Las
crónicas de Hueso
Mensajes
del 041 al 050
041 - Me caí de culo sin remedio
Mi derrota, dejando los golpes de lado,
parecía haber transformado la fiesta en una orgía de risas
y gritos.
--Paren --Salinas estaba
en medio del cuadrado--; paren un poco, carajo... --todos lo miraron, expectantes--.
Como nadie debería quedarse sin probar de este pastel y si mi sargento
no se opone, podríamos hacer una de éstas cada semana.
Laino asintió, mientras
prendía uno de sus toscanos.
--Entonces --prosiguió
el cabo--; yo desafío a Suelo para la próxima.
Lo primero fue como si una
sombra cruzara sobre la prisión; después, algunos se codearon;
finalmente, atraje los ojos como un imán implacable.
Yona se adelantó:
--En nombre de mi pupilo,
acepto el desafío.
Cuando el Chino me soltó
para unirse a los aplausos, me caí de culo sin remedio.
Al día siguiente, luego de pasar
la noche en la enfermería, salí al playón. Me di cuenta
de que ya era mediodía porque todos estaban comiendo. A la sombra
de la empalizada, estaba el irlandés acompañado del Lenguaraz,
Chilo, el Escobas, Mingo y Vega; se levantó y vino hacia mí
con los brazos extendidos:
--¡Qué triunfo,
pibe! --largó una carcajada--. Quiero decir: ¡qué derrota!
Nadie se la va a olvidar. Una derrota de oro puro.
--Seguro que nadie se la
va a olvidar --le respondí--; yo menos que ninguno.
--¿Estás listo,
entonces?
--De lo de la semana que
viene, vamos a tener que charlar un poquito --le puse las manos en el cuello
y ya estaba apretando cuando otra carcajada me interrumpió.
--Esa pelea es lo de menos
--aseguró--; me refería a escapar... ¿Estás
listo para la fuga?
En ese momento, miré
hacia quienes estuvieran sentados con Yona y me asustó lo que supuse.
--El sargento tiene razón;
en todo, tiene razón. De tu locura, ni hablar; de ésos que
te acompañan, ¿para qué? Pero más que nada,
me está dando pánico lo que te creo capaz de hacer.
--Y por casa, ¿cómo
andamos?
--¿Vos te olvidás
de la paliza que me dieron ayer?
La mueca en su cara me recordó
nuestra simbiosis. Se levantó un poco la camisa y me mostró
un tremendo moretón, a la altura de las costillas más bajas.
No me hizo falta levantar la mía para constatar que tenía
uno igual. Sí me extrañó que su cara no tuviera las
mismas marcas que yo.
--Es que con la cabeza pasa
distinto --me dijo, como respondiendo a mis pensamientos--; por eso, es
importante estar concentrado.
Echó un vistazo hacia
sus circunstanciales camaradas, y prosiguió:
--¿Qué te parece?
¿Hay tela o no hay tela?
Hasta mañana,
Hueso.
=
042 - Cada quien tiene que hacer su parte
del trabajo
Los días fueron pasando; la popularidad
obtenida entre los presos contrastaba de manera inquietante contra la mostrada
por los milicos; Yona llevaba esta situación muy bien y, con la
excusa del entrenamiento, lograba que nuestras tardes transcurrieran lejos
de las tareas de rutina.
Hablábamos muy poco
de lo que más me interesaba; nuestras charlas se centraban en cómo
esquivar golpes y darlos del modo más doloroso. Para nuestra suerte,
nos habían colgado una bolsa de arena dentro del tinglado, lo cual
nos permitía no tener que lastimarnos mutuamente. Por las noches,
estaba tan extenuado que me dormía sin abrir la boca.
Curiosamente, quienes compartieran
el almuerzo con el irlandés al día siguiente de la pelea,
ni se nos acercaban. Esto, sin embargo, no nos impidió notar que
nos miraban de reojo cada vez que podían.
