Las crónicas de Hueso
Mensajes del 031 al 040


031 - La gracia te sale por los poros, pibe

Salvo por los relatos de Yona, los días en la prisión eran rutinarios; las tareas variaban pero dentro de un circuito por demás previsible: arreglar paredes, reforzar la empalizada, palear carbón, lavar ropa, hacer de cebo...
   A los quince días de estar allí, Laino regresó con su patrulla y, al verme en plena tarea de colgar ropa en una cuerda, se me acercó:
   --Me han dicho que sos un preso modelo.
   Como dejé de hacer lo que estaba haciendo sin levantar la vista del suelo, me dio un golpe suave, con la bota, en el tobillo:
   --Che; que yo sepa nadie te ha tratado mal... ¿O sí?
   Lo miré, pero no a los ojos, sino directamente al mentón:
   --Supongo que ya no soy tan gracioso... Y no creo que me vaya a dar permiso para salir a buscar mi alegría por ahí afuera, ¿eh?
   Riéndose, me replicó:
   --No seas modesto; la gracia te sale por los poros, pibe. --Sacó una caja de toscanos del bolsillo de la camisa y encendió uno.-- El capi se va por unos días; así que me toca hacer de mandamás. Es tiempo de divertirse, ya vas a ver cómo cambia el clima.
   Dio una vuelta entre la ropa colgada y, como si recordara un asunto pendiente, volvió sobre sus pasos:
   --También me dijeron que andás en muy buenas migas con ese irlandés; acá se ven cosas de lo más raras. Hasta parece que tu presencia lo hubiera calmado. Si no fuera que sos un pendejo cagón, pensaría que ya se conocían de antes; ni siquiera se parecen, así que tampoco puedo creer que sean parientes... ¿No son, no?
   --¿Qué cosa? --el soliloquio del sargento me había confundido.
   --Parientes; digo... ¿No son parientes?
   "Next of kin; next of kin..." Esas tres palabras no dejaban de retumbar en mi mente.
   --¡Eh; pibe! ¿Qué pasa? No te estarás por desmayar...
   Quise sujetarme de la cuerda, pero me fui en banda con ropa y todo. Las carcajadas de Laino atrajeron la atención de los demás, y pronto no hubo uno que no se riera y soltara alguna ocurrencia. El Chino Vega, un mestizo flaco pero musculoso, se me acercó con la intención de ponerme unos calzones a modo de gorra.
   Si bien estaba medio mareado, ese gesto me irritó a tal punto que casi podría decir que me volví un desconocido ante mí mismo. Con una habilidad inusual, mientras dejaba que lograra su objetivo, lo agarré de las pantorrillas y lo hice caer hacia atrás, con tan buena puntería que fue a dar contra el balde de lavandina, empapándose. Las risas aumentaron y las ganas de joder del Chino se transformaron en rabia: se me vino encima como un toro loco. En ese momento, sin que supiera el porqué, me vino a la cabeza la historia de don Román Solo, y me dejé caer hacia un costado. Con el envión que traía, el mestizo siguió de largo y arrasó con las otras dos cuerdas de ropa. A esa altura, presos y milicos festejaban como si fueran todos de una misma familia y estuvieran en un casamiento.
   --Pelea, pelea --gritó el Escobas--. Que esta noche haya pelea.
   Hasta mañana,

Hueso.

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032 - No sé qué vayas a mejorar con unas horas de práctica

