Simón Esaín

DE REGRESO AL ZOOLÓGICO
 

óPorque uno tiende a creer con naturalidá que alguien mayor es proporcionalmente más sabio y capaz, es que ante algunos tamaños tendemos a sentirnos presa y a desconfiar de nosotros, tendemos a sentirnos creaturas y a preguntar por el pasado, tendemos a cayar y a estirar la mano hacia el silencio óme dijoó. Si lo sabré yo, que he sido esa clase de serpiente desde chica.

óEl sentido de nuestra existencia es un modo tentativo de poner las cosas en su lugar. Levantar en torno un edificio equilibrado e iluminado ante el cual morir como espectadores contentos y no aplastados ómurmuré.

óPero es común pensar que existe un sentido precisamente donde las apariencias indican que no lo hay óme dijo la serpiente. Esa mañana se había levantado conversadoraó. Es una bonita herencia de la antigua capacidá de la gente para crear y recrear sus mundos, pero por medio de cuanto significaban las partes de su ansiedá vital, y no de su ansiedá morbosa, como hoy.

O sea que el Creador ha sabido ir asegurándose el puesto, reflexioné.

Ni por las tapas pensaba que a estas cosas las declaraba por mí.

Lo que a mí me preocupa ahora es el querer escribir un cuento sobre un sueño que tuve la otra noche y dedicárselo al recuerdo de una amiga.

Resulta que yevaba una serpiente-boa a una exposición de extraordinarias características armada en el Zoológico, en el Zoológico porteño, lógicamente. Pretendían que la exposición fuera como un flamante Edén estacionado al revés, es decir en su opuesta temporalidá crónica. Hoy, habituados todos a que pongan las cosas patas para arriba, cada uno debía entregar su serpiente personal, devolverlas de pronto convertidas en prenda de redención burocrática. Las gentes íbamos a dejarlas ayí como a bolsitas con droga, pistolas cuarentaicinco, ángeles guardianes o boteyas conteniendo el zumo venenoso destilado por nuestras almas para, estimo, que continuaran viviendo sanamente dentro de cada bicho y aleccionando (tengo que consultar a un cura por si está bien expresado) vides videndis a los visitantes, que para eso pagaban su entrada.

Fuimos por una caye de tierra poco utilizada, todo el santo camino, desde la mañana temprana hasta el mediodía, déle y déle conversar. Hasta que eya olió pizza como desde siete kilómetros antes de yegar a verlo, cuando todavía pasábamos entre quintas y montecitos neblinosos. Y me mordió. No se rían porque me mordió en serio, con bronca eya, a la que yo debía proteger principalmente de que los cuscos caseros no me la mordieran. Todavía la veo cerrar los ojos al apretarme, ensañada, siento las filas de dientecitos en la curva entre el dedo índice y el pulgar me mordió, porque yo no me apuraba lo suficiente mientras eya se volvía loca por yegar al puesto donde había olido que estaban preparando pizza a montones.

Como para creerle semejante cosa desde mi idoneidá en plenitú. Yo soy un profesor maduro pero todavía joven, entienden?

No le demostré dolor en tanto me mordía ni después miedo a enfermarme de su mordedura, y por suerte nada pasó más tarde. Bueno, es un decir; la verdá es que yevo el alma envenenada desde entonces.

Pero seguí yevándola. Eya iba metida en una bolsa de la cintura para abajo, lo que es un decir. En casa nos pareció la forma más practica de traslado. Yo mantenía la manija de la bolsa en una mano y eya se las arreglaba con mucha voluntá para caminar embolsada, a mi lado, con que yo la esperara un segundo de vez en cuando, cuando se le desacomodaban los aniyos.

