Nostromo Editores

Walter Iannelli

Alguien está esperando


El Ángel

No lo vi llegar. Tenía mucho trabajo atrasado y sólo reparé en él cuando subí la vista porque algo pequeño, insignificante me había golpeado en la frente.

El pibe estaba sentado a mi escritorio mordiéndose bobamente el labio inferior. Imaginé que también balanceaba las piernas, por el leve vaivén que llevaba al cuerpito hacia atrás y hacia adelante. Tendría unos ocho años. Entre las carpetas desordenadas encontré la prueba del delito. Una bolita de papel idéntica a la que el nene estaba amasando sobre el borde del escritorio.

Erguí la cabeza y lo apunté con el mentón, suponiendo que, a diferencia de fuerzas, esta prueba de superioridad siempre daba buen resultado. El se mantuvo imperturbable. De momento me extrañó esa mirada desprovista del desafío impune del débil. Me distraje un rato clasificando sus ojos castaños, grandes y pacientes como los de una vaca.

¿Quién es tu papá? le pregunté conciliador.

Ni jota.

Enseguida sonó el teléfono y me paré para contestar. Era Chaves, del segundo piso, apurándome con el laburo.

Cuando volví el pibe estaba garrapateando unos dibujos en mi carpeta. Se la arranqué de las manos y estuve a punto de cascarlo, pero una rápida iluminación me puso en caja. "¿Y si el pendejo es hijo de alguno de los gerentes?" me dije. "La empresa es grande y no hay que arriesgarse por una tontería". Insistí con el mentón hacia arriba pero esta vez afieré el gesto y abrí bien los ojos buscando contundencia. El chico siguió ahí sin pestañear. Entonces decidí no prestarle mas atención.

A la una fui hasta la cocina a buscar el sándwich que tenía en la heladera. El pibe me siguió de ida y vuelta como si nos uniera un cordón invisible. Y como se las había ingeniado para joderme toda la mañana opté por no convidarle. Mordí el sándwich. Habría sido un gesto cortés compartirlo con él, pero llegué a la conclusión de que no era un niño necesitado y que el padre o la madre lo habían largado a su buenaventura para que no los jorobase. Que se embrome me dije, convencido de mi actitud. Y seguí masticando.

A las dos de la tarde una patada en la pierna izquierda me hizo pegar un salto. El golpe había sido fuerte, prolijo. Intencional. Cerqué con movimientos de ogro el escritorio hasta situarme detrás de la silla del chico. Esperé en vano que encogiera los hombros, que acusara miedo. Desde arriba su cabeza era redonda, y el cuerpo menudo y más flaco de lo que me había parecido. Le di tiempo para correr, pero ni se movió. Volví a mi silla.

A las tres menos cuarto de la tarde empezó a hacer avioncitos con las órdenes de compra. Miré hacia los escritorios vecinos pidiendo ayuda pero solamente Asad, el tesorero, contestó mi súplica encogiendo los hombros.

A las tres y quince volcó mi vaso de agua sobre el escritorio. Carajeé. Pero no pude seguir. Los ojos de vaca seguían mirándome, abiertos, sin permitirse expresión alguna. Empecé a pensar acerca de la posibilidad de que el chico no estuviera bien de la cabeza. Formulé algunos rudimentarios cálculos en una hoja y se la extendí. El pibe miró el papel y por primera vez hizo un gesto: sonrió. Maldije haber comprometido algún tipo de intercambio con semejante borrego.

A los dos minutos me tiró la hoja por delante. Había hecho todas las cuentas. Me prometí ignorar el asunto.

Entre las tres y las cuatro estuvo decididamente difícil. No podría decir que se haya entretenido sacándome la lengua y haciéndome burdos chascos, porque no observé actitud de divertimento en tales ejercicios. Más bien diría que efectuó maquinalmente estas operaciones como quien está ejecutando un fino cometido, tal vez alguna misión imponderable y secreta.