--Sí, sí; hace mucho que no tenemos una fiesta --Laino se frotaba las manos y el toscano le brillaba semicolgado de la boca--. Lo primero va a ser que le elijamos un padrino al pibe, nadie tiene que lastimarse sin el recaudo de una buena enfermera.
   --¿Y para qué tenemos al loco? --intervino el Lenguaraz, creyendo que aumentaba la broma; el silencio lo desalentó.
   El sargento se le acercó, después echó una mirada sobre cada uno de los que estaban pendientes de lo que vendría, y se detuvo finalmente en mí:
   --¿Vos que decís, pibe? --me preguntó--. ¿Te animás a confiar en el loco?
   No supe, inmediatamente, si la joda continuaba, pero las caras de todos eran mucho de ojos y nada de bocas. Mientras me ponía de pie, murmuré, todavía sin mirarlo directamente:
   --Si Yona está de acuerdo... --y me interrumpí; un nuevo pensamiento, uno que hasta me pareció ajeno, me asaltó--. Pero tendría que practicar un poco y, en la celda, no creo que vaya a poder...
   --Así que "Yona", ¿eh? --sonrió para que todos lo vieran--. Nunca es tarde para aprender algo nuevo. --A esta altura, ya se podrán dar cuenta de que Laino no era una persona a quien la inteligencia le brotara a flor de piel; no es que fuera estúpido, cosa que no era y tenía recursos que ya me gustaría tener yo, pero los lugares comunes eran su plaza de juegos.
   --¿Y dónde te vendría cómodo para practicar? --me preguntó el Escobas, en voz bien alta, como tanteando el ambiente.
   --Podría ser atrás de las calderas --le respondí--; ahí no creo que vayamos a romperle las pelotas a nadie.
   Esta vez, el sargento se me acercó y me pasó el brazo sobre los hombros:
   --¡Hecho! --exclamó--. Falta ver quién será el padrino del Chino...
   Muchas manos se levantaron, hubo nuevo griterío y se llevaron al mestizo en andas hasta el playón. Una vez solos, Laino me confió:
   --No sé qué vayas a mejorar con unas horas de práctica, pero un último deseo no se le niega a nadie --soltó una carcajada que hizo que el toscano se le cayera; lo levantó, le dio la última pitada y lo tiró hacia el charco de lavandina--. Ahora le digo al Escobas que se deje de chuparle las medias al Chino y le avise a Yona... --remarcó el nombre del irlandés, intentando un tono de burla, pero él mismo se dio cuenta de que había fallado--. Te decía: le voy a ordenar que le avise al irlandés de las buenas noticias. Mientras tanto, juntá este despelote y poné la ropa en remojo, que todavía te falta terminar este asunto.
   Se alejó sin volver a mirarme, a medias entre contento y perturbado. Por mi parte, de contento no tenía una pizca, pero de perturbado me sobraban indicios; aunque, a decir verdad, que Yona pudiera salir del calabozo, al menos por unas horas, fue una posibilidad que comenzó a levantarme el ánimo. No tardé en darme cuenta de que ese tipo me gustaba y que unos golpes a cambio de su amistad era un precio pequeño. Claro que esto fue antes de que cayera la noche, ¡y flor de noche resultó aquélla!
   Hasta mañana,

Hueso.

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033 - Lo más indicado va a ser que aprendas a recibir