Esgrimía sin pudor su cueyo largo y removía la cabecita triangular en todas direcciones como si lo manipulara desde arriba. Tanto me hablaba por la derecha como por la izquierda, desde atrás o abajo, de cerca o de lejos, o se me apostaba enfrente, un cacho por encima de mis ojos, para hacerme sentir boquiabierto cuando conviniera a la dramatización de sus afirmaciones, que se mandó unas cuantas, mirándome a los ojos como si pudiera caminar para atrás sólo preocupada por lo que decía, y yo sostuviera en la mano una manija inútil.

La serpiente, o sea, mi serpiente, me había preguntado no bien salimos, qué pensaba yo acerca del hecho de perder el tiempo. Linda pregunta para que vos me la hagás, pensé para mis adentros, los mismos que tengo yenos de ocurrencias como ésta. Es que eya me daba la impresión de que iba como una chiquilina podría ir a la peluquería con su mamá a preparar su cabeyera para el baile anual.

Repensándolo, nunca me había preocupado un asunto como ése. Siempre me habían preocupado las cosas que sucedían, que caían, que sonaban, que podían palparse y medirse, no las que se quedaban al margen, en veremos. Antes me atraía lo que asomaba, lo que amagaba sorprendernos, ganarnos de mano, que la cobardía metafísica de los elementos constitutivos, por más científica que fuera. Por ejemplo, un buen día, cuando se les dio por empezar no se qué cosa imprescindible con las instalaciones del Zoológico, a cada uno nos entregaron animalitos a cargo, y a mí me tocó esta víbora, modosita y tranquila. Así, desde chicuela, vivió en el fondo de casa sin molestar a nadie. En invierno lo pasaba enrroyada en su cueva y en verano era como de la familia.

Hoy parecía despabilada, más atinada que de costumbre. Además de oler, veía todo mejor que yo, que tenía que ir mirando donde pisábamos. Había momentos en que no sabía adonde ponía el zapato ni para dónde apuntaba, bastante mareado por sus miradas y su conversación. Una serpiente que es también una boa constrictora y loca por la pizza, imagínenselo ustedes. Y por la pizza porque en el Zoológico (Empecé escribiéndolo con mayúscula como si desde siempre fuera un lugar especial y así voy a tener que seguir haciéndolo, ahora que lo es.) la habían criado a pura pizza los cómodos de los empleados. Entienden? Cuando chiquita le daban a comer lo mismo que eyos, de puro irresponsables. No me explico cómo no le habían intoxicado el hígado. La habían convertido en una serpiente porteña, bien porteña desde jovencita, acostumbrada a lo peor y a compartirlo, que es lo peor de lo peor. Faltaba que me exigiese le comprara un par de zapatos de tacón alto para entrar al jaulón hecha una reina. Pero esto es una hipérbole; eya no usaba calzado.

Y yegamos nomás, al puesto cayejero donde, abajo de una lona, cocinaban pizza para todo el mundo, como eya había olfateado. Y se metía las porciones enteras a la boca y se le dibujaban los triángulos de las porciones de pizza a medida que las tragaba sin masticar, como si hubiera traído un hambre de la Sanputa. Pero no sé como podía saborear comiendo la pizza de esa manera. Tampoco recuerdo quién pagó ni cuánto, pero debe haber sido otro, porque si no yo me acordaría. Tal vez fue un obsequio de la casa.

Y después yegamos a la vieja entrada del Zoológico, a la que eya me yevó derechito, donde nos enteraron de que en la actualidá era la entrada vieja que ya no se utilizaba y por eso estaba cerrada con candado la puertita, como parte de la renovación. Y ahí deje de soñar. Cuando el custodio nos dejó entrar porque le dije, desenvoltura mediante, que yo también era custodio y le hice ver mi uniforme marrón con vivos negros y mi fusil ametrayador igual al que él traía, traía y yevaba a todos lados entre manos como hacía yo con la serpiente embolsada, le dije que eya vivía ayí, mientras se quedaba quietecita y se dejaba contemplar, el custodio nos dejó ingresar por donde no se debía tal si fuésemos personal del Servicio, pero la expresión en su cara no varió, como si la yevase cosida y siguió mostrando los ojos inyectados de sangre y el sueño se diluyó suavemente como si a alguien de arriba le hubiese dado por terminarlo.

