De dónde viene el "noveau-roman"
No es que el "noveau-roman" haya aparecido imprevistamente.
La perplejidad, la incertidumbre y la orfandad que impone la primera parte
del siglo en el hombre, mostrándolo como un desterrado dentro de
su propia vida, ya se preanunciaban en creadores como Kafka, Joyce, Proust
o Beckett. El mismo Robbe Grillet admite su deuda con "El extranjero" de
Camus. Pero la crisis de representación ya había sido emprendida
por otras artes, como la música, que quiebra la anécdota
de la melodía, de toda melodía, y lleva al oyente a buscar
y explorar la ausencia de tono. Messiaen y Cage ofrecen estos trabajos
donde se estimula la imaginación, la creación por parte del
oyente. Y además se hace de la repetición, una secuencia,
que le impone al oyente plantearse dudas y abandonar certezas. "El mirón"
tiene sus antecedentes en Kafka, pero también en "Mercier y Camier"
y en "Watt". El mundo de Beckett preanuncia el "noveau-roman", porque no
hay anécdotas, hay suma de actos triviales, que la mayoría
de las novelas dejaban a un lado, por no significar, precisamente por su
banalidad. Los años í50, y toda la posguerra, ofrecen un hombre
que se construye en la banalidad y se muestra a través de ella.
Si hay metafísica es a partir de cepillarse los dientes o sentarse
en el inodoro. Un ciclo, el de Heidegger, se cerraba con "El mirón".
Las raíces del hombre contemporáneo no estaban en el campo,
en el sendero entre los árboles. Estaban en una calle de ciudad,
donde alguien mata a un vagabundo porque no sabe qué hacer con su
tiempo.
La isla "normal" de "El Mirón"
Las evocaciones del viajante de comercio siempre son obsesivas. Así comienza "El mirón" (Le voyeur), y así termina. Pero el mayor logro de esta novela, que con el paso de los años se transformará en un arquetipo como "El Proceso" de Kafka, es su ambigüedad, las imprecisiones del relato del viajante. En esa historia, en la exótica isla donde ha sucedido el crimen de una niña; Mathias, siempre pone una franja gris, su relato. El sabe que realizó un asesinato, él ve señales o signos en toda la isla, ya sea a través de la cartelera del cine local, de la disposición de los edificios del pequeño poblado, de las argollas que cuelgan en los muelles, o de su trayecto en bicicleta donde su circuito le recuerda cosas. El sabe que es observado casualmente, pero en su relato lo presenta como si fuera vigilado. Toda la minuciosidad con que observa, vende sus relojes, alquila su bicicleta o recuerda la vida de los pescadores, son obsesiones que se le presentan para que él evoque. Pero él prefiere llevarlas a la zona ambigua de su relato, donde todo tiene una explicación. La repetición que instala Robbe Grillet en su novela es la misma que instala Kafka. Pero su aporte literario más relevante es que él no lo explica, lo deja al lector pensar, sobre los infinitos actos perversos que contiene una vida humana, y cómo se soslayan, se mezclan, se confinan con los otros actos, los "normales".