Walter E. Iannelli

Los que vuelven a la casa de Javier

     ¿Por qué volvemos a la casa de Javier? No sé. Mientras Javier me muestra las paredes del baño me lo pregunto una y mil veces y no sé qué contestarme. "Porcelanato italiano" dice Javier y pasa una mano por la superficie de los azulejos instándome a que haga lo mismo. Subo los tres escalones que tengo delante de mí y de pie frente al hidromasaje le escucho decir que los revestimientos anteriores lo tenían aburrido. Con la vista en las imágenes reflejadas en el mármol lo oigo hablar de los niples niquelados y la grifería bañada en oro.
     Caminamos por el pasillo. Javier va delante de mí. Sigue gesticulando y se da vuelta una y otra vez, acomodándose los anteojos de marco dorado, para instruirme de las pinturas que cuelgan en las paredes.
     --Me está costando un huevo --dice subiendo la escalera, después de manotear de la mesa de la cocina un par de botellas de Carcassone.
     El quincho es lindo. Y amplio. Me agradan las ventanas coloniales pintadas de verde, la forma en que la luz se derrama sobre las lajas color ladrillo. Las mujeres cuchichean de cara a la bacha de la pileta, bien al fondo, enarbolando tomates y atados de lechuga. Se les escuchan las risas silenciosas, todavía contenidas. Javier vuelve de revisar la parrilla. Sirve vino en dos vasos y me pone uno por delante. Los chicos le andan por detrás correteándose por un juguete.
     --Qué grandes que están --se me ocurre decir.
     Javier se pone de perfil. En esa forma que le conozco de controlar todo. Sé que está evaluando una vez más la calidad de mi apreciación.
     --Sí --dice--. Están grandes.
     Y entonces me doy cuenta de que soy un tonto. De que me había olvidado de preguntar por Hugo.
     --¿Y Hugo..? --digo.
     Javier da vuelta la cabeza. El reflejo de la luz en el cristal de los lentes no me deja verle los ojos. El resto de su rostro se ha aquietado de golpe.
     --Bien --dice--. Vení.
     Lo acompaño otra vez. Lo acompaño como desde que lo conocí. Pero esta vez me acucia la inquietud de saber qué me hace volver a ver a ese tipo al que me unen nada más que algunos deshilachados recuerdos de facultad. Sin embargo siento que Javier camina delante de mí con la seguridad de que nada ha cambiado, de que aún tiene el derecho a guiarme por la vida, como me lleva ahora a desandar el tramo de escalera y el pasillo con los cuadros hasta la puerta que en el fondo era la única que no habíamos abierto.
     --Está acá --me dice y abre.
     Y, olvidando a qué íbamos hasta esa puerta, estoy a punto de preguntar a qué se refiere, cuando una oleada de olor rancio me tira hacia atrás.
      La habitación está a oscuras, salvo por los filetes de luz que se filtran por las persianas y hacen un simétrico dibujo en el suelo. Javier acciona el interruptor y una diminuta lamparita se enciende a media altura en un costado de la pieza.
     Hugo está sentado en el piso con la espalda en la pared, debajo del marco de la ventana. Las rodillas le sustentan la frente y le esconden la cara.
     --La luz cada vez le hace peor --me explica Javier caminando rápido hacia él y tomándolo de los brazos con suavidad para hacerlo incorporar.
     Lo tiene parado delante de mí pero inevitablemente la cabeza de Hugo se cae y Javier le levanta el mentón para mantenerla erguida.
     --También está grande --dice, sosteniendo al imberbe de inmensos brazos que me muestra el perfil de unos labios tremendamente abultados y una oreja deforme, casi oculta debajo de un mechón de pelo que adivino duro como la paja.
     Entonces siento que debería darle un beso. Pero no sé dónde besar a ese muchachón que nos ha sobrado en altura y se menea como un mono entre los brazos de Javier, babeándose sobre el suéter sucio y los pantalones húmedos.    --Sí --digo y me acerco a Hugo. Le toco un brazo y él da un salto. Gime casi inaudiblemente, solloza con los ojos metidos entre los brazos de Javier como una bestia malherida y asustada.
    --Se mea y se vomita encima --dice Javier cuando cerramos la puerta y volvemos de regreso al quincho.    Yo no puedo hablar. Con una mano en el hombro de Javier me pregunto qué hace que vuelta de vez en cuando a esa casa a repetir la ceremonia. A quedarme callado cada vez que el tipo me pone enfrente ese Hugo que no puede terminar de aceptar, que no entiendo cómo cuernos Dios ha permitido. Acompaño a Javier en silencio otra vez entre los cuadros. Mi mano se apoya sigue en su hombro hasta la escalera. Toda la casa me parece un tumor, un enorme grano purulento, construido y agrandado en la búsqueda del camuflaje, la dilución del otro grano que pica en el fondo del pasillo.
     Arriba los chicos gritan. Mi hija ya está como en casa y corre por la terraza descubierta.
     Empezamos a comer en silencio. Al rato mi mujer y Mercedes intercambian información sobre cursos esotéricos. Javier de a poco va recuperando la locuacidad. Se le nota el ejercicio. Pero yo no puedo dejar de pensar en la pieza de abajo. Ver como Mercedes de pronto parece acordarse de algo y corre por las escaleras y al rato vuelve recomponiendo la sonrisa como si se hubiese olvidado la leche en el fuego. Igual que siempre, voy a dejar que el murmullo me gane hasta el sueño. Entonces, desde otro lado, voy a sorprenderme porque Javier volvió a cambiar el auto y abrió el cuarto negocio de ropa y no tiene tiempo para atender ninguno porque ahora está dedicándose catorce horas por día a la apicultura.
