E.M.Cioran ||| Escribir
Desgarradura :
El escritor auténtico escribe sobre
los seres, las cosas y los acontecimientos, no sobre el hecho de escribir;
se sirve de las palabras, pero no se demora en ellas, ni las hace el objeto
de sus disquisiciones. Lo será todo, menos un anatomista del Verbo.
La disección del lenguaje es la manía de quienes no teniendo
nada que decir se confinan en el decir.
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Lo difícil no es tratar de resolver
una de esas grandes cuestiones insolubles, sino escribir a alguien unas
líneas llenas de delicadeza en las que se diga todo y nada.
El aciago demiurgo :
Cuanto más se farfulla, más
se empeña uno en escribir mejor. Así se venga uno de no haber
podido ser orador. El tartamudo es un estilista nato.
La tentación de existir :
Escribir libros no deja de tener alguna
relación con el pecado original. Pues ¿qué es un libro,
sino una pérdida de inocencia, un acto de agresión, una repetición
de nuestra caída? ¡Publicar sus taras para divertir o exasperar!
Una barbaridad para con nuestra intimidad una profanación, una mancilla.
Y una tentación. Le hablo con conocimiento de causa. Por lo menos,
tengo la excusa de odiar mis actos, de ejecutarlos sin creer en ellos.
Usted es más honrado: usted escribirá libros y creerá
en ellos, creerá en la realidad de las palabras, en esas ficciones
pueriles e indecentes.
Del inconveniente de haber nacido :
Cuando se rechaza el lirismo, emborronar
una página se convierte en un infortunio: ¿qué sentido
tiene escribir para decir exactamente lo que se tenía que decir?
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Sólo se deberían escribir
libros para decir cosas que uno no se atrevería a confiar a nadie.
( ... )
¡Que no sea posible remontarse sobre
el concepto, escribir a ras del sentir, registrar las variaciones ínfimas
de lo que se toca, hacer lo que haría un reptil si se pusiera a
escribir!
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Mientras más le perjudica a uno
el tiempo, más se quiere huir de él. Escribir una página
sin defecto, una frase solamente, le eleva a uno por encima del devenir
y de sus corrupciones. Se trasciende la muerte por la búsqueda de
lo indestructible a través del verbo, a través del símbolo
mismo de la caducidad.
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El inconveniente de escribir en una lengua
ajena es no tener derecho a cometer demasiados errores. Ahora bien, buscando
la incorrección sin abusar de ella, rozando a cada momento el solecismo,
es como se le da una apariencia de vida a la escritura.
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Siempre sorprende ver que los grandes místicos
hayan producido tanto, que hayan dejado un número tan importante
de tratados. Sin duda pretendían celebrar a Dios y nada más.
Esto, en parte, es verdad, pero sólo en parte.
No se crea una obra sin apegarse a ella,
sin convertirse en su esclavo. Escribir es el acto menos ascético
que existe.
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Reflexionar sobre aquellos a quienes ya
no les queda mucho tiempo, que saben que todo se les ha acabado, salvo
el tiempo durante el cual se desarrolla el pensamiento de su fin. Dirigirse
hacia ese tiempo. Escribir para gladiadores...
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Hubo un tiempo en que escribir me parecía
una cosa importante. De todas mis supersticiones esa me parecía
la más comprometedora y la incomprensible.
Ejercicios de admiración :
Mendigos, hay cada vez más, pero
ellos no se rebajan a escribir.
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Sólo tengo ganas de escribir cuando
me encuentro en un estado explosivo, enfebrecido o crispado, en un estupor
metamorfoseado en frenesí, en un clima de ajuste de cuentas en el
que las invectivas sustituyen a las bofetadas y a los golpes. De ordinario,
la cosa comienza así: un ligero temblor que se hace cada vez más
fuerte, como tras un insulto que se ha soportado sin responder. Expresión
equivale a réplica tardía o a agresión diferida: yo
escribo para no pasar el acto, para evitar una crisis. La expresión
es alivio, venganza indirecta del que no puede digerir una afrenta y se
rebela con
palabras contra sus semejantes y contra sí mismo.
La indignación es menos un estado moral que un estado literario,
es incluso el resorte de la inspiración. ¿Y la sabiduría?
Es precisamente lo contrario. El sabio que hay en nosotros arruina todos
nuestros ímpetus, es el saboteador que nos disminuye y paraliza,
que acecha al loco que hay en nosotros para calmarle y comprometerle, para
deshonrarle. ¿La inspiración? Un desequilibrio repentino,
voluptuosidad irresistible de armarse o destruirse. Yo nunca he escrito
una sola línea a mi temperatura normal. Y sin embargo, durante largos
años, me consideré como el único individuo sin defectos.
