijera el
Lenguaraz, esto lo saben todos.
--Y también está
eso de que a Joroba nadie lo tragaba... Demasiado ambicioso, cobarde y
prepotente. Sí, sí... ¿Y cómo es eso de la
defensa propia? Yo más bien sospecharía que lo agarraste
desprevenido; cosa rara también, pero más creíble.
--Me quiso quitar el arma,
y se disparó --me detuve un momento porque me di cuenta de que no
podía estar seguro de lo que decía--. Al menos, eso es lo
que parece que pasó, digo, porque me desmayé.
--Muy conveniente... Te desmayaste...
¿Y por qué? ¿Por el cagazo?
Me puse de pie violentamente,
enojado por ese picaneo gratuito, y me golpeé contra el catre de
arriba, quedando sentado como estaba; hice un esfuerzo por no frotarme.
Yona se rió, pero no con burla, era como si hubiese visto una payasada,
y no estaba lejos de la verdad.
--Me golpeó --dije
al fin--; me golpeó en la cabeza con ese palo que llevan al cinto...
Ahí fue cuando la Peacemaker se disparó.
--¡Una Peacemaker!...
¿Tenías una de ésas? Cuánto hace que no veo
una... --adelantó el cuerpo unos centímetros--. Nadie diría
que tenés la traza de un pistolero... Flor de agujero le habrás
hecho en la barriga, ¿eh? Valga por todos los que habrá hecho
el muy maldito Joroba en su vida.
--No, no --intervine, sin
notar que las precisiones eran totalmente irrelevantes--; le hice un hoyo
en la frente... --y aquí la supuesta irrelevancia se me vino encima.
Yona lo notó al instante:
--Pará, pará.
¿En la frente? ¿Así de rápido sos con un revólver?
Apoyó los codos sobre
las rodillas y la cabeza en las manos:
--Ese cabo Rega nunca hubiese
intentado sacarte el arma de frente; o sea que vos deberías de estar
en franca desventaja, distraído o algo así... ¿Y aun
así le diste en la frente?... ¿Pero qué estaba, arrodillado?
Hasta mañana,
Hueso.
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027 - Así solía decir mi
abuelo
Me puse muy incómodo, la pregunta
de Yona no había hecho más que confirmarme lo que estaba
pensando. Lo más lógico habría sido un balazo en el
estómago...
--Decíme --dijo Yona,
interrumpiendo mis pensamientos--; ¿estás seguro de que el
tiro le pegó en la cabeza? Se le habrá partido en dos, ¿no?
--Mirá; si lo que
andás pensando es que el tiro se lo pegó algún otro,
ya somos dos. En la frente, tenía un agujero limpio... Y no me sorprendería
que la bala le hubiese salido por detrás.
--Ah, bueno... Si la bocha
no le estalló, podés apostar a que vos no lo mataste; alguien
te usó de chivo.
--Hijos de puta; seguro que
fue para quedarse con su parte.
--Podría ser; pero
el tiempo me ha enseñado a no apurar conclusiones; no te olvides
además de que los milicos andaban por ahí: más de
uno se la tendría jurada.
--Pero ¿y Reyna no
tendría que haber sospechado?
--¿Y quién
te dijo que en una de ésas no fue él?
--Linda mierda... Estoy frito
por donde se me mire; por un momento, creí que tenía posibilidades
de hacer que el capitán me escuchara, pero está visto que
están todos cortados por la misma tijera.
--Igual que nosotros.
Una vez más, Yona
aludía a esa semejanza que daba por descontada. Pero si algo tenía
claro, era que difícilmente yo fuera tan duro como ese tipo --aún
entonces, con mi escasa experiencia y la importante carga de estupidez
que arrastraba, me fue posible reconocer que no estaba a su altura--. Y,
siguiendo con esa suerte de iluminación fugaz, aproveché
el momento:
--¿Por qué
no me decís de una vez por todas qué es eso que te hace pensar
que somos parecidos? ¿Cómo fue que dijiste la primera vez?
¿Piedras de una misma cantera?
--Next of kin.
De pronto, un escozor me
recorrió ese espacio que debe de haber entre la piel y la carne
viva, me subió por los brazos, pasó por el cuello y se detuvo
en las orejas; de no haber sido por la oscuridad casi total, Yona se habría
reído un buen rato, porque sin ninguna duda me debí de haber
puesto colorado como un tomate. Sabía que esas palabras no estaban
en castellano, pero inexplicablemente su significado me había conmovido.
--Je... --Yona comenzaba
a demostrarme que estaba al tanto de todo, o casi todo--. Me entendiste,
¿eh? --se frotó las manos--. Así solía decir
mi abuelo cuando hablaba de sus amigos de la juventud, allá en Irlanda.
Next of kin... Aunque no fuera estrictamente cierto.
--Porque no tenían
un parentesco de sangre...
--¿Cuánto hace
que sabés inglés? --había en su pregunta un dejo de
humor; y supe que ya conocía la respuesta.
--Dos o tres minutos --y
me sonreí.
--Segundos más, segundos
menos --agregó, cargando las tintas.