Finalmente, la tarde anterior
a la pelea contra Salinas, Yona llegó al tinglado y se sentó,
sobre la mesa del carpintero, sin darme las acostumbradas indicaciones.
Estuvo así un largo
rato; yo, incómodo y cansado, tanto por el ejercicio de golpear
contrincantes imaginarios como por sus respuestas ambiguas, hice un alto,
abrazado a la bolsa:
--Che; Yona --lo increpé--.
¿Pasa algo malo?
Volviendo de sus pensamientos,
me respondió:
--Hace tanto que espero esta
oportunidad que me cuesta creer que haya llegado.
Comprendí que se refería
a la fuga; sin embargo, como no habíamos vuelto sobre ese tema,
deduje que el plan se estaba armando sin mi participación:
--Cuando quieras mi opinión...
Ya sabés... Además de recibir golpes, soy feliz poseedor
de algunas neuronas --este último pensamiento me hizo temblar--.
Convendría que las aproveches ahora, mientras no comiencen a destilar
puré en vez de ideas.
--En estas cosas, cada quien
tiene que hacer su parte del trabajo --se rascó la cabeza--. Y cuanto
menos sepan unos de las tareas de los otros, mejor para el resultado final.
--O sea que vos sos el jefe.
--Alguien tiene que ser "el
jefe" --remarcó estas palabras, sin que pudiera precisar su exacta
intención--. Vos sos muy pendejo, ninguno de ésos te daría
bola... Y supongo que no vas a proponer que el plan provenga de alguno
de ellos, ¿eh?
--Ni siquiera sabía
que hubiera un plan --solté la bolsa y fui a sentarme junto a él;
ya casi parecía que estábamos charlando y debo admitir que
extrañaba esos momentos.
--Siempre hay un plan; lo
que hay que saber es cómo ponerlo en palabras que los interesados
comprendan y acepten.
--O sea que no solamente
tenemos un plan, sino también complotados --me golpeé los
muslos con los puños--. Y digo yo, ¿serán los mismos
que me supongo?
--Seguramente... Aunque siempre
conviene tener algunas barajas en la manga.
Estiré los brazos
hacia arriba y luego hacia adelante:
--Espero que no se te haya
escapado que las camisas que nos dieron son de mangas cortas, ¿eh?
Hasta mañana,
Hueso.
=
043 - ¿Un plan perfecto?...
Una vez más, la prisión era
una fiesta; faltaba una hora para la pelea y estábamos en la cocina.
Chilo llenaba jarros de ginebra uno tras otro, Mingo los repartía
entre quienes nos acompañaban: el Lenguaraz, Vega y el Escobas;
el irlandés y yo tomábamos agua apenas fría.
--Parece que llegó
el momento --dijo el Lenguaraz, alzando su jarro y guiñándole
un ojo a Yona.
Viéndonos desde afuera,
cualquiera habría supuesto que se refería a la pelea, pero
ese guiño me puso sobre aviso: nos íbamos a fugar. Llevé
a mi entrenador hacia un costado y le dije:
--Esto es descabellado; si
nos vamos antes de la pelea, nos van a perseguir hasta los presos. Y si
nos vamos después, vos y yo estaremos hechos unos trapos de piso.
¿Tenés algún poder mágico del cual deberías
informarme?
--Escucháme bien --me
pasó el brazo por detrás de los hombros y me acercó
para poder hablarme al oído--; cuando la pelea termine, esperamos
hasta que estén bien borrachos... ¿Entendés?
No pude evitar que se me
escapara una carcajada:
--Sí; claro que van
a estar borrachos, y éstos que están acá más
que nadie.
Yona los observó,
luego me miró a los ojos, volvió a observarlos, y finalmente
sonrió:
--Nunca dije que no habría
riesgos; además, ningún plan es perfecto.
Miré hacia la concurrencia,
imitando malamente el modo como lo hiciera el irlandés, para después
decirle:
--¿Riesgos?... Seguro,
sí; seguro... ¿Un plan perfecto?... No; claro que no... Pero
esto no es un plan, esto es ir de cabeza al matadero.