A eso del mediodía, el capitán se retiró con una escolta de unos diez milicos bastante amargados porque se iban a perder la juerga de esa noche. Terminé de colgar la ropa luego de volverla a lavar y me fui para donde estaban repartiendo la comida. Un tanto alejado del grupo y recostado a la sombra de la empalizada, Yona estaba comiendo una hogaza de pan duro y un trozo de carne seca a fuerza de tanta sal muera. Los demás parecían en extremo animados y, como cada quien tenía dos jarros, era fácil adivinar el contenido del segundo; a diferencia del irlandés, presos y guardianes comían frutas y papas asadas. El Lenguaraz me invitó a unírmeles, pero creo que ya tenía bien sabido de antemano que preferiría estar al amparo de la sombra. Sobre un plato de aluminio quedaba otro pedazo de carne, así que lo agarré, busqué un pan y un par de frutas, y me fui a sentar.
   Al principio, Yona me miraba sin decir una palabra, su comida le mantenía las mandíbulas de lo más ocupadas. Coloqué, entre ambos y tratando de disimular, el plato con las frutas, y me puse a comer yo también.
   Después de un rato, Yona me dijo:
   --Para esta vuelta, lo más indicado va a ser que aprendas a recibir --puso cara de "no hay más remedio"--; pero para la siguiente, ya veremos.
   Miré hacia su jarro para estar seguro de qué andaba tomando; como estaba vacío, no pude sacar conclusiones, pero al escucharlo decir "la siguiente", creí ver que le brillaron los ojos. Era la primera vez que veía su cara tan de cerca y a la luz; calculé que debía de tener unos quince o veinte años más que yo, no tenía cicatrices visibles y sus ojos eran azules. La nariz, delgada y recta, se le hundía en la carne cada vez que daba una mordida.
   --¿Qué "siguiente"? --le pregunté, aun cuando mis especulaciones me anunciaban una respuesta que no me iba a gustar para nada.
   --Vos dejáme a mí, cachorro; vos dejáme a mí --y se levantó para volver a llenar el jarro.
   Cuando regresó, lo traía medio vacío, pero pude ver, para mi tranquilidad, que el líquido era totalmente traslúcido; casi por reflejo, miré mi propio jarro para asegurarme de que la ginebra del destacamento continuara siendo del mismo color que el té.
   --Yo te dejo, Yona --le dije--; te dejo ¿qué?
   --Ya conseguiste sacarme del agujero --se detuvo, mirando hacia los inquietos comensales--; lo siguiente es pasar del otro lado de... --y dio un par de golpes suaves con el puño a los troncos que le servían de respaldo.
   --Del otro lado, ¿eh? A la selva, ¿no? ¿Vas a llevar mucho equipaje?
   Aguantó la risa, achicó los ojos, bebió unos sorbos más y, asintiendo, me dijo, como quien confía un preciado secreto:
   --Tenés mucha razón, cachorro; vamos a tener que elegir muy bien.
   Al contrario de veces anteriores, sus palabras, si bien me producían un malsano nerviosismo, me resultaban oscuras: ninguna imagen se alzaba en mi cabeza.
   --Cuando dijiste "recibir", te referías a las trompadas, ¿no?... Y por favor, no me digas "cachorro", me está cayendo mal la comida; agarrá una fruta.
   --¿Preferís que te llame Suelo?
   Esa palabra, sumada a mi futuro inmediato, hizo que me atragantara.
   Hasta mañana,

Hueso.

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034 - A la vera de algunas verdades

Terminado el almuerzo, vimos cómo los cuatro seleccionados de ese día eran llevados a limpiar las letrinas --sin dudarlo, tenían un gusto satánico para elegir los momentos menos apropiados para cada tarea.
   Cuando me paré con la intención de ir hacia las calderas, Yona me detuvo:
   --¿Qué hacés? ¿Para dónde vas?
   --¿No tenemos que comenzar con las "lecciones"? --noté que esta última palabra me había salido cargada de intenciones nefastas--. ¿No me vas a enseñar "a recibir"? --otra vez: lo nefasto.
   --Pará un cachito, tenemos que disfrutar lo puesto en la barriga, Fuego... ¿Así te gusta más? Porque la verdad es que estás encendido como llamarada.
   No tuve tiempo de contestarle, aunque lo cierto era que las palabras estaban tan agolpadas contra mis ideas que habría sido imposible que pasaran por mi boca sin arrancarme algunos dientes --esta última idea me confirmó que mis preocupaciones, si bien concordantes con la llamarada que Yona mencionara, se concentraban en una única cuestión--. Salinas, desde un costado del mangrullo, nos gritó:
   --¿Y? ¿Qué esperan? ¡A trabajar!
   --Tenemos que entrenar al debutante --le respondió el irlandés.
   --Lo que sea, pero ¡ya!
   --No es cosa tan simple, mi cabo --insistió Yona--. No se puede saltar a la cuerda con la panza recién llena... --hizo una pausa, mirándome de costado--. Así, al menos, lo aconsejó Laino.
   El cabo, quien para ese instante ya había recorrido la mitad de la distancia que lo separaba de nosotros, frenó y se dio media vuelta.
   Me quedé con la vista fija en esa espalda que se alejaba y con la creciente sensación de que ese breve diálogo no nos iba a salir gratis.
   --¿Te das cuenta de cómo han cambiado las cosas? --no era tonto como para sonreírse abiertamente, pero yo sabía que una sonrisa grande como todo ese destacamento le ocupaba las entrañas y ya no tanto la comida.
   Metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó dos toscanos y un fósforo, los encendió y estiró el brazo para alcanzarme uno.
   --Es cierto que estuviste hablando con el sargento, entonces...
   --Las mentiras no convienen... A menos que se las pueda acomodar a la vera de algunas verdades --seguía con el brazo extendido--. ¿Lo vas a fumar o se lo vas a seguir regalando al aire?
   Agarré el toscano y le di una pitada mientras volvía a sentarme.
   --Escucháme bien --prosiguió--; no vale la pena amargarse por el dolor que nos espera en el futuro, es mejor disfrutar las buenas cosas del ahora. De lo de esta noche, ya nos vamos a ocupar.
   --¿Nos "vamos" a ocupar?
   --Mirá; hacé un esfuerzo y creéme esto: a mí, me va a doler tanto como a vos.
   Hasta mañana,