A las cuatro y cinco, sofocado y libre de prejuicios, le retorcí un brazo hasta que enrojeció de dolor. Entonces se levantó de la silla sin hablar y salió caminando lentamente de la oficina.

Trabajé hasta las cinco. El chico no volvió. Estuve seguro de habérmelo sacado de encima.

Al día siguiente mi suposición se comprobó a medias. Ahí estaba el pibe, pero esta vez sentado en el escritorio de Hernández. Conocía a la familia del gallego como le decíamos en el laburo y estuve seguro desde el principio que el chico no era de él. Lo consideraba a Hernández lo suficientemente expeditivo como para calcular que el pibe no le duraría mucho. Y no me equivoqué. El gallego no reparó en contemplaciones cuando el sabandija sin decir agua va empezó a recortarle con una tijera la corbata que tenía sobre la mesa. Lo sacó del escritorio a patadas en el culo. Fue otra vez un espectáculo extraño porque el chico tampoco lloró. Aún más, parecía estar soportando los zapatazos del gaita como quien se entrega a un trámite más de una larga cadena de diligencias insoslayables. Ni siquiera parecía resignación. Había en él una fuerza de voluntad oculta que lo hacía manso y perseverante ante los contrastes.

En forma watsoniana hice un par de consultas telefónicas referidas al origen de la criatura, pero nadie lo conocía. Ahora que no estaba jodiéndome a mí ya había empezado a hincharle las pelotas al gordo Chichioni me interesó profundamente su conducta.

Chichioni era un tipo tranquilo, áspero, pero llamativamente quieto, a tal punto que en ocasiones nos preguntábamos si no estaba muerto. Me apresté a disfrutar del espectáculo. Los recursos del chico parecían inacabables. Ahora pude verlo desde otra perspectiva. Lo tenía de costado a una distancia suficiente como para observarlo desde afuera del asunto. En este momento el pibe me pareció mucho más flaco, incluso más pequeño, de menor edad. Ya no me resultó extraño su silencio dado que supuse que los niños de seis o siete años como ahora creí que tenía suelen no mantener comunicación con un adulto. Hasta me enternecí un poco mirando esas rodillas sucias que se golpeaban suavemente debajo del escritorio del gordo.

El niño no devolvió ninguna de mis miradas. Era evidente que los episodios del día anterior habían sido suficiente para ambos. Y casi me arrepentí de haber sido tan rudo con esa criatura indefensa y sentí por un momento ganas de no haber perdido la última oportunidad de que nos hiciéramos amigos.

Pero mi compasión duro poco porque mientras pensaba en todo esto, un grito desgarrador me puso nuevamente en el mundo. Un cesto de papeles estaba incendiándose y Chichioni agitaba los brazos como un gallo desplumado.

Apagamos el fuego sin mayores inconvenientes.

Así estuvieron toda la tarde. Chichioni y su infinita paciencia a merced de la pequeña bestia. Yo ya estaba medio esgunfiado con lo que al principio consideré gracioso.

Faltaba poco para salir cuando el pibe le escupió los anteojos. Creí estar casi fuera de mis casillas pero me contuve. Chichioni tenía que resolver esto por su cuenta, me dije.

El gordo apenas levantó la frente y miró al borrego a través del vidrio que le quedaba limpio. Se le quebró la boca. Cuando se sacó los anteojos vi que estaba llorando. Gordo pelotudo.

El gallego se levantó de la silla y pude imaginar lo que iba a venir. Se sacó el cinturón con un gesto lento y lo hamacó amenazadoramente sobre del chico.

Pero Chichioni apartó al niño y lo abrazó, y lloró con mas fuerza enjugando las lágrimas en su regazo y diciendo: Dios, Dios mío, Dios mío, todavía no, todavía no...

Entonces el gallego bajó el cinturón, y se paró junto a mí. Y nos quedamos escuchando, como entre sueños, durante largo rato, los sollozos del gordo y mirando como el chico le acariciaba la cabeza mientras desplegaba las alas.


© Nostromo Editores, 2003


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