Mi amigo achicó los
ojos y me replicó:
--Decíme, Fuego; ¿qué
tenemos que perder?
--Bueno; eso depende de en
cuánto valores tu vida... Pero además, decíme; ¿qué
mierda tiene que hacer Chilo con nosotros? Él no está preso,
se puede ir cuando quiera... --de improviso, comprendí--. ¿Qué
le prometiste?
--Este grupo selecto --sonrió
de costado-- tiene sus recursos; me refiero a que *cada quien* tiene sus
recursos. Por ahí afuera, hay muchos tesoros esperando que su dueño
los vaya a rescatar. Es cierto que Chilo no está preso, pero también
que está repodrido de laburar en la cocina; lo que él quiere
es pintar...
Una nueva carcajada saltó
desde mi garganta y me cepilló la muelas:
--¿Pintor? ¿El
cocinero es pintor?
--Sí; y Mingo es músico.
Tuve que apoyarme contra
la pared para no caerme de la risa. Yona siguió, haciendo un esfuerzo
por no tentarse, para que los demás no se dieran cuenta, y para
que su plan no continuara pareciendo un carnaval:
--Cada uno de nosotros es
un pieza de relojería...
--¿Acá está
el Lenguaraz? --gritó un milico, desde la puerta.
--Sí --le respondió
el buscado.
--Afuera, vamos; Carrá
está que vuela de fiebre y adelantamos tu turno; tenés que
hacer de cebo.
Hasta mañana,
Hueso.
=
044 - El bicho ése se nos va a venir
encima
--Pará, pará... --dijo el
Lenguaraz, tomado por sorpresa--. Pará, Weich...
--Explorador Weich --el milico
miró para todas partes y se puso colorado--; a guardar las distancias,
recluso.
El Lenguaraz avanzó
hasta el medio de la cocina:
--Hoy le toca a Carrá,
mi turno es mañana.
--¿No escuchaste,
papanatas? Carrá está delirando en la enfermería...
¿O te me estás haciendo el canchero?
--No me importa si está
moribundo; ¿o acaso hay que ser un profesional para estar atado
a una estaca durante toda la noche?
Yona estuvo a punto de intervenir,
pero al ver que el milico sacaba la pistola y apuntaba hacia su cómplice,
se contuvo. El Lenguaraz nos miró a todos en una suerte de último
gesto en busca de ayuda, pero agachó la cabeza, y se fue con Weich.
Pasado el estupor, Chilo
dejó la botella que tenía en la mano sobre la mesa, y casi
se atraganta al querer tomarse un jarro de ginebra de una sola vez. Mingo
le golpeó la espalda, diciéndole que mirara para arriba.
Vega se quedó observándonos al irlandés y a mí,
hasta que por fin dijo:
--¿Qué hacemos,
Yona? ¿Nos podemos ir sin él?
Era la primera vez que escuchaba
hablar de la fuga, abiertamente. El irlandés se apuró a calmar
los ánimos:
--No hay problema, no hay
problema --y me señaló--; cuando terminemos con nuestra parte
del trabajo, vamos y lo soltamos.
--¿Y el Drankú?
--preguntó el Escobas--. El bicho ése se nos va a venir encima
por desafiarlo.
--Puede ser --le respondió
Yona--; pero va a ser mejor que nos ocupemos de una cosa a la vez.
Yo presenciaba toda la escena
invadido de asombro; por un lado, esas supersticiones no nos convenían
para nada, el Drankú, fuera lo que fuese, no nos iba a perseguir
para saciar alguna inexplicable venganza, pero por el otro, si de verdad
había un bicho monstruoso por allí afuera, íbamos
a estar en peligro de todos modos.
--Bueno, bueno --exclamó
Yona, aplaudiendo dos veces--; todo sigue tal cual lo planeamos, salvo
desatar al Lenguaraz antes de salir.
Vega estaba por alzar su
jarro para un brindis cuando apareció Salinas:
--Ya va siendo hora, Suelo...