Hueso.

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035 - El pecho apretado en una morsa

Cuando llegamos a las calderas, el irlandés me dijo:
   --Hacé unas lagartijas, que yo enseguida vuelvo --y se alejó antes de darme tiempo de reaccionar.
   "Hacé unas lagartijas", pensé, como si la voz de Yona hubiera quedado presa en mi mente, "¿y qué mierda habrá querido decir?" A falta de interlocutor, me puse a correr alrededor de la pila de carbón, cinco vueltas en un sentido y otras cinco en el otro, cinco como al principio y así hasta completar tres circuitos que me dejaron con la lengua afuera. El calor que salía de la puerta por donde se arrojaba el carbón no ayudaba para nada, respirar me parecía peor que seguir corriendo; ya estaba por ir a buscarlo, cuando lo vi regresar, trayendo una cuerda.
   --Estos milicos son más difíciles que viuda de dos días --se quejó--; si no fuera porque sé que sus cerebros son del tamaño de un gusano enrollado, pensaría que sospechan que les voy a dar un pelotazo... ¿Estás pensando en asarte como un pollo? Salí de ahí, pibe; la pelea es a puñetazos, no a tirarse fósforos... Tomá --me alcanzó la cuerda--; andá hasta allá --señaló hacia donde estaba el tinglado de herramientas-- y ponéte a saltar, hay sol, pero no será tan jodido como estar contra este horno.
   Supe que era inútil quejarse; además, tenía la cara roja como si él también hubiese corrido. Fui hasta el tinglado, di menos de diez saltos y paré. Vi que me estaba mirando con las manos ancladas a la cintura; con la izquierda, me hizo señas para que siguiera. Di otra seguidilla de saltos y paré; el esfuerzo que tenía que hacer para tragar aire era peor que si hubiese tenido el pecho apretado en una morsa. De pronto, Yona se cayó redondo. Fue algo de lo más extraño; en cambio de correr para ver qué le pasaba, me quedé donde estaba, un poco porque no habría podido dar un paso, pero también porque la situación me estaba produciendo una sensación muy parecida al espanto.
   Volviendo en sí, el irlandés se apoyó en las manos; después, apoyó las rodillas y se quedó un rato con la vista en el suelo. En ningún momento, me miró. Se puso de pie y, todavía sin mirarme, gritó:
   --Es hora de comenzar a recibir... --se quedó pensando--. Puta que nos parió; esto va a ser más jodido que la mierda.
   Caminó hasta mí, me puso una mano sobre el hombro y, con la otra, me dio un golpe en el estómago. La dificultad para hacer entrar el aire en mis pulmones fue reemplazada por una exhalación interminable. No llegué a caerme porque choqué contra uno de los parantes del tinglado. Llamativamente, el irlandés estaba más encorvado que yo. Como pudo, me ordenó:
   --Ahora; vos a mí.
   Las ganas que tenía de vengarme me dieron el resto que necesitaba para acercarme, cerrar el puño izquierdo y golpearlo en la cara. Mi felicidad no duró ni medio segundo; aun cuando faltaban dos horas para el anochecer, todo se oscureció; quise regresar hasta el parante, pero fallé al calcular la distancia y seguí de largo, cayendo contra la mesa del carpintero. Al mirar hacia atrás, Yona estaba nuevamente en el suelo.
   Hasta mañana,

Hueso.