Pasamos una tranquerita de fierro y alambre tejido, las esquinas redondeadas, por un pasadizo de alambre tejido alto hasta los sobacos, tipo manga, donde había que transitar de a uno sobre un tablón con trastes como cueyo de guitarra y abajo se veía el Zoológico extendido, bastantes árboles de hojas polvorientas a esa hora y filas de parabrisas lustrados, briyando, estacionados a la entrada correcta, sobre la Avenida cubierta de árboles hasta la lejanía. Y había fuentes redondas para agua reflejando las quiyas y barbiyas del sol y se veían jaulas repletas, lavadas y embanderadas para la inauguración y grupos de puestos recién pintados donde, a la distancia, figuritas de blanco expendían porciones de pizza, panchos y vasos de gaseosa a bandadas de peones y arquitectos.

No bien entramos y estuvimos al comienzo del piso de tierra de la explanada, fue como si yo perdiera el rumbo de las acciones, no se me ocurrieron nuevas mentiras, excusas ni nada más. Eya se quitó la bolsa de los pies, mirándome a los ojos, distanciada unos metros, como pudiera una mujer quitarse la bombacha a los pies de mi cama. Para hacerlo mejor se había apoyado en un hombro del guardián. El tipo seguía mirando hacia afuera del recinto, eligiendo el camino por donde yo me iría enseguida. Pero por primera vez yo le estaba viendo unas piernas tan hermosas a mi serpiente-boa y me preguntaba, hasta entonces, en qué había estado pensando?

Por el camino la serpiente me había preguntado qué pensaba yo acerca del hecho de perder el tiempo, se acuerdan?

óYo no considero que el tiempo se pierda, que se yegue al extremo de perderlo. Se gana, de un modo u otro. Conservamos la seguridá de que hayarle sentido a algo lo pone en funcionamiento de inmediato, como se pone en movimiento una figura de piedra por medio de un milagro. Suena lógico que nuestra mente se satisfaga encontrando ejemplos, explicaciones, razones, concediendo suma importancia al comentario de lo sucesivo óme había escuchado comentarle mientras veníamos, con su inescrutabilidá de persona joven.

óEn eso no nos parecemos. A mi índole resulta preferible elegir a comprender. Comprendiendo se pierde mucho de lo que abunda, pero eligiendo se gana bastante de lo esencial.

óSos una serpiente desconsolada? ópregunté, de puro petulante, sin pensar que era eya la serpiente de mi destentación y que yo iba con eya a destentarme de una vez para siempre, por las buenas o por las malas.

óEn cierto modo, sí óme dijo, dándome su sinceridá la impresión de que mentía mal a propósito.

óY yo, seré a partir de ahora un loco manso? óle pregunté, medio en broma, porque no sabía bien a qué simulaba referirme.

Eya, mirando a lo lejos por sobre las alamedas y los techos oxidados, me hizo ver que una respuesta u otra carecía de importancia. Estábamos tratando un asunto que ya no requería compostura sino terminar por quebrarse contra el piso, igual que un jarrón que va cayendo.

óTodas las explicaciones, como las demás cosas, están al alcance de nuestra voluntá. Lo que resta hacer es dedicársela con empeño. Se trata de dedicación. Fijáte que nosotros óy yo iba maniobrando la bolsa mientras esto decía, mirando la punta del camino meterse entre el verdor, sin verme, porque debía haberme vistoó cuando pedimos o rogamos a la altura, a lo supremo, es porque confiamos en su dedicación total, más que en su omnipotencia, que se nos escapa de las entendederas. Es porque confiamos en que el ser supremo dedica a nosotros su eternidá. Si no fuera así, cómo podría escucharnos? como podríamos creer que nos escucha?