Ese orgullo me resultó benéfico: me permitió emborronar
papel. He dejado prácticamente de escribir en el momento en que,
al sosegarse mi delirio, me he convertido en la víctima de una modestia
perniciosa, nefasta para esa febrilidad de la que emanan las intuiciones
y las verdades. Sólo puedo escribir cuando, habiéndome repentinamente
abandonado el sentido del ridículo, me considero el comienzo y el
fin de todo.
Escribir es una provocación, una
visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por
encima de lo que existe y de lo que nos parece existir. Rivalizar con
Dios, superarlo incluso mediante la sola virtud del lenguaje: ésa
es la hazaña del escritor, espécimen ambiguo, desgarrado
y engreído que, liberado de su condición natural, se ha abandonado
a un vértigo magnífico, desconcertante siempre, a veces odioso.
Nada más miserable que la palabra y sin embargo a través
de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última
en la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión.
¡Lo supremo alcanzado mediante el vocablo, mediante el símbolo
mismo de la fragilidad! Pero lo supremo se puede también alcanzar,
curiosamente, a través de la ironía, a condición de
que ésta, llegando hasta el extremo de su obra de demolición,
dispense escalofríos de un dios autodestructor. Las palabras como
agentes de un éxtasis al revés... Todo lo que es verdaderamente
intenso participa del paraíso y del infierno, con la diferencia
de que el primero sólo podemos entreverlo, mientras que el segundo
tenemos la suerte de percibirlo y, más aún, de sentirlo.
Existe una ventaja más notable aún, de la que el escritor
posee el monopolio, la de poder desembarazarse de sus peligros.
Sin la facultad de emborronar páginas, me pregunto qué hubiera
sido de mí. Escribir es deshacerse de nuestros remordimientos y
de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado
que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. ¡Cuántos
malestares, cuántos arrebatos siniestros no he superado yo gracias
a ese remedio insustancial! Escribir es un vicio del que puede uno cansarse.
A decir verdad, yo escribo cada vez menos, y acabaré sin duda por
dejar de escribir totalmente, pues he dejado de encontrar el menor encanto
a ese combate con los demás y conmigo mismo.
Cuando se aborda un tema, sea cual sea,
se experimenta un sentimiento de plenitud, acompañado de una pizca
de altivez. Fenómeno más extraño aún: esa sensación
de superioridad cuando se evoca una figura que se admira. En medio de una
frase, ¡con qué facilidad se cree uno el centro del mundo!
Escribir y venerar se dan juntos: quiérase o no, hablar de Dios
es mirarle desde arriba. La escritura es la revancha de la criatura
y su respuesta a una Creación chapucera.
( ... )
Mi primer libro, de título rimbombante
-En
las cimas de la desesperación- lo escribí en rumano a
los veintiún años, prometiéndome no volver a escribir
nada más. Luego escribí otro, y me hice la misma promesa
tras acabarlo. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta
años. ¿Por qué? Porque escribir, por poco que sea,
me ha ayudado a pasar de un año a otro, dado que las obsesiones
expresadas
se debilitan y se superan a medias. Escribir es un alivio extraordinario.
Y publicar no lo es menos. Un libro que aparece es nuestra vida o una
parte de nuestra vida que se convierte en algo externo, que deja de pertenecernos,
que ha cesado de agobiarnos. La expresión nos disminuye, nos empobrece,
nos descarga del peso de nosotros mismos, la expresión es pérdida
de sustancia y liberación. Ella nos vacía, es decir, nos
salva, nos despoja de una plétora que estorba. Cuando se execra
a alguien hasta el punto de querer liquidarlo, lo mejor que se puede hacer
es coger un folio y escribir un buen número de veces que es un canalla,
un truhán, un monstruo; tras ello, se da uno cuenta de que se le
odia menos y de que apenas se piensa ya en la venganza. Eso es más
o menos lo que yo he hecho conmigo mismo y con el mundo. Extraje el Breviario
de mis bajos fondos para injuriar a la vida e injuriarme. El resultado
fue que me he soportado mejor como he soportado mejor la vida. Cada uno
se cura como puede.
Ese maldito yo :
Cambiar de idioma, para un escritor, es
como escribir una carta de amor con un diccionario.
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Cuando se ha cedido a la tentación
de escribir un libro, se piensa con admiración en aquel rabino hasídico
que abandonó el proyecto de escribir uno por dudar de poder hacerlo
exclusivamente para Su Creador.
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Las cartas que se reciben y en las que
no se habla más que de luchas interiores y de interrogaciones metafísicas,
cansan rápidamente. En todo, para lograr la impresión de
lo verdadero, se necesita lo
mezquino. Si los ángeles se
pusieran a escribir, serían, a excepción de los caídos,
ilegibles. La pureza es difícilmente comunicable, por incompatible
con el aliento.
( ... )
No habría que escribir nunca sobre
nadie. Tan convencido estoy de ello, que cada vez que no tengo más
remedio que hacerlo, mi primer pensamiento es atacar, incluso si lo admiro,
a aquel de quien debo hablar.

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