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036 - En usa de ésas, podemos hacer negocios

--¿Me vas a decir qué carajo pasa? Si seguimos así nos vamos a terminar matando.
   El irlandés me observaba pero no estuve seguro de que realmente me viera; yo estaba muy enojado: con él, con el mundo entero y, aun cuando no supiera el porqué, también conmigo mismo.
   Por fin, Yona, recuperando esa sonrisa que ya estaba aprendiendo a odiar, gateó hasta la sombra que ofrecía el tinglado.
   --Che; te estoy hablando... Dejáte de joder, aunque sea por una vez, y decíme que carajo está pasando.
   --Te lo dije, ¿no?... Que me iba a doler tanto como a vos... ¿Te acordás?
   Tenía el aliento entrecortado, pero su sonrisa seguía ahí; comencé a pensar que a lo mejor era una mueca permanente de su cara, o que aquel primer pensamiento en cuanto a su locura había sido el acertado. Sin embargo, eso no explicaba el dolor que acompañaba a cada golpe; era como si un ser invisible nos devolviera lo que le hacíamos al otro.
   --¿Qué me estás diciendo? ¿Que si te pego es como si me pegara yo mismo?
   --Piedras de la misma cantera, Fuego... Next of kin... ¿Sabías que hubo una época cuando me decían "Trueno"?
   --Fuego y Trueno, ¿eh? Faltan los relámpagos...
   --Sí; esperá a esta noche --se puso de pie--. Vamos a tomar agua.

Mingo nos miró entrar a la cocina y se quedó con la boca abierta; Chilo, el cocinero, un antiguo preso que decidiera quedarse a trabajar allí, clavó la cuchilla, con la que estaba cortando zanahorias, en la mesa:
   --Si los agarran acá, los van a tirar de cabeza en las letrinas --el tono no fue de amenaza, sino de comentario casual.
   --Es el que va a pelear --intervino Mingo.
   Chilo le dio un golpecito a la cuchilla, haciendo que comenzara a oscilar:
   --Vos debés ser Suelo, ¿no? Recién llegado y ya tan famoso --miró hacia Yona--. A vos no te veo nunca, pero tenemos algo en común: yo soy el cocinero y vos el carnicero --largó la risotada que era previsible. Mingo también se rió, pero el miedo lo contenía dentro de los límites de los buenos modales.
   --En una de ésas, podemos hacer negocios --le respondió el irlandés, sumándose a las risas.
   --¿Y qué los trae por acá? ¿Buscan un pedazo de carne fría tan temprano? --esta vez no se rió; apenas se inclinó sobre esa mesa que lo separaba de nosotros.
   --Por ahora, queremos agua --anunció Yona.
   --Pero la carne tenéla a mano, que la vamos a necesitar --agregué.
   --¿Acaso van a pelear los dos? --preguntó Mingo.
   --¿No sabías que el entrenador está siempre al lado de su pupilo, pibe? --le replicó Yona.
   Chilo arrugó la frente y le hizo una seña a su ayudante para que nos alcanzara el agua.
   Hasta mañana,

Hueso.

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037 - Me puso al borde de la duda

Nos quedamos en la cocina, esperando lo inevitable; la charla no era interesante, pero podíamos sentir cómo, afuera, el clima se iba calentado. En un momento dado, cuatro milicos entraron y se llevaron dos cajones de botellas; no hizo falta que fuéramos magos para adivinar lo que contenían.
   Cuando me acerqué hacia el estante donde había más botellas como las que se llevaran, Yona me detuvo:
   --No nos conviene; dejá que chupen ellos, eso sí que nos va a venir de perillas.
   --Por la diferencia que va a dar... --miré al cocinero y al ayudante: seguían con sus tareas, pero era evidente que no perdían uno solo de nuestros movimientos.
   --Che, irlandés --dijo Chilo--; el peleador no parece muy entusiasmado, a lo mejor unos tragos no le vendrían mal.
   --El entusiasmo no tiene nada que ver --le replicó--; mejor te ocupás de las cacerolas, porque pronto van a estar todos muertos de hambre.