¿Y vos, irlandés? ¿Venís a ver cómo
lo amaso un poquito o te quedás a seguir con esta reunión
de maricas?
Nadie dijo nada, pero una
onda de presión circuló por la cocina; el Escobas se me acercó
para decirme:
--Ya sé que no sería
necesario, pero ¿por qué no tratás de transformarlo
en churrasco tierno? --sonrió con tristeza--. Una cosa u otra no
daría igual, ¿sabés?
--Sí --le contesté--;
ya sé que no sería lo mismo. No te preocupés, Escobas;
no te preocupés.
Hasta mañana,
Hueso.
=
045 - Como si yo ya no le importara
Tal como supuse, la pelea parecía
un calco de la anterior; el cabo me estaba dando una paliza mientras el
irlandés soñaba en mi rincón. Cada tanto, lograba
calzarle alguna patada, pero el que mis pensamientos no estuvieran del
todo en el combate reducía mis posibilidades; para colmo, Salinas
era un animal inspirado. Durante cada descanso, Yona me daba agua, tratando
de impedir que me ahogara.
--¿Ésta es
la oreja del balazo? --me preguntó de pronto.
--Sí --alcancé
a balbucear.
--Usála --Fuego--;
usála que tenemos que durar hasta el final.
Laino hizo sonar la campana
y no tuve tiempo de pedirle al irlandés que me explicara; mientras
me acercaba al medio del cuadrado, me sonreí: "Como si alguna vez
este maldito me hubiese dado explicaciones claras", pensé.
Sin embargo, noté
que la situación cambiaba: los cantos y los gritos estaban amainando.
Vi venir una trompada del cabo y, al revés que previamente, tuve
todo el tiempo del mundo para esquivarla; Salinas giró sobre sí
mismo, debido al impulso que traía, y se cayó. Me di vuelta
y vi a Yona parado y sonriente; ya no estaba en trance. Se abrazó
al Escobas y empezó a saltar en silencio... "En silencio", pensé;
"¿por qué están todos tan callados?"
Entretanto, el cabo se había
incorporado y me estaba pegando en los riñones; lo senté
de un codazo. La concurrencia saltaba y agitaba los brazos, pero ese silencio
me sacaba de toda lógica. Salinas se estaba levantando una vez más,
"¿por qué lo hace tan lentamente?"...
De pronto, se alejó
hacia su esquina, como si yo ya no le importara. Estuve a punto de ir tras
él, pero Yona me sujetó, tironeándome hacia atrás.
Fue ahí cuando todos miraron hacia la empalizada y escuché
un grito:
--Socorro, carajo; vengan
a ayudarme, hijos de las mil y una putas... El Drankú... El Drankú...
--era la voz del Lenguaraz.
--¡Mierda! --exclamó
Laino--. Dejamos las escopetas adentro.
Y así era. Como milicos
y presos iban a estar mezclados, el sargento había dado la orden
de no llevar las armas largas, solamente las pistolas y bien aseguradas
a las cartucheras.
--No importa --gritó--;
con las pistolas, vamos.
Los presos ya estaban corriendo
hacia los calabozos cuando sentimos el primer temblor: habría jurado
que la tierra se levantó medio metro para volver después
a su nivel normal. En ese instante, me di cuenta de que el Escobas, Chilo,
Vega, Mingo y Yona no habían corrido, estaban detrás de mi
esquina, mirándose entre sí y hacia el portón de entrada.
--Es nuestra oportunidad
--dijo Vega--, la salida está libre.
--Vamos; busquen las cosas
--ordenó el irlandés; y acto seguido los otros cuatro se
lanzaron hacia la cocina; fue aquí cuando aconteció el segundo
temblor.
Desde el rincón norte
de la empalizada, llegaban gritos y el ruido de los disparos.
--No lo podemos dejar --le
grité a Yona.
--Mirá que te vas
a arrepentir... --me respondió, canturreando.
--Andá a cagar --le
grité, y corrí hacia el mismo centro del despelote.
Hasta mañana,
Hueso.