Y la caye era larga y dejaba hablar y pensar y volver a abrir la boca.

Vino el guardián del fusil y tomó a mi serpiente por el taye, casi por el naciente de sus caderas, por donde tan lindo se les percibe ondular cuando uno les apoya, de la mano el canto y del meñique el canto, un gesto de propiedá que me impidió respirar a continuación.

A continuación apareció otro guardián, con una mirada furibunda hirviendo a dos metros por delante de su nariz:

óLa persona que está en verdaderos aprietes es aqueya que ya no puede hacer daño a otras, aqueya cuyo ofidio ha doblado la cabeza hacia el desconsuelo óvociferó, empujándome con su aliento hacia el corralito de escape.

El sol picaba fuerte. Dejé de soñar y por eso no la vi irse. Salí con el rabo entre las piernas y un vacío enfriándoseme en la mano derecha, en la que durante horas había tenido la manija, sin saber. Hubiera querido alzar la bolsa que eya se quitó y yevármela de recuerdo, pero el guardián, adivinando mi intención aviesa, levantó el boyo de arpiyera con la punta de su zapato oscuro-legal y lo portó unos metros a tirarla como si la bolsa tuviera rastros de sangre menstrual, al primer tacho para desperdicios visible, el que iniciaba o finalizaba una serie previsora bien dispuesta a lo largo de los senderos.

Yo había ido a destentarme. Qué ganas de tirarme de cabeza en ese tacho!

Por el camino, óVos me querés? óme había preguntado eya.

óY qué es querer? óle había contestado yo, siguiéndole la corriente como un idiota que se hace el vivo.

óQuerer, no es pretender algo más? óme había planteado eyaó. No es esperar precisamente lo que nos hace falta desear? No es acaso, indeterminar nuestro faltante e imaginar qué sucede? Querer siempre angustia. Querer no se trata de conservar o apreciar lo poseído. Quiero saber si yo te angustio, si en este momento todavía te angustiás conmigo.

óNo, qué va óyo mismo me ponía sobre avisoó. El hecho de no encontrarle sentido a algo, ha sido y es una de las fronteras permanentes de las que dibujan nuestro mundo, achicándolo o ampliándolo, descubriéndolo u oscureciéndolo, a las que nos hemos habituado. Es decir, donde terminan su efecto los sentidos apreciados y apreciables, se ubica la penumbra, merodea un límite extraviado, la sustancia es reemplazada por algo indistinto, extravagante, artístico. Las pisadas de la gente van o vienen por eyas, por lo general cargando al hombro dioses o al menos, entusiasmos básicos. A la mayoría de las personas las cosas sin sentido, así dispuestas, nos tranquilizan como si hubieran sido descargadas, pero no faltan quienes afirman o tratan de mostrarnos que constituyen el verdadero arsenal, el peligroso.

óPero cada vez que ustedes creen en algo, vuelven a ser inocentes, no? Qué ocurre cuando creen haber perdido la ingenuidá o cuando creen en algo más porque necesitan creer de cualquier modo?

óCuanto más cosas carecen de sentido más se empequeñece nuestro mundo alrededor. Es lo propio de cada situación o de cada estado de conciencia. Es ayí, en ese alrededor adonde van a parar como a un andurrial, junto con los antiguos todos los sinsentidos nuevos, digamos los necesarios sinsentidos. Desde ayí vuelven, cuando lo adquieren, cuando lo recobran, encabezando hordas invasoras. Se trata de una lucha comarcana. Nosotros, los humanos, comarcanos o tribales, vendríamos a ser, inequívocamente, un infinito territorio a disposición del sentido, sin otros obstáculos serios que le impidan corretearnos apenas surge la oportunidá, como en los viejos tiempos.