A la hora señalada, la población casi completa de Plaza Solera estaba en el playón, rodeando un cuadrado que fuera esculpido en el piso de tierra con un pico. Cuando salimos de la cocina, el barullo cesó; el único que mantuvo su jarro en alto fue Laino, parecía un faro que nos indicaba hacia dónde debíamos dirigirnos. Chilo y Mingo venían inmediatamente detrás de nosotros. Ya era prácticamente de noche, un resplandor rojo apenas asomaba sobre las copas de los árboles.
   Cuando llegué junto al sargento, alcancé a escuchar que le decía a Salinas:
   --¿Lo dejaron bien atado al Chueco?
   --Sí --le contestó el cabo--; pero sería mucha yeta que el Drankú se apareciera justo hoy, mi sargento.
   --Puede ser... Pero nunca se sabe --me miró--. ¿Listo, pibe?
   Me alcé de hombros y, en ese momento, en el otro extremo del cuadrado lo vi al Chino: estaba transpirado como si hubiese corrido toda la tarde; vestía nada más que el pantalón de tela dura y desteñida.
   Laino nos dijo que ése sería nuestro rincón y que pidiéramos lo que necesitásemos; Yona le dijo que con una toalla, una esponja y un balde de agua sería suficiente.
   --¿Y no van querer unos jarritos calientes? --agregó el sargento, guiñándonos un ojo.
   --Así estará bien, mi sargento --le contestó el irlandés, mientras me palmeaba la espalda.
   Laino no tuvo el tiempo necesario para disimular la sorpresa que el trato tan respetuoso de mi entrenador le produjera.
   --No te hagás el canchero, rata --el cabo no se dejó impresionar; pero la cara de desconcierto con que Yona lo mirara, me puso al borde de la duda.
   El resplandor rojo ya había muerto del todo, el reflector que estaba en el mangrullo dio de lleno en el cuadrado, Laino avanzó hasta quedar justo en el centro:
   --Hoy es una noche especial, así que a ver si no la malogramos, ¿eh? ¡Y se los digo a todos! ¡No me pongan de mal humor! Se vale cualquier cosa menos salir del cuadrado. Y que nadie se meta, porque lo mando a nadar a las letrinas.
   Miró hacia la esquina del Chino, y luego a la mía:
   --¿Están listos?
   Hasta mañana,

Hueso.

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038 - Bajé los puños y agaché la cabeza

--Ya lo creo que estamos listos; ¿no es cierto, Yona? --pero cuando miré hacia mi entrenador, no me estaba prestando atención: se había sentado detrás de mi esquina, con las piernas cruzadas, los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos--. Bien, pero bien listos... --murmuré para mí.
   El sargento salió del cuadrado, y sacudió sobre su cabeza una campana que le alcanzara el Escobas.
   El Chino Vega llegó, en dos saltos, hasta mi esquina; bajé la cabeza y corrí, semi-agachado, hasta la suya. El mestizo pegó un grito y el público fue una sola risa. Miré hacia el irlandés sólo para comprobar que continuaba sumido en su propio nirvana. Mi contrincante se me acercó, más despacio esta vez y subido a una sonrisa torcida. Mientras en mi cabeza resonaban los sones de una derrota dolorosa, como si una banda de música atronara el escenario, una avalancha de imágenes pasaba por entre bambalinas; de pronto, reconocí una de las figuras que bailaba dentro de una casa repleta de mujeres: era Yona. Esa función no duró, fue certeramente interrumpida por una piña del Chino; me dio en el costado izquierdo de la boca, enviándome contra la línea del cuadrado que estaba a mi derecha. No terminé de caer: los que estaban de ese lado, me barajaron en el aire y me lanzaron de regreso.
   Durante ese tránsito de ida y vuelta, relojeé al irlandés, comprobando que el golpe lo había devuelto, al menos por un instante, al corazón de la fiesta; regresó a la posición original y volvió a cerrar los ojos.
   Un segundo golpe de Vega me dio en la ceja derecha, haciéndome retroceder dos pasos. Fue en ese momento cuando me enojé; sabía que cada trompada que recibiera tendría su contraparte en Yona, y me pareció buena venganza; por otro lado, el mestizo me había hartado con esos gestos de triunfo hechos luego de cada golpe. Bajé los puños y agaché la cabeza, para esperarlo; cuando lo tuve a un paso, me tiré hacia adelante y comencé a golpearlo con las manos, y las rodillas, y hasta con los pies... Entre semejante caos, logré calzarle dos buenas patadas, casi tanto como las que tiraba Juanita, la mula de la Manzanares. La concurrencia tuvo un momento de sorpresa hasta que Laino gritó:
   --Eso, pibe; que no se le haga fácil.
   El Chino, si bien me había dado dos trompadas más, estaba frotándose la pierna con una mano, mientras que con la otra se apretaba el estómago; echaba chispas por los ojos. Pasaron cuatro, cinco, seis segundos... Y se me vino encima como si fuera un toro; al tanto de que pudiera hacerle una jugarreta como la de esa mañana, se frenó justo cuando me tiraba al piso; la patada que me lanzó me dio en medio del pecho, antes de que terminara de caer. Todos miraron hacia el irlandés: había pegado un alarido como si fuera un animal, y estaba en cuclillas, mirando hacia el Chino, en actitud de saltarle encima.
   Laino sacudió la campana.
   Hasta mañana,

