| Nostromo Editores |
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| ¿Voy
a morir? pregunté con la voz entrecortada. Nadie se atrevió
a contestarme. El horario de visita terminó junto a los trámites
de mi internación. Los médicos me dejaron en este pabellón
desconocido y blanco.
Junto a un par de pantuflas, en la mesa, han dejado un espejo por si quería arreglar mi maquillaje y mi pelo en la mañana, pero no pude esperar, lo saqué y enfrenté mi desmedida palidez. Hasta hace un tiempo atrás, cuando el equilibrio entre mis glóbulos aún era dominable, pensaba que lo que distinguía un día de otro era la actitud de la gente, hoy ya ni siquiera eso los separa, todas las actitudes acercan una despedida, todos los días se parecen a la muerte y es injusto que este día no termine. Recuerdo el tiempo en que la muerte me era ajena, sostenía que lo más cercano que tenía un hombre era su eternidad y su muerte y decía que el holocausto me encontraría dormida o que tirarían la bomba mientras hacíamos el amor. Era el tiempo en que yo escuchaba que los niños, los locos y los borrachos decían la verdad, y yo que estaba niña, que estaba loca y borracha confiaba en mi palabra. Luego la enfermedad me prohibió la borrachera, me acorraló la niñez y me arrancó de la locura. Y ahora, después de haber renunciado a los tres atributos fundamentales de la verdad; este espejo me denuncia solitaria, con un par de vecinos moribundos. Una voz, una de las más audaces me ha dicho que todos vamos a morir, automáticamente convertí y desdoblé mi pregunta en ¿Cuándo voy a morir? y ¿Cómo voy a morir? No soporté pensar nuevas respuestas y quise exiliarme del planeta, aparentemente no hubo asteroide o dios capaz de sostenerme y a fuerza de transfusiones y lavajes me deportaron nuevamente a esta realidad leucémica. Cuando desperté, sentí una mano que acariciaba con algo de ternura mi cabeza, repetitiva volví a preguntarle dónde estaba cuando yo empezaba a ponerle nombre a las cosas buscando un aerolito para su nombre. El me contestó que muy lejos, pero que de todas formas ningún lugar hubiese sido lo suficientemente cerca. El apretó con fuerza mi cabeza. Quise decirle que no quería morir sola, que lo había intentado pero que nuevamente había fracasado, terminé pidiéndole flores negras para un entierro negro. El dijo que jamás, que las flores serían blancas, como las de la novia, que aún sabiéndose superfluas simulaban. Le pedí el espejo y morir de sobredosis. Comenzó a reírse y me miró haciendo gestos de que no, dijo que en este tiempo morir de sobredosis significaba tener demasiado filo. Le pedí entonces un poco de alcohol, dijo que estaba contraindicado con mi medicación, le grité que en este mundo todo se aparecía como contraindicado, que las indicaciones siempre marcaban hacia la derecha, y que la vida iba a contramano como un tranvía en pleno espacio sideral. El me besó la frente y yo, como con un ataque de adolescencia, prometí no lavarme la cara nunca más. Las suelas de mis zapatos estaban sucias de sangre, pero no quise volver a casa, hoy no. Hoy que los hombres preferían seguir con sus mentiras no quería volver a casa y seguí caminando con la idea de que mi nombre nunca sería una zona liberada. Así conocí a Luis, un niño chiquito trepándose a la piedad de la gente. Sentado en una pared rota sostenía una caja de zapatos transformada en una alcancía circunstancial y temporaria, en la tapa decía: "contribuya con nosotros". Cuando me detuve eran más de dos las caras y las barrigas que esperaban. La caja estaba vacía, como sus panzas. Los niños no tenían ningún defecto, no tenían el cuerpo deforme, ni les faltaba un brazo o un ojo, ni siquiera estaban en una silla de ruedas, sólo tenían hambre. Simplemente hambre. Luis trató de explicarme que mamá y papá no trabajaban, pero lo frené con un gesto, no quería más explicaciones. Agachó la cabeza como avergonzado y al ir bajando los ojos se topó con mis zapatos, o mejor dicho con las manchas de mis zapatos. Me sentí culpable por no haberme cambiado. Para entonces ya era demasiado tarde y los dos estábamos viendo manchas en la calle, sangre aguachenta, roja y movediza. Es de los pájaros que lloran en invierno --dijo-- y de los perros que desperdician sus ladridos en las ruedas de los carros, y también es de un jinete que volcó de su montura. Hoy va a ser una noche larga --pensé-- una noche larga después de una semana húmeda y reprimida. La desesperanza no tiene talones y Luis crecía irremediablemente apurado, de a segundos. Lo agarré del brazo y lo sacudí. No me importaba ni su tamaño ni su edad. Tampoco si lo esperaban en algún sitio, en realidad estaba seguro que en alguna esquina ya le habían robado su edad y le habían falsificado su estatura. Mis dedos, que hasta hace poco habían envuelto a un brazo flaco, infantil y chiquito, se enfrentaban ahora