=
046 - Así como cayera, desmayado
o muerto
El rincón norte de la empalizada
era un aquelarre: los milicos corrían a los gritos de un lado para
el otro, mirando hacia la parte superior de la barrera de defensa y a los
tiros. El Lenguaraz tironeaba desesperadamente de la cadena que lo sujetaba
a una estaca; corrí hasta su lado.
--Vamos, Suelo --me suplicó,
jadeante--; entre los dos.
Me uní a él
para dar unos tirones, pero no hubo caso. El suelo se elevó nuevamente
y una sombra se alzó sobre la empalizada, el tiroteo recrudeció.
Un milico salió despedido por los aires para caer casi encima nuestro:
era Weich; así como cayera, desmayado o muerto, tenía una
ridícula sonrisa estampada en la cara y seguía apretando
la pistola. El Lenguaraz se la quitó, doblando con esfuerzo sus
dedos uno a uno, y disparó contra la cadena. Al tercer tiro, uno
de los eslabones se quebró. Levantó el segmento que todavía
estaba unido a su tobillo y salió corriendo hacia el playón.
En el momento de seguirlo, me pareció notar que Laino nos observaba;
enseguida, creí haberme equivocado puesto que no hizo el menor intento
por perseguirnos. La sombra volvió a alzarse sobre la empalizada
y tres milicos volaron igual que lo hiciera Weich.
Al llegar junto al mástil,
Yona estaba aún en el portón; habían logrado abrirlo
y el resto ya estaba afuera, seguramente corriendo para alejarse lo más
posible.
--Apúrense --nos gritó--;
todavía tenemos un buen rato hasta que se les dé por rastrearnos.
El suelo se levantó,
haciéndonos caer; fue la última vez por esa noche. Después
de ponernos de pie, corrimos hacia la selva sin mirar para atrás.
Al amanecer, llegamos hasta las ruinas
de lo que alguna vez fuera un afincamiento religioso.
--Vamos a tener que parar
a descansar --dijo Yona.
--Estás cagando ideas
--le replicó Chilo--; nos van a encontrar y devolvernos a la Plaza.
--No si lo hacemos bien --Yona
sonrió--; ¿no es cierto, Vega?
--Mirá --intervino
el Escobas--; si saben de este sitio, será el primero que revisen.
Vega lo palmeó en
el hombro:
--Hay cuarenta y tres lugares
como éste cerca de la prisión --explicó--; y ponéle
que justo se les diera por venir para acá... ¿No te pensarás
que nos vamos a tirar a dormir en alguno de estos edificios destartalados,
no?
Nadie tuvo la necesidad de
preguntar dónde descansaríamos: el mestizo tenía el
brazo extendido, señalando hacia unos árboles que estaban
a nuestra izquierda.
El irlandés agregó,
casi riéndose:
--Si los monos pueden...
Hasta mañana,
Hueso.
=
047 - Me importaba más de lo que
creyera
Yona disfrutaba de nuestra fuga como si
lanzarse a la aventura fuese lo único importante. En cuanto al resto,
se notaba que esa clase de peripecias no les era ajena; tenían miedo
y ello los mantenía en guardia, pero no me hubiese sido posible
imaginarlos en otro tipo de situaciones.
Ayudado por una piedra y
un cincel, seguramente sustraído de entre las herramientas del carpintero,
Vega liberó el tobillo del Lenguaraz; ahora le sería más
fácil trepar.
Chilo sacó unas cuerdas
de su bolsa y las repartió.
--Conviene sujetarse --explicó
el mestizo--, por si acaso alguno creyera que está durmiendo en
su camastro.
--Y que lo digas, colega
--exclamó Mingo.
--¿Nadie se va a quedar
de guardia? --preguntó el Escobas.
--Yo --me ofrecí,
rápidamente.
Me miraron con sorpresa;
al parecer, no terminaban de convencerse de mis habilidades, ni siquiera
después de esas dos malditas peleas.