Hueso.

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039 - Ése fue mi momento de gloria

Cuando llegué a mi esquina, el sargento ya estaba ahí:
   --Ustedes dos están más locos que cabras --miró hacia Yona, quien seguía agachado--. Juro que nunca vi cosa parecida... ¿Qué es? ¿Algún tipo de magia?
   --Algo así --murmuré.
   En ese momento, el irlandés se puso de pie: parecía estar volviendo del más allá.
   --Che, cabrón --le espetó Laino--; que no te pesque en ninguna boludez...
   Yona lo interrumpió:
   --Pero, mi sargento, ¿no dijo usted que valía todo?
   Laino arqueó las cejas para dejar después que una sonrisa le ganara; sacudió la cabeza, levantó la esponja, la hundió en el agua del balde y me la aplastó sobre la cabeza:
   --Me gustaría saber por qué no les doy unas patadas y los devuelvo al calabozo --sacudió de nuevo la cabeza.
   --La función debe continuar, mi sargento; los muchachos la están pasando muy bien... Mejor que bien: ésta es una fiesta como pocas que se hayan visto.
   --Vos, irlandés, parecés otra persona... Estás loco de remate, de eso no hay duda, pero no sos el mismo loco.
   --Es que unos diamantes producen maravillas --lo miró directo a la cara, hizo una mueca que no llegó a ser sonrisa y me señaló--. Y éste es mi diamante... En bruto, claro está; pero ya sabemos lo que pasa cuando se los pule.
   Laino arrugó la boca, tratando de entresacar de esas palabras el mensaje que parecían enredar. El resto del amable público estaba a los gritos, agolpado contra la esquina del mestizo; el Escobas, Chilo y el Lenguaraz en cambio no habían perdido una sola palabra.
   --¿Sigue la cosa o hay abandono? --gritó Salinas, mientras le alcanzaba un jarro a Vega--. Porque ya sabemos lo que les pasa a los que abandonan, ¿no? Letrinas o Drankú... Letrinas o Drankú... --comenzó a gritar; a lo cual, los presos y los milicos se fueron sumando hasta dar cuerpo a un coro de enardecidos borrachos.
   Laino alzó la campana, esperó que se hiciera silencio, y la sacudió. Esta vez, Yona no tuvo el mismo tiempo que antes para ingresar al trance; en cuanto a mí, una recién estrenada piña me dejó sentado a los pies de mi entrenador.
   --Un momento, Chino --ordenó el sargento--; por lo menos, dejálo llegar hasta el medio del cuadrado, así no se divierte nadie porque la joda se acaba pronto.
   Vega largó una carcajada, retrocedió hasta el medio, y gritó:
   --A ver si es capaz de llegar. --Levantó las manos y comenzó a canturrear, dando saltitos hacia la derecha y la izquierda:-- Letrinas o Drankú... Letrinas o Drankú... --Como era de esperarse, la concurrencia se le plegó por entero.
   Yona me ayudó a levantarme mientras me decía al oído:
   --Vamos bien, muchacho; vamos bien, Fuego --y me dio un empujón.
   El Chino me esperó con los puños hacia adelante, pero esta vez, no esperé a que fuera él quien arremetiera: me arrojé medio de costado contra sus pies, y sentí cómo me pasaba por arriba, cayendo de bruces. Me levanté lo más rápido que pude y le salté encima: fue mi momento de gloria; el Lenguaraz, Chilo, el Escobas y Laino lanzaron algunos vítores, contagiando a quienes tenían cerca. Era verdad, ése fue mi momento de gloria; de ahí en adelante, la cuesta no tenía otro remedio que bajar.
   Hasta mañana,