con un músculo todo hecho y terminado, con un músculo y un brazo hecho a golpes y a pulseadas, un brazo hecho a apuestas y a defensas; la caja había desaparecido y una mano de par, una mano de "mano a mano hemos quedado" se me aparecía enfrente de la cara. Con un gesto de "apurate hermano" Luis me tironeó hasta el bar. Hay que sostener la borrachera hasta la muerte --me dijo--. Cuando nos sirvieron le conté que había tenido una novia hambrienta y muchas hermanas con novios impotentes, él me contó que todas sus novias habían sido hambrientas y que sólo una había parecido ser frígida. Nos regalamos una sonrisa cómplice y aún sin decir nada acordamos que era el momento de irnos sin pagar. Nos levantamos despreocupados y nos sentamos en la calle, como quien se sienta a ver una película, a esperar que alguien nos ayudara a mancharla un poco más. Regresé del funeral. Preparé algo caliente de beber y me senté. Miré las agujas del reloj y fui directamente hacia la vitrina. Estaba intacta. Saqué con cierto recelo las tres cajas de ébano que habían quedado como herencia y las deposité sobre la mesa. Volví a sentarme, las tenía ahí, frente a mí como mirándome, como estudiando mis actos. Ningún elemento vivo habría despertado en mí tanta intriga y admiración. Ellas esperaban respuestas. Las miré y me decidí a abrirlas. Tomé la primer caja, me recliné sobre el asiento y sólo con los pulgares levanté suavemente la tapa. Vi un reloj de arena. Lo tomé entre las manos y lo observé en el aire. Miré fijamente el cristal, cada arena era una lágrima, ínfima, minúscula. Pasaban espaciadas, una a una, creando un remolino casi imperceptible en el centro del embudo. Reloj de agua hubiese dicho. Las lágrimas se balanceaban y tuve miedo de derramarlas, dejé entonces el reloj sobre su caja. Era soberbio y solitario. Las lágrimas no tienen identidad --pensé--. Supe entonces que el sufrimiento no es medible, que no tiene parámetros, que tampoco es infinito, ni siquiera comparable y menos aún transferible. Tomé la segunda caja. Los tallados en la tapa iban, evidentemente, más allá del trabajo artesanal de un ebanista. Símbolos, geometría, proporciones matemáticas. Dos diablos a cada lado de la tapa, con sus cetros, sus cuernos y sus colas, custodiaban un mundo cuadrado en el que incontables manos se agitaban en el plano tratando de buscar algo. Abrí la caja. Un segundo reloj de arena se guardaba allí, sólo que en éste, cada arena era un hombre, una mujer; presionando con sus manos desde dentro, incrustándose las yemas de los dedos en el cristal, se aferraban a él; tenían los ojos desorbitados y el cuerpo tan flexible como voluble. Algo les traccionaba el cuerpo, debía de ser desgastador ofrecer tanta resistencia. Esos pequeños hombrecitos, opacos, sin luz, resbalaban por el cristal y se apretaban entre sí hasta caer en el embudo. Me pregunté qué hubiese sido de ellos de no haber estado contenidos. Supe entonces que aquel embudo era su tormento, los ojos buscaban algo perdido en algún sitio y en segundos... el vacío. Uno a uno, cayendo a lo que para ellos, seguramente era el infinito. Ya era suficiente, no quise abrir la tercer caja. Guardé los dos primeros relojes. Apilé las tres cajas y las devolví a su lugar de rutina. Cerré la vitrina y quise dormir. Al día siguiente nada tenía ya el mismo sentido; el funeral era algo ya muy viejo, al igual que mis zapatos. Ahora mi cara tenía arrugas y el sol de la mañana, también parecía más viejo. Recordé los relojes, me acerqué a la vitrina, toqué las cajas como acariciándolas y descubriendo con el tacto sus formas, eran bellas, me obsesionaban. En ese momento sonó la campanilla de entrada, ese sonido estridente corrió mis pensamientos hacia este mundo más cercano y abandoné las cajas, sobre todo la tercera, que aún permanecía ajena a mis sentidos. Llegué a la puerta de calle, me entregaron un sobre de la empresa funeraria y sin ni siquiera responder a las condolencias del cadete, saqué del bolsillo el dinero necesario y pagué despidiéndolo con el gesto de la mano. Nada volvería ya a su sitio. Me sentí como las lágrimas, solitario y sin identidad, quise llorar, pero la imagen de los hombrecitos detuvo mi impulso y sólo logré fruncir el ceño. Así estuve por algún tiempo, sin poder reaccionar. Llegó entonces el momento de abrir la tercer caja, la última, la de alguna manera rechazada. Tomé la caja sin grabados, sin tallados, sin dibujos, sin consignas. La abrí. Contenía, como era de suponer, un tercer reloj de arena, pero a diferencia de los demás, éste era común a todos, arenas y solamente arenas. Algo se rompió. Algunas esquirlas me lastimaron el cuerpo. Ese día, como tantos otros, guardé las tres cajas vacías.
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© Alejandra
Kurchan, 1993 - 2002
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061029