--Como las vigilias hay que
hacerlas de a pares --intervino el irlandés--, ¿quién
más indicado que yo para acompañar a mi pupilo? --remarcó
de una manera muy especial las dos últimas palabras, fue como si
estuviera dando una advertencia--. De todos modos, me parece que lo mejor
va a ser vigilar desde arriba... Turnos de dos horas y, después,
a seguir; ¿todos de acuerdo?
Nadie hizo ninguna objeción;
por el contrario, hubo algunas bromas, dichas entre dientes, que no llegué
a escuchar completas.
Arriba, el aire era más
húmedo y los troncos estaban invadidos por toda clase de bichos;
en la prisión, también los había, pero éstos
parecían mucho más activos y fuertes. Yona se acomodó
justo en el ángulo formado por dos ramas; lo imité un par
de metros más abajo y me puse a ver de qué modo podía
sujetarme con la soga.
--Nada de eso --me indicó
el irlandés.
--Pero... ¿Vega no
dijo que...?
--Eso es para los que van
a dormir, pero vos y yo no estamos para ese lujo...
--Mirá, viejo --lo
interrumpí--; si nos llegamos a resbalar o si se nos cerraran los
ojos sin querer...
Acá fue él
quien me interrumpió:
--Veo que vas entendiendo...
Estar sin nada que nos sujete será un perfecto incentivo para que
eso no nos pase --fijó la mirada en la dirección desde la
que llegáramos, y cerró la boca.
Recién entonces, me
di cuenta fehacientemente de que, si bien estaba cansado, no tenía
sueño, y me maldije por haberme puesto en ridículo. Al momento,
me maldije nuevamente tras comprobar que lo que Yona pensara de mí
me importaba más de lo que creyera hasta ese breve diálogo.
El sol en pleno no era capaz de atravesar el follaje, pero la humedad absorbía
su calor de contrabando. Debajo de nosotros y hacia adelante, los techos
de las ruinas ardían repletos de alimañas. "¿Hacia
dónde tendrá planeado ir?", pensé, sin poder evitar
el recuerdo de la Paloma.
Hasta mañana,
Hueso.
=
048 - Ese modo que tenía de decir
sin decir
Vega y el Escobas regresaron cargando dos
tortugas grandes como nunca viera en mi vida; Chilo y Mingo ya tenían
preparado un fuego, dentro de lo que parecía haber sido una sacristía;
desde donde estaba, no podía ver ni al Lenguaraz ni a Yona.
--¿Y esto cómo
mierda se cocina, negro? --exclamó Chilo.
--¡Mestizo; revuelvesopas!
Mestizo... --le aclaró Vega, al tiempo que tiraba una de las tortugas
a los pies del cocinero... O pintor, si es que fuera a tener que hacerle
caso al irlandés.
Chilo se puso las manos a
la cintura, y se rió:
--Vení, Escobas; tirá
nomás la tuya también. Total: el fuego mata todo.
El Escobas se descargó
del peso de su animal y lo acompañó en las risas.
--¿Alguno miró
ya esos dibujos? --era el Lenguaraz, quien llegaba desde el costado oeste
de las ruinas.
--Mierda... --escuché
a mis espaldas; era Yona.
--¿A quién
le pueden importar unos dibujos viejos? --exclamó Vega.
--Ojo, mestizo --le replicó
Chilo--; que lo viejo no está obligado a ser basura. Yo aprendí
mucho de mirar pinturas que ya nadie recuerda quién las pintó.
--Sí, sí --continuó
el Lenguaraz--; pero ¿las vieron o no las vieron?
--A ver; mostrámelas
--le pidió Chilo.
El resto se desentendió
por medio de distintas muecas y movimientos de hombros. Yona los siguió
sin mostrar demasiado interés; y yo, un poco más atrás.
Uno a uno fueron desapareciendo
de mi vista al doblar detrás de una pared que todavía se
conservaba entera; antes de que pudiera verlos de nuevo, Chilo gritó:
--Ah, no... ¿No me
vas a decir que están en el camposanto?
