Leonor García Hernando
 
 
La fiesta se apagaba
era el vientre de un insecto luminoso que se sostuvo un
instante en el aire que encierran las manos de un niño


La noche era hundida como un balde en un pozo.


Supongo la mirada extraviada en una noche al fin plana
sobre el pastizal
y el miedo como una respiración en la nuca rapada


                                   La huérfana soy yo entre los animales
que embisten empecinados.
                                   La huérfana soy yo     sin mandato que
termine con la sed
soy la que está en el fuego de la estampida.


               un arma pequeña, de dama, adornada con
incrustaciones de nácar
                                un instrumento cursi para matar.


    Para ese tablero agrio de escarcha
un derramado vestido en patios de invierno.


una película que el ácido impregna
revelaciones en un ámbito negro


                              ¿por qué confiar?. Si yo hubiese sido así
lastimada, a nadie le daría una verdad
ni daría dátiles. No le daría nada a nadie.
                              los desesperados no son confiables. Sería
un idiota el que arriesgara por mí su moneda. Sería un
encandilado por el quejido por el frenesí del que ruega
calmantes con labios blancos.
                               no hay gloria ninguna en la mutilación


                                                                 esa mirada
desvalida del que perdió, se entierra en mi garganta como
una respiración intrusa.


                              y no es amor lo que pierde la herida,
no es la fatalidad de una pasión insensata.
                              Es sólo sangre.


                           del entierro recuerdo la botella lacrada
envuelta en telas flojas y el pequeño cajón de madera de
sauce. No es mucho para celebrar                 palabras de la
ciénaga


                                                                         Conocer la
trampa adelgaza los tobillos en la maleza.


                                                        todavía rastreo la rotonda
donde se desmayaban los ómnibus, sus macabros olores a
comida y abandono y la triste acumulación de diarios
junto a la chapa.


quítame la vida               huérfana y todavía arrastraré mi
mano para que la sientas fría sobre tu vientre.


y la vida es esa cruel mirada femenina sobre las manos
que tiemblan.


                        no hay nada bueno que empiece por ser una
herida.


No es poco tocar la repugnancia de tu madre al mirarte
y saberse tan cercana al musgo, tan porosa y ataviada de
vendas.


    Queda el desierto con su almendro de leche
y ahora, bajo los pliegues, el ancho cuchillo de cocina.


éramos bellas en el secreto de un cuarto agrio    niñas de
mí bajo la hiedra pobres fotos arrancadas del relicario
familiar.


Un vidrio helado era imagen de luz y de borrasca.


     Vuelve el verano como un animal lustroso y jadeante;
empecinado en embestir la puerta de mi casa


y no era invierno
y ningún clima cierto me daba su apariencia.


    El calor se prende en los techos como un broche
antiguo y en las terrazas, el alquitrán reblandecido se
derrama como algo viudo que no encuentra orden


viento agrio que apartaba y manoseaba las piernas de
mujeres fijas en la intemperie como un contorno en una
moneda, los zapatos con una humedad


                            Nadie te recuerda con zapatos blancos
izada como un trapo rendido.
Nadie repite tu nombre con rencor


                     Se detienen los ómnibus en el galpón helado
y la pena es ese columpio vacío sobre la nieve.


       Toma de mí esa inocencia: aceptar las caricias del
asesino.


     Yo no soy tu pesadilla y no puedo consolar el cansancio
de los materiales.


      No soy tu naufragio. No soy el fuego que mentía un
faro en la playa de piedra.


soy la que atraviesa descalza el monte fúnebre donde
brillan los dientes de jabalí.


               Lo vi hace 16 años y el gato fascinaba con su
único ojo abierto en el pavimento ardido.


                                           ¿por qué somos intensas las
víctimas?
¿por qué nos distingue el daño entre los nadadores de la
piscina?
¿por qué vinimos al mundo para sostener un estuche de
fósforo?


                camino entre jardines enrejados con un búho
blanco en el hombro


                              hay una intensidad en las víctimas
                              hay elegidos para la caricia
                             y hay elegidos para la navaja
he dado mi luz en un pasillo que se hundía en puertas
entre esos grises deteriorados de paredes que no se
ventilan
es intenso el pasillo de los retenidos
y es intenso y confuso el lecho de las asesinadas.


Todavía silvestre errabas entre mármoles
y no había suavidad, ni misales con dorados rezos, ni pena
tenías, ni un jarro para calentar café.


                               deja tu lengua en mi lengua como a una
hermana siamesa                como criaturas que aman su
imperfección.


dame esa sangre         de los atravesados por un familiar


                              la patria terminaba en un pastizal
aguado.


                                sin pausa en el destello de la hoja de
toledo, encofrada en un pequeño mango de madera,
sin adornar con jazmines el dormitorio


                                                         acumulación de objetos
donde la belleza estuvo alguna vez


                              confesaría cualquier crimen con tal de
tener las hojas del sueño refrescando mi nuca
                             daría cualquier pista para terminar
condenada y dormir.


           el murmurado peso de las agujas de pino sobre la
tierra sombría.


                                                esa insistencia en verter el rojo
espeso de la copa en el mantel


cae el dulce peso muerto de las flores de almendro.


     Arden las estrellas del puñal en el cielo alto.


y nada será cierto, más que este retiro sin puertas


para quién suelta su música la máquina tragamonedas?


                           niebla de arrugados párpados sobre el
pantano que no tiene orilla?