     --Una cosa para empezar a alejarse --dice--. Para empezar a salir del ruido de la ciudad y sentar bases en un lugar tranquilo. Para vivir como dios manda, una vez que los chicos estén crecidos y en condiciones de hacerse cargo de todo.
     Mercedes y mi mujer asienten con la boca llena. Soy el único que puede decir algo pero no lo digo. Me doy cuenta de que Javier cuando dice "chicos" no piensa en Hugo. Sabe que deberá acompañar a Hugo hasta el fin de sus días. Me tienta decirle a Javier que se ha fabricado una cárcel sólo para poder escaparse alguna vez y que, cuando lo haga, si lo hace, va a dejar en ella a los "chicos" para que repitan la historia. Pero no lo culpo, porque pienso en las cárceles que yo me fabrico. Pienso en la que Hugo debe llevar a todos lados. Me lleno la boca con lo primero que tengo a mano, pregunto por las abejas, me dejo batir por la lujuria del vino y de la buena carne que me nubla los sentidos, y me esfuerzo por hacer un chiste que será el primero de una cadena que nos dejará satisfechos de la bondad de los domingos.
     Con el café Javier me explica bien lo de las abejas. Yo lo escucho. Le miro la cara. Las marcas de viruela semejan picaduras. Se me escapa la risa cuando digo que la genética  pareciera marcarnos el destino y otra vez me llevo por delante lo que quiero esquivar a toda costa. El asunto de los malditos cromosomas. Vuelvo a comerme las palabras, miro a los costados a corroborar el desastre que he causado, pero Mercedes no me escucha. Cotorrea a lo grande con mi mujer, los chicos vuelven de los juegos para el postre pero ya no podemos comer más. Reventamos.
      A las seis de la tarde nos damos besos en la puerta. Javier tiene un último impulso, me quiere mostrar el auto nuevo que tiene a media cuadra, en la cochera. Pero yo desisto, le digo que los autos nuevos son todos iguales y que estoy cansado y que tenemos que bañar al perro y a la nena. Y entonces Javier, Mercedes y los chicos se quedan despidiéndonos en la vereda con los brazos levantados, después de las promesas de no volver a perder contacto por tanto tiempo.
     Volvemos en silencio. Mi mujer se ausculta las uñas, hace un comentario sobre alguna casa con un frente de cincuenta metros y una pileta que se ve a los lejos, detrás de las hamacas. Me pregunto otra vez por qué volvemos a la casa de Javier y giro la cabeza y veo a mi hija durmiendo abrazada al perro en el asiento trasero. La felicidad le palpita en la sonrisa, en los brazos temblorosos que aprietan al perro, en los labios que besan el aire entre sueños, frescos y entreabiertos como dos gajos de mandarina. Y, entonces, pienso en Hugo. En ese chico que parece pagar las culpas de la humanidad, encerrado en ese calabozo oscuro, en ese cuerpo que no espera a nadie, que lo pone a una distancia imposible de abrazar. Y tengo unas repentinas ganas de virar la marcha del auto. Ir a buscarlo y sacarlo a la calle y confortarlo con caricias y palabras. Quitarlo de ese cuarto maloliente que parece tener cerraduras más poderosas que las convencionales. Comprarle un perro y llevármelo a casa, a él con perro y todo, para que pueda dormir muchos regresos en los asientos de atrás con los ojos cerrados y llenos de temblor como lo hace mi hija.
     Prendo un cigarrillo. Tiro el humo por la ventana, al sol que empieza a nublarse detrás de las copas de los árboles. A poco de andar me digo que aunque hiciese eso con Hugo, no tendría muchas posibilidades de éxito. Me empieza a conformar la idea de que mi mundo y mi calle no habrían de brindarle alegría, que lo bueno para mí quizá no lo fuera para Hugo. Que quizá sea preferible dejarlo librado a la soledad de una pieza negra, que a la verdad de un tipo de oscuridad a la que no está acostumbrado. Que quizá la justicia resida en la forma en que ese gigante con cara de niño debe condenarse a velar desde las sombras, como un guerrero, la vida de los seres que son felices.
     Y siento que Hugo me pone en mi lugar, hace de mí un hombre que lo tiene absolutamente todo, en su pequeñez, en su descontento. Entonces, poco a poco, voy entendiendo por qué vuelvo de vez en cuando a la casa de Javier, un tipo que me aburre y a quién ya no me une nada. Y le pido a mi mujer que, ya mismo, borre de la agenda la fecha de la próxima visita.
 
 


© 2000, Walter E. Iannelli.

Lectura propuesta para después de leído este cuento :

Los que se van de Omelas (de Ursula K. Le Guin)
Título original en inglés : The Ones Who Walk Away from Omelas (incluido en el libro The Wind's Twelve Quarters). Este cuento fue escrito como una variación a una historia de William James.
Hay traducción al castellano :
Los que abandonan Omelas - Almagesto. Buenos Aires 1996 - Trad. Ariel Bignami
Los que se marchan de Omelas - Las doce moradas del viento. Tomo II - Nebulae. Barcelona 1987 - Trad . María Elena Rius
 

Versiones del cuento pueden leerse en :
http://www.luisbeltran.com/archivos/2004/08/los_que_abandonan_omelas/ Ésta versión es de Carlos Gardini (publicada en El Péndulo)
http://www.scribd.com/doc/418457/Le-Guin-ursula-K-Los-que-se-alejan-de-Omelas
 

Y, por supuesto, para mayores incursiones tenemos el Google.


Uploaded on February 2000.
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