Al pasar la pared, reparé
primero en el Lenguaraz, quien señalaba hacia una construcción
mejor conservada que las otras, estaba cruzando un terreno repleto de cruces,
algunas torcidas y otras tiradas en desorden:
--No, gil; ¿te pensás
que van a estar dibujados en el suelo? Es allá.
--Mierda... --el irlandés
repitió esta palabra de manera idéntica a la vez anterior.
Como se detuvo, llegué hasta él.
--¿Algún problema?
--le pregunté.
No me habló, pero
su cara, sin ser extremadamente explícita, me pareció más
cerca del desastre que de la gloria.
--Vamos --me dijo, finalmente--;
no vaya a ser cosa que estos pelotudos comiencen a tener ideas... Porque,
ya sabemos, las ideas de los pelotudos son ideas pelotudas.
No lo seguí de inmediato;
lo que terminaba de decirme era tan ridículo como resbaloso, podía
querer significar cualquier cosa, y entre tantas posibilidades, alguna
podía ser importante. No había caso: ese modo que tenía
de decir sin decir, o de hablar a medias, o de contestar preguntas diferentes
de las que le hacía, me molestaba por un lado, pero por otro me
provocaba la necesidad de escuchar más.
Yona se quedó parado
a la puerta de ese recinto; al llegar yo, escuché exclamar a Chilo:
--Estos padrecitos sí
que se las sabían todas. ¡Mi madre; qué colección!
Hasta mañana,
Hueso.
=
049 - Una brasa encendida en los mocasines
El lugar era más grande de lo que
me había parecido desde afuera; el techo estaba construido a la
manera de una pirámide de seis caras; en cada una de ellas, un hueco
permitía el paso de la luz, eran túneles de unos cincuenta
centímetros de largo y unos quince de diámetro, la cambiante
posición del sol se iba sirviendo de ellos alternativamente; a los
efectos de canalizar el agua de la lluvia, una cornisa se extendía
recorriendo todo el perímetro superior de las paredes, para dejarla
caer en un recipiente que estaba justo sobre el altar.
Primero pensé que
se trataba de una capilla donde hacer oración en solitario, pero
al ver los ataúdes que nos flaqueaban, cambié de idea rápidamente:
era un mausoleo. A Chilo y al Lenguaraz no les importó lo que fuera,
ambos estaban mirando los dibujos, con las narices casi pegadas a la pared
y siguiendo sus contornos con los dedos:
--¡Qué hijos
de puta! --evaluó el cocinero--. Esto está muy bien hecho...
Los detalles... Mirá el pelo de esta mina.
--¿El de arriba o
el de abajo? --preguntó el Lenguaraz, en medio de una risa gangosa.
Chilo se rió también,
pero no perdió su intención:
--Dale, Lengua; cualquiera
--dijo, mirándonos a Yona y a mí--. Se percibe la paciencia
con que colocaron cada trazo. Y además, fijensé: antes de
pasar la pintura, hicieron un tallado en cada piedra... ¿Lo habrán
hecho antes o después de levantar las paredes?
--Después --afirmó
Yona, por lo bajo.
--¿Cuántos
dirías que hay? --preguntó el Lenguaraz.
--¿Dibujos? --dudó
Chilo.
--No, mi viejo; hombres por
cada grupo de minas.
--Va cambiando... Mirá;
acá hay ocho y en éste hay nueve... No, diez: hay una medio
tapada que le está... ¡Qué lo parió! ¿Le
estará chupando el culo?
--Bueno, ¡basta! --los
interrumpió el irlandés--. ¿No se dan cuenta de que
éste lugar es sagrado? ¿Están buscando que les caiga
encima una maldición?
Me extrañó
que Yona hablara tan seriamente de maldiciones, no encajaba con su estilo;
pero al ver la reacción de los otros dos, me imaginé que
lo había hecho a propósito. Lo que dijo seguidamente me lo
confirmó:
--Éste podría
ser el santuario del Drankú.