                              Padre, fue mucho tiempo atrás que
éramos buenos. Tú no habías muerto
y yo era tu hija de cabellos rubios.


                                  mientras giran los ventiladores de
techo.
La boca arruina la espuma de los vasos.


      el sueño inunda nuestras sienes como terrones de un
azúcar negro caídos en el té


nada que retener        un paisaje de cardos, el pobre azul
de esas flores que dilata el calor


y la memoria, como un reducidor de cabezas, aprieta sus
imágenes en cajas cada vez mas estrechas


                             ¿qué esperar ahora? La espumosa noche
crece como un mar de lonas negras


¿para qué iniciar una conversación?    Pídeme la vida que
es tan poca cosa en este país
esta pampa de sótanos donde ningún Señor pregunta a
Caín
 
"¿dónde está tu hermano?"


                               estoy sólo para ser asesinada
quiero ser tu sirvienta en el crimen
y quiero ser la criatura que hace perverso un filo.


No querías contacto con esas bocas pintadas, con esos
rostros afeitados del día anterior. Sus mentiras tenían la
carne blanda de un molusco. Reían con desprecio.
Tardaban en retirarse lo que la tarde en quitarse del
ligustro


y eras extraña y sin caricias
y pasabas las noches contando las formas romboides del
alambre.


y la tormenta comía los límites del parque.


La congoja de mis labios fue antes, en una copa que por
minutos mordí.


                              yo estoy para las mutilaciones para los
mancos con voz profunda con sus únicos cinco dedos
alzados, agitados en su incapacidad de extrangular.


escribir como un jadeo


      La resonancia de una palabra es tan alta        tan
penetrente la atmósfera de un nombre


       Mi nombre gritado desde esa alta formación de vidrio


                                                                                   ¿es
importante?
            los tacos peligrosos que tocan el mosaico con un
    sonido de pequeño, agudo martillo de plata
        fanfarronadas de minifalda negra, sonámbula en el
    aire escaso que mueven los ventiladores de techo,
    lycra apretada a las piernas      disco de pasta que una
    púa escarba en su herida fatal            y también
        aquel monedero secreto en la liga; con unas separa-
    das monedas de níquel.


                             mujeres embalsamadas en sindicatos
vacíos     aguas infames           cruzadas por un ballenero
espectral     aguas confusas


                                                            nuestra agonía era el
paisaje donde los ciudadanos sacaban a pasear sus Dogos
Argentinos


                                           memoria donde la patinadora
gira con una vela en la mano y su pasión impregna aquel
pañuelo bordado con las iniciales de tu nombre


      La belleza nos retuvo en su vientre como a un niño no
nacido


gargantas fijas que el crimen pule
cabezas rapadas en celdas
y ahora los meses de la peste
y ahora envolvernos en capuchas monásticas


     Todos somos hijos de la tormenta.
    Apaga ya esa luz en la cabina; que el macabro olor a
cebo se desparrame en la niebla


Navegar ha sido ese desdoblamiento de metales y carbón,
para que una tabla busque su isla entre sargazos.


trapo que la sal penetra         la muerte es poca cosa
un aleteo de pájaro en el hombro.


         La muerte es esa lona que el viento ha trabajado
como un amante brusco y ahora cae rota en la madera,
retorcida en su abandono


calavera incrustada en telas negras única bandera que
toca el hueso de los hombres


ya no hay sombras de las sombras de los barcos que el
rencor echó al mar como un vómito de las tabernas, de los
muelles de Liverpool, prostíbulos de Marsella, de los
hospicios de Dúblin ciudades maliciosas          estopa
jergones del hambre, la pesadilla, el daño        torturada
rebanada de pan en una sopa de cebollas     ya no hay
ciudades.


quién busca al ángel rubio y le pone una estaca de plomo
en la frente?


                                ¡atrás los remos!        ¡atrás los botes en la
marea alta de los corazones que vuelven a los hoteles a
pernoctar entre cal amarga!
atrás los huérfanos!              atrás los desobedientes en botes
que el oleaje alza hacia un cielo de un clásico gris de
dinamita!


costanera de los cobardes
balcón donde la memoria llora apretando sus delgadas
rodillas rotas


                                               lenguas dobladas sobre
una palabra que tembló en paredones de ese arrabal
amargo


                                                           la sífilis deja su grano
de oro en el cráneo donde el pensamiento es ceniza       lí-
quido error


y todo para lanzar un furioso garfio contra la ciudad 
perdida        botín perdido          lengua castellana


la ciudad saqueada         ¡a los remos!         pluma desencajada 
pájaro de la traición picoteándoles la frente 
¡a quebrar ese apacible relato de aguas y cielo!. La lengua 
de Dios conoce el ácido de sus cuchillos y no habla en el 
Caribe.


Sólo adolescentes que la fiesta consume. Luego aparecen 
en un auto incendiado; las manos atadas por un breve 
corpiño de lacre.


Un golpe de muleta sobre la madera hinchada de los 
botes.
 


Estos fragmentos pertenecen al libro "Tangos del Orfelinato / Tangos del Asesinato", Leonor García Hernando, colección Mascaró, Buenos Aires, La Argentina, 1999.
© 1999, Leonor García Hernando.

MUY IMPORTANTE:
Si, luego de leer estos recortes, se hubiese usted óquerido lectoró quedado con ganas de más, puede leer el libro entero en:
http://orbita.starmedia.com/~susi_11/mascaro/leonor1.htm


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© del orden caprichoso de estos recortes, Motor Cyberio, 2001