óEs esa la raíz del miedo profundo que nunca los abandona y no terminan de entender? óme preguntó eyaó. El sentirse tan indefensos cuando les faltan los alambrados convencionales o la presencia de pirámides consecutivas? O sea, el terror final del ser humano no sería otra cosa que un fruto de su capacidá para encontrarle sentido a todo, hablando mal y pronto, a toda y cualquier cosa? Habitarían un mundo ódijo eyaó donde todo, y me refiero a un absoluto más que religioso, relativo, todo tarde o temprano encontrará sentido, justificación, razón de suceder? Sería este el grado máximo de la locura humana? el máximo desafío a la sensatez, consagrada en consecuencia, la principal virtú divina? Sentir que van sin remedio hacia eya, la demencia progresiva, a través del famoso entendimiento, del afamado conocimiento y la dulce ilusión? ólos ojos verdes de la serpiente, fundiéndose en las galas mañaneras con las escamosidades verdosas, me miraban o reflejaban con intensidá glacial. Pretendían sus orlas multifacéticas que yo le contestara?ó. Se sienten ustedes capaces siquiera de mantener clasificadas, jerarquizadas y separadas unas locuras de otras? alcanzar algún orden discreto, estético? algún desorden contagioso?

Pensé tantas cosas sin goyete (por ejemplo: Cómo, acaso no lo habíamos logrado hacía mucho?) mientras miraba para un costado, que me tranquilice.

óHas pensado alguna vez en lo que significa el hecho de perder el tiempo? óhabía vuelto a preguntarme.

Ayí donde está la ansiedá está el presente, me dije. Percibía cierta gravedá. Uno siente mejor cuando cruza ciertas líneas. Sentía el peso que me yevaba a darme cuenta de que son los deseos quienes mejor nos relacionan con nuestros sentidos, incluidos los deseos de no sentir. Pero luego es la frescura del presente la varita mágica del sentido aglutinante, culminante, creador. El presente ocupa la cabeza y con la punta de su flagelo produce, con facilidá, sentidos chispeantes que se evaporan. Podemos descubrir y saborear los sentidos que se acuñaron en el pasado; podemos imaginar el futuro poblado por grandes sentidos poderosos, deslumbradores, pero aquí es, en el presente, fino, hondo, lacerante, donde el acto de encontrar su sentido a lo que en apariencia no lo tiene o lo ha perdido, se convierte en sed.

óTe fijaste que durante todo el camino no hemos ironizado? ócomenté, para mantener mi ánimo y aplacar mis ganas de tomarme una cerveza.

óEs cierto óme dijoó. Ahora, si la ironía no surge en parte alguna, será porque está siendo total a nuestro alrededor. Hemos venido funcionando como un fosforito en la oscuridá, o un cuenco a la luz del día. Como equilibrarías o compensarías si no, estos minutos de parvulismo.

óPero es evidente que cuando dedicamos ironías a ciertos tópicos, estamos poniendo a salvo al resto. Qué significa apostar a la presencia de los niños primero que a la de los hombres, en el misterio de la humanidá?

óNo sé. Para mí es preferible elegir a comprender ósonrió la serpiente, quince centímetros por debajo de mi mandíbula, haciéndose la nena.

A menudo las razones que se oponen a nuestros deseos pasan a ser consideradas razones absurdas, lo que constituye a las propias en el verdadero sinsentido de la situación, el sinsentido de más súbita creación y el de comprensión más inhumana. Como que no pide comprensión.

Ay, más de una vez nos he visto como a un palito flotando en la marea y tomado como referencia. Es la precisa ingenuidá de nuestra ignorancia gigantesca, la que nos hace sentir al alcance de la mano toda y cada explicación contenida, todo y cada sentido necesario.

La tentación es una concesión divina. La divinidá sabe de la larga insatisfacción de la que no somos culpables. Para nosotros, simples humanos, la tentación no existiría. Existe el sentido perdido de la tentación, el sentido que estaría disuelto en eya misma.