Comenzaba a entender que
adivinaba más de lo que realmente sabía; o algo así.
Hasta mañana,
Hueso.
=
028 - Ciertas imágenes irrumpían
en mi cabeza
Los días fueron pasando y, lejos
de intentar volver sobre ese asunto de los parecidos, mis pensamientos
me confundían a la vez que me hacían confiar cada vez más
en ese irlandés arrogante.
Había nacido en un
lugar llamado Contrasombra, lo mismo que su padre, pero apenas pasada la
adolescencia se había ido a trabajar a Necochea, una ciudad cercana,
pero más grande. Allí, luego de diez años, consiguió
ahorrar para comprarse un chalet, y se casó. Las cosas no le anduvieron
bien y comenzó a endeudarse un poco más con cada año
que pasaba. A los pocos meses de nacido su tercer hijo, unos comerciantes,
que conociera en el puerto, lo convencieron de acompañarlos hasta
Kuatl, con la promesa de hacer un gran negocio. Apretado como estaba y
a punto de que le quitaran la casa, convenció a su mujer de que
era la única salida que les quedaba.
Navegaron hasta el Cabo de
Hornos y remontaron la costa del Pacífico, pero al llegar a la Bahía
de Copiapó fueron atacados por piratas. Lograron encallar el barco
y escapar; Yona estuvo entre los seis a quienes no mataran las balas.
Me contó con bastante
lujo de detalles todo lo acontecido hasta allí, y solía retomar
cuando recordaba alguna nueva anécdota del viaje en barco. Del cruce
de las montañas, se limitó a decir que había tenido
mucha suerte, dos de sus amigos no lo habían logrado, pero esa racha
se le terminó cuando comenzó a toparse con las patrullas,
todas ellas a sueldo de los latifundistas de la zona entre Rioja y Chaco.
Patrullas que, al igual que la de Laino, sacaban tajada extra haciendo
la vista gorda con los contrabandistas y los traficantes de armas.
No obstante, logró
llegar hasta Baja Chala, una población a orillas del Bermejo, donde
le pasó algo que no previera: se enamoró. Se llamaba Güina,
era hija de una indígena y el terrateniente dueño de ese
lugar, un alemán quien nunca le diera más atención
que al resto de los pobladores. Vivió con ella durante los siguientes
tres años, tuvieron dos hijas. Se las arreglaron haciendo algunas
tareas de campo, hasta que Yona consiguió trabajo en uno de los
barcos que transportaban tabaco hasta Rosario. Fue entonces que estalló
la guerra entre los latifundios.
Me resultaba curioso cómo
nunca hacía referencia a ningún amigo, algún "next
of kin", como me llamara a mí; tuve la sensación de que evitaba
mencionarlos. Hubo momentos cuando ciertas imágenes irrumpían
en mi cabeza, igual que cuando Dariana me contara sobre los Carrera, pero
se interrumpían abruptamente, como si una cortina pesada y opaca
cayera, oscureciendo la escena. En esos momentos, Yona me miraba, achicando
los ojos, y esperaba un poco antes de proseguir.
De regreso de uno de sus
viajes, el mundo se le derrumbó: Baja Chala había sido destruido
casi por completo y sus pobladores, incluida su nueva familia, asesinados.
Unos pocos sobrevivientes le contaron lo sucedido: habían sido los
milicos de Loma Azul, un latifundio cercano a los rápidos del Río
de la Santa Fe.
Hasta mañana,
Hueso.
=
029 - La noticia corrió como la
pólvora
Tal como su apariencia lo indicaba, Yona
no era un tipo intranquilo; mucho menos, uno que tuviera arranques de furia;
él mismo me confió que esas cargas, plenas de gritos y gestos
hostiles hacia los milicos, eran la manera como le gustaba asustarlos para
que le temieran, al tiempo que le daban un poco de diversión. Sabía
que si no lo habían matado, era porque no estaba entre sus intenciones;
por lo demás, estar en Plaza Solera ya lo ponía de por sí
en una situación jodida, igual que al resto de nosotros.
Lejos de enloquecer al enterarse
de la suerte corrida por su mujer y sus hijas, abandonó lo poco
de sus pertenencias que continuaban en pie, escondió lo que le quedaba
de valor en la selva, y se fue hacia donde vivía la tribu de la
madre de Güina. Se trataba de los niguas, una rama que se separara
de los magües hacía más de un siglo, cosa que nadie
sabía a excepción de ellos mismos, secreto que cuidaban muy
bien de no mencionar fuera de la tribu.
En esta parte del relato,
una vez más, Yona se detenía para observarme y saltaba al
momento de su primer encuentro con los milicos, luego de abandonar a los
niguas. A esa altura, unos ocho o nueve meses después, ya era un
experto en andar por la selva como si fuera una sombra. No llevaba armas
de fuego, pero se había vuelto muy hábil con la cerbatana,
los cuchillos y el hacha.
Los niguas lo debían
de haber recibido muy bien, al parecer, porque a juzgar por los comentarios
que solía escuchar luego de las comidas, todos les tenían
recelo. Si bien ninguno sabía de la relación con los magües,
cualquier indígena era, para esos salvajes con ínfulas de
ser civilizados, un hechicero en potencia. Y ya se sabe que vivir en medio
de la selva alimenta las peores fantasías.
