El observado
Tanta gente en esta cola absurda de gusano deforme. Para mayor castigo, ahora, se despejan las nubes. El sol taladra el cuero cabelludo como si fuera manteca. Todos nos miramos buscando apoyo, algo que decir, una palabra, aliento. La cola no avanza, y no avanzar la hace más larga. El hombre de enfrente, parado en la esquina, me mira con indiferencia. Reconozco cada piedra de esta pared, contra la que descansamos la espalda, por su forma y ubicación exacta. Así de frecuentada la pared, la esperanza. La fatiga. El hombre de la esquina me sigue mirando. Agacho la cabeza, confundido. Temo alzar la vista y encontrarme nuevamente con él, escudriñándome, y yo sin saber qué hacer, cómo ubicarme lejos del alcance de esos rayos que barren la distancia, de un solo salto, hasta mí. Con la boca de sus pupilas, abre la caja de Pandora, para exponer fuera del arcón mi traje de cobardía. ¿Y si éste fuera tu ojo, Machado?
Sigue observándome fijamente. Traspaso el umbral de la debilidad para encontrarme con el puñal de su mirada, descargándose contra mí en tajo profundo, por donde se me escapa el ánima. Soy el único desanimado. Esos ojos, ese Ojo global, el conjunto de dos que paren respectivas rectas infinitas hacia atrás, en abismal garganta abierta, en noche abisal. El Ojo genérico, de manos oleaginosas, resbala sobre mi cara, se pasea como babosa por mis mejillas y labios, obturando poros con la gelatina de su baba. Me deja surcado. El de la esquina me observa sin gesticular siguiera, con obscena libertad, deshollándome vivo. ¿Qué clase de ser humano es capaz de atrocidad semejante, de empuñar bisturí como ese para una autopsia solapada y distante? "Ojos que no ven..."; Cortázar... La recorrida minuciosa, cruel, de la que estoy siendo víctima, me agusana. Me deja carcomido por dentro a la vez que convertido en gusano. Siento, a cada segundo, la puntada sin hilo de esa mirada-sastre --para quien estoy desnudo y vulnerable--, mientras confecciona sobre mí el traje inexistente: todos saben que el rey está desnudo, y enloquezco de saberlo yo también.
"¿Y, a vos, qué te pasa, che? ¡A vos, te estoy hablando, degenerado! ¿Qué querés?", retumban en la garganta tanto signo de pregunta y grito ahogado. Esto es una pesadilla. No puedo articular palabra que invoque la vigilia. Su mirada me tiene por conejo entre los dientes, para triturarme en la secuencia laxa e infinita de esos ojos colonizadores --camino de reconocimiento--. No soy yo, sino migajas de lo que era, después de ser objeto diseccionado en esa recorrida. Corpóreas, las perlas cultivadas de su cara, tan lacerantes como blancas, son, en sí mismas, brazos, entrañas, cuerpo entero bajo el que soy asfixiado. ¿Qué hacer? ¿Cómo desaparecer en el sombrero de copa del Hades? Observo a mi alrededor: nada cobra sentido. Adherida contra la nuca, siento la mirada del hombre de la esquina. La transpiración, la puteada que no puedo verbalizar.
Lejos. Al doblar otra esquina. Más lejos. Me voy.
"... me inclino sobre una flor que dejaron en mi
mesa. Su ciega pupila traslúcida me mira; creo que si de verdad
me mirara no me vería", escribió Cortázar. El hombre
observado dejó la fila, y dobló la esquina para perderse
entre tantos. El de la esquina siguió con la mirada fija en el vacío
que dejara el otro. Estuvo, así, media hora. Cuando empezó
a bajar el sol, sacó de un bolsillo de su saco el bastón
blanco, lo fue estirando hasta tocar el piso, y se marchó.