Consecuencia o equivalente, mi voluntá había venido flaqueando por su lado, (al menos yo ya la sentía desde acá, desde mi abandono) cercana, pero vagando en el otro territorio, con su cada vez más nutrido sequito de porqués, que se asentaban en su estela, pájaros insectívoros entre sus patas de vaca ordeñada.

Cuando desperté me sentía desconsolado; estaba tendido, quieto aún, sobre mi desconsuelo. Ya venía sintiéndome desconsolado desde los instantes previos al despertar. Era ésa la sensación que me había conmovido. No era la cara dura del custodio. No era temor a que el Servicio Especial descubriera mi impostura.

Pero, como? trinaban las frases girando ante mí, pajaritos mecanizados disolviendo la penumbra, finalmente resulta que la tentación concluye siendo el comienzo de una convicción? de una convicción insoportable? Empezar a sentir y luego a creer lo que ese sentimiento significa? Que mi vida nunca ha encontrado su sentido. Así que el premio no es más que otra fase de la culpa que tengo que pagar. Que tengo que pagar ahora? Es que me están condenando, no sólo a morir, sino a hacerlo renegando de lo que he vivido? A preferir la desaparición física a la vergüenza de estar desnudo ante mí, el resto del tiempo? Esto no puede pasarme a mí, precisamente a mí. Otra más moderna! Tocarme esperar el final con mayor terror al absurdo del balance que a su imposición definitiva. De qué se trata, en realidá, todo esto? Es una prueba? Otra maldita prueba más? Es que eya misma me ha desechado porque yo no le sirvo?

Cómo? En el momento de renunciar a la tentación de modo definitivo y culminante, tentarme eya y su espalda desnuda con esta idea absurda?

Pero, es que he sido tan ciego y tan obtuso? Era tan maraviyoso lo que había dejado pasar? Estaba empezando a desear con desesperación lo que ya había tenido? Ser un tonto morboso justamente yo, que aspiraba las alturas? Era ésta la forma seleccionada para mi locura? Quedarme con el deseo más acá del sentido o quedarme con el sentido más allá del deseo. De qué se trataba todo esto, por Dios? Tortura! Era una situación terrible la que recién descubría.

Qué hacer por mí, ahora? Esta imposibilidá de reaccionar me aplasta, me aplasta esta roca sostenida por los brazos del presente. Ya no hay sueños. Soñar es fugarse de este lugar donde el sentido de cada existencia resulta imprescindible para no enloquecer. Deseo soñar. Pero, su para qué, su pobrecito para qué, qué sentido tiene ahora, ahora que se que va a ser puro despertar, puro despertar, puro despertar?

Y desperté, nomás.

Porque las cosas son, pero mucho más pesadas son cuando se ponen de acuerdo con nuestras necesidades. Y yo, qué necesidá tenía de este peso encima?

Qué se proponían en realidá, estos cosos? Acá había gato encerrado!

Y esta serpiente-boa que de boa-serpiente pasaba a convertirse en una morocha alta, de ojos verdes, en un par de piernas diabólicas, había sido mía hasta hoy por la mañana? Y qué había hecho yo, a su lado, en tanto crecía y se metamorfoseaba? Nada mejor que perder el tiempo. Sí, convertirme en culpable de perderlo. Era ése el sinsentido de buscarle un sentido. Eya me había dejado porque yo no le servía y se había ido con otro carcelero.

Acá había gato encerrado!

Oí al segundo guardián trabar el candado con un golpe autoritario y permanecer remoloneando por ahí, el fusil ametrayador contra la pechera impecable, color habano. Habano; no marrón, betún ni chocolate ni nada de eso. Eso significaba que yo ya estaba de este otro lado. Un habano de implacable color.

Seguí desconsolándome. Eya, la tentación, ya no era mía. Ya nunca iba a ser mía.

Ahí fue cuando el sueño pareció culminar suavemente, cuando dejó de ser necesario.
 


© 1999, Simón Esaín.
Uploaded on November 1st  1999.
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