La cuestión fue que,
al toparse con esa primera patrulla, esperó a que se hiciera de
noche y los fue degollando uno a uno, en el silencio que su odio y la jungla
tan bien le habían fortalecido. No le importó averiguar si
eran milicos de Loma Azul, le dio lo mismo, eran todos iguales ante su
venganza.
Así siguió
durante los siguientes seis meses, hasta que por fin los terratenientes
comenzaron a ver que la desaparición de sus patrullas no obedecía
a los avatares de la jungla: nunca antes habían desaparecido tantas.
Esto quedó comprobado cuando una caravana, procedente de Cayán,
dio con algunos cadáveres. Como no habían sido asesinados
hacía mucho, comprobaron fácilmente que sus verdugos no eran
los animales que tanto temían; tampoco podían ser ladrones
o mercenarios, porque la recaudación que llevaban parecía
estar intacta.
Cuando esta caravana llegó
al siguiente poblado, la noticia corrió como la pólvora.
Para ese entonces, los terratenientes habían llegado a un acuerdo
y la guerra estaba terminada; gracias a esto, no les resultó complicado
aliarse en busca de ésos que los estaban desangrando. Jamás
pensaron que pudiera tratarse de una sola persona, la soberbia que los
caracterizaba no se los permitió.
Sin embargo, no fueron sus
incesantes búsquedas, ni el tendido de trampas, ni las recompensas
ofrecidas, lo que terminara con la captura de Yona. Uno solo contra tantos
tenía toda clase de instancias en su contra y llegó el día
cuando tropezó.
Hasta mañana,
Hueso.
=
030 - No podía confiar ciegamente
en nadie
Yona se había adaptado muy bien
a la vida en la selva, pero el recuerdo de la familia dejada atrás
en Necochea comenzó a dolerle. Su cacería de patrullas ya
no le era tan urgente y las matanzas se fueron espaciando, hasta que finalmente
decidió abandonarlas.
Si bien, en el campamento
donde encontraran aquellos cadáveres, el cargamento transportado
parecía intacto, Yona siempre se llevaba una bolsa de oro: sabía
que, tarde o temprano, le sería útil. Así fue que,
una noche de la temporada de lluvias, llegó a Iguazú con
la intención de contratar peones y carretas para transportar su
tesoro. Sabía perfectamente que no podía confiar ciegamente
en nadie, pero también que no podría hacer ese trayecto solo.
Se cuidó de elegir
a las personas de apariencia más inofensiva que pudo, pero esto
probó ser un error tan peligroso como si hubiese elegido mercenarios.
La caravana había
comenzado el viaje sin mayores tropiezos, pero al llegar al Bermejo, se
encontraron con que el puente que pensaban utilizar había sido destruido:
un poco por lo viejo que era, y otro poco por culpa de una correntada ocurrida
hacía tres días. No tuvieron más remedio que correr
el riesgo de ir hacia el puente de Baja Chala, en la suposición
de que siguiera en pie.
El camino ribereño
era fangoso, pero los peones resultaron ser más hábiles de
lo que aparentaban, empecinados en hacer un buen trabajo --incentivados
por la buena paga-- y honestos por una cuestión de principios; se
trataba en verdad de gente muy difícil de hallar por esos pagos.
Parecía que nada los
detendría, hasta que llegaron a las cercanías de Baja Chala:
cuando les faltaban dos leguas, los interceptó una patrulla. No
estaban buscando a los asesinos de sus colegas, no, eso ya se estaba olvidando,
ayudado por el cambio en las actividades de Yona; lo que querían
era lo mismo que todas las patrullas: el pago del peaje.
Yona tenía suficiente
oro como para no preocuparse de perder una parte, y seguir tan tranquilo
como había llegado; pero mientras se encontraba en medio de las
tratativas, los peones decidieron que pagarles sería un acto inmoral
y atacaron a los milicos. El que estaba hablando con Yona creyó
que era una trampa planeada por éste y se apuró a sacar el
arma; el cuchillo del irlandés lo congeló mientras la cabeza,
con gorra y todo, rodaba por las barrancas del río. La mala suerte
quiso que otra patrulla los viera desde la loma en plena batalla y se lanzara
al rescate.
Una vez más, Yona
consiguió escapar, pero fue encontrado, mal herido, a las pocas
horas. La mitad de la peonada había conseguido eludir su búsqueda,
pero el cargamento quedó en poder de los milicos.
Torturaron a Yona de muchas
maneras, pero no consiguieron que les hablara de sus cómplices,
de quienes, por otra parte, mucho no podía contarles, salvo de su
desastrosa honestidad. Como vieron que no había caso, tomaron la
decisión usual: enviarlo a Plaza Solera. El irlandés sospechaba
que lo mantenía vivo el temor a que sus peones regresaran por él
y, más aún, que fueran parte de una camarilla más
grande y peligrosa.
Hasta mañana,
Hueso.
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Actualizado en diciembre de 2000.
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