Fue como si les hubiese puesto
una brasa encendida en los mocasines; nos hicimos a un lado para que pasaran
entre nosotros, y desaparecieron.
Yona me miró, alzando
los brazos en gesto de "qué se le va a hacer", y se acercó
a la pared para mirar las pinturas. Al igual que los recién ahuyentados,
pasaba los dedos por los bajorrelieves, pero a diferencia de ellos, el
movimiento no semejaba un hurgar, sino una caricia.
--¿Ya habías
venido a mirar estos dibujos? --le pregunté.
--No --me respondió,
sin dejar de observarlos.
Fue pasando de una pared
a la siguiente, miraba de cerca y después dando unos pasos hacia
atrás, señalaba uno, se ponía la otra mano sobre la
cabeza... Parecía estar llevando adelante una conversación
consigo mismo, o con alguien que yo no podía ver. Por fin, me miró
y, como si hubiésemos estada hablando todo ese tiempo, me dijo:
--Éstos no; pero los
conozco muy bien.
Hasta mañana,
Hueso.
=
050 - En un punto suspendido en el aire
Me quedé durante un buen rato pensando
en si hacerle o no más preguntas acerca de las pinturas; si bien
ese hombre seguía siendo opaco a mis miradas, una sensación,
que pasaba como si fuese una ola por mis tripas, me empujaba a dejar que
hablara cuando quisiera. También, ayudado por otra clase de intuición,
la que cruzaba como un dedo entre mis pensamientos, supe que había
más de un camino para hacer que confiara en mí.
--Eso que dijiste del Drankú,
¿lo pensás de verdad?
--Todo es posible, pibe;
nadie sabe de dónde vino ni qué pretende. Además --me
miró con ojos tristes--, en algún lugar debe vivir, ¿no?
--¿Llegaste a verlo
bien, anoche?
--Estaba más preocupado
por ver que salieras. ¿Y vos?
--Era una sombra... Pudo
haber tenido cualquier forma... Y de lo del piso, ¿qué pensás?
--Si era una sombra, ¿por
qué no creer que una parte del Drankú estaba bajo tierra?
--No parecés tenerle
miedo.
--Ah... El miedo --señaló
una de las pinturas--. Mirá acá. ¿Cómo dirías
que se siente este muchacho?
Apuntaba hacia otro de los
grupos de mujeres que rodeaban a un hombre; éste tenía los
ojos muy abiertos, redondos y fijos en un punto suspendido en el aire.
Las mujeres tenían los brazos estirados hacia él; sus manos
terminaban en uñas exageradamente largas. Reparé en la que
asomaba la cabeza por sobre el hombro del varón: primero me pareció
ver que tenía los labios mal definidos e hinchados, pero no demoré
en comprender que su boca estaba ensangrentada. La señalé:
--¿Vos creés
que ésta de acá lo mordió?
--El muchacho no parece estarla
pasando muy bien que digamos; estas otras parecen a punto de arañarlo,
o peor aún: desgarrarlo, ¿no?
--¿Y cuál podrá
ser la conexión con las demás pinturas? En las otras, los
varones parecen estar muy a su placer... --algo me interrumpió;
fue como un golpe en mis pensamientos, un golpe blando, como si hubiese
sido descargado por una mano enguantada en hule esponjoso--. ¿Y
si fueran parte de una serie? ¿Y si se tratara siempre del mismo
hombre?
Yona no me miró, pero
adiviné una sonrisa tan claramente como si se hubiese reflejado
en la pared:
--La cantidad de mujeres
no es siempre la misma...
--¿Qué tiene
que ver? --lo interrumpí--. Pudieran estar llegando más,
o las que ya estaban tener que retirarse a buscar alguna cosa o a vigilar
que nadie los interrumpiera... También pudieran ser distintas mujeres
para cada cuadro.
El irlandés me miró,
sus ojos seguían tristes y no sonreía:
--Pudiera ser.
Hasta mañana,
Hueso.
A los siguientes
diez mensajes --cuando lleguen
Actualizado en diciembre de 2000.
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