Hueso.

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040 - Un poco para mi bien y otro poco para mi mal

Mientras el mestizo se levantaba, le tiré una trompada de ésas a las que quienes trabajan en el puerto les dicen "gancho". Ahí fue cuando tuve la revelación de que pelear no era mi fuerte: mi puño pasó por el costado de su cabeza, apenas rozándole la oreja; no fue que se hubiese corrido ni nada: simplemente, le había marrado. En un gesto involuntario, miré hacia Yona, y comprobé que estaba otra vez en trance. Me pregunté si habría tenido que ver con el papelón que terminaba de hacer, pero la patada que me pegara el Chino me sacó de esos pensamientos y también, casi, del cuadrado.
   Una vez más, mi oponente me esperó dando saltitos y cantando el consabido estribillo; curiosamente, en esta oportunidad, algunos no se le unieron. Entre las lágrimas, alcancé a ver que el irlandés abría un ojo; cuando volví a mirar hacia Vega, no pude creer lo que vi: tenía la cara de Yona.
   --Vamos, pibe; que no es un fantasma --me gritó Laino; y fue como si me hubiese puesto un espejo delante de la cara.
   Mi enojo creció. Fuera el Chino o fuera mi entrenador, le iba a dar con todo lo que me quedara de fuerza.
   No los voy a aburrir con los detalles de las rondas que siguieron; era evidente que estaba perdiendo, pero también que nadie esperaba verme durar tanto. Después del último golpe, escuché cómo Salinas contaba a los gritos hasta decir "fuera". No sé quiénes me levantaron y me sacaron del cuadrado, ni quién me pasaba la esponja una y otra vez por la cara y el pecho, aunque creo que debió de ser Yona. Alguien trajo una silla del despacho del capitán y me sentaron entre dos. Ya para ese momento, mi lucidez estaba regresando, un poco para mi bien y otro poco para mi mal, puesto que los lugares lastimados comenzaron a enviarme sus señales.
   Inesperadamente, la algarabía cesó. Al levantar la vista, me encontré con el mestizo parado delante de mí.
   --¡De pie! --me ordenó--. ¡Arriba!
   --Basta... No quiero más... Prefiero las letrinas... --No creo que nadie hubiese podido escuchar ese balbuceo; ni siquiera estoy seguro de que las palabras abandonaran mi mente para salir por mi boca.
   --¡Párenlo! --insistió Vega--. ¡Ayúdenlo a pararse!
   Chilo y el Lenguaraz me agarraron de los sobacos y me levantaron. El mentón del mestizo quedó a la altura de mi frente. Sin más aviso, pasó los brazos por detrás de mi espalda, me abrazó fuerte y me alzó. Pensé que ahí se terminaba todo.
   --Bravo, pendejo --comenzó a gritar--. Suelo o no suelo, o como quiera que te llamés, sos un cabrón de las mil putas. ¡Qué manera de dar  patadas! Así sí que vale la pena perder una pelea. Ya quisiera yo perder una de este modo.
   Hasta mañana,

Hueso.


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© Hueso Randall Quinn, 2000

Mensajes a Hueso

Actualizado en diciembre de 2000.