Dos miradas sobre la lectura
Parte I : Con ojos de cómplice
Dice el artículo de C. A. Aguilera "Borges y el folletín"* :
Quizá nadie se alejó-acercó tanto a la institución literatura como Jorge Luis Borges. Toda su obra puede ser considerada un desvío, una problematización o burla de las convenciones, un límite. Una aceptación de ellos.Alguna vez arriesgué : "Leer un libro es escribirlo de nuevo." Y, me parece, Aguilera afirma algo parecido, aunque puede que con mucho más tacto.Cuando clasificamos su narrativa (fantástica, clásica, posmoderna...) no hacemos más que engavetar nuestra propia mirada, esa manera que tenemos de reducir un libro, o construirlo, a partir de variantes de época y lecturas estratégicamente lineales.
Dice "a partir de variantes de época" y lo escucho desde las variantes circunstanciales a la época de quien lee. Porque, se me ocurre, si es distinto leer un mismo libro en distintos momentos de la propia vida, mucho más debe de serlo para diferentes personas de épocas significativamente distanciadas.
Y lo que cambia es el modo de mirar o, lo que (diría) es lo mismo, de leer la realidad. Porque --y acá me arriesgo un poco más-- mirar es leer.
Lo que no quiere decir que no pueda ser usado (un libro es una de las cosas que mayor valor-de-uso posee) sino que pueda escapar de la manipulación ortopédica de Occidente, del intento "fascista" de convertirlo todo en noticia filológica.Si un libro continúa siendo atractivo con el paso de los años, incluso de los siglos, algo debe de contener para zafarse de las cadenas que lo querrían desde y para una época determinada. Y otro algo debe de ocurrir para que nuevas miradas puedan sostenerlo. A esto, bien podríamos llamarlo la "magia" (risas) de lo literario : contiene lo invisible y lo va dejando ver, gradualmente, as time goes by.
No se introducía (Borges) en el mundo para devenir literatura --manera archiconocida de la percepción realista--: se introducía en la literatura para devenir mundo...Esto, sin duda, es lo que pone los pelos de punta a toda la comunidad adherente al positivismo; "lo que no pueda explicarse, no vale nada", gritan, a voz en cuello. Lo singular es que tienen una marcada dificultad para darse cuenta de que sí puede explicarse; aunque no del modo como querrían.
Para el positivismo, la única explicación válida es ésa que viene por el lado de "lo científico". No se trata aquí de que nos pidan explicar, por ejemplo, un cuento o un poema, que proponga una lectura no lineal, mediante el uso de un microscopio o de unas probetas y un bunsen, sino de utilizar los mecanismos que "lo científico" tiene por buenos --es decir : lograr, mediante el uso de alguna traspolación, una versión lineal de aquéllos.
Sin embargo, existen otros modos de explicar lo que cada quien ve; incluso los hay para lo que no se ve. Leer un libro es escribirlo de nuevo; y cada nuevo libro, escrito de este modo, regresará al anterior como un búmerang de la más alta precisión.
Si la literatura es caprichosa, también lo son las miradas que atrae hacia ella; estos caprichos, lejos de anular sus cimientos, son precisamente los que la trasladan de un siglo a otro.
En la tradición oral, los relatos "cambian", se "acomodan" a cada nuevo oficiante. Esto mismo pasa en la literatura escrita, aunque de una manera mucho más sutil. La imprenta fija las palabras; lo que no puede fijar de manera alguna es la posición que el ojo adopte frente a ellas.
Si en determinada tradición lo más normal es que los escritores sean los entomólogos del presente, amarrando sus relatos a una suerte de positivismo de La Verdad, en otras maneras de entender/leer literatura esto importa menos. El escritor no es un bicho obsedido por la "comunicación", la identidad, lo cotidiano... observa la escritura como un gran proceso e intenta complejizarla a medida que escribe. Su capital, si es que alguno posee, más que arcádico es paródico; más que paródico, político.Obseder tiene dos acepciones : obsesionar; absorber. Esto nos obliga a detenernos en la palabra "escritor". ¿Es el escritor la persona que escribe? ¿Es un momento muy particular de esa misma persona? ¿Es la manera que tiene de pararse en el mundo que le ha tocado?
Creo que los hay de los tres tipos; aunque, en lo personal, preferiría enrolarme entre los terceros. Lo que ocurre es que dicho enrolamiento no lo hace quien quiere, sino quien puede. Esto pesa, pero hay que aprender a soportarlo. Quien escribe es el rey de su página, en tanto y en cuanto no la extienda a otros. En este último acto, el de compartir, la corona se le cae indefectiblemente. Vuelto a su cuarto de escritura, se convierte en soberano, una vez más.
Lo maravilloso es que eso que fuera a ocurrir con la palabra escrita se muere de risa de la que pudiera haber sido la postura elegida por su creador. Un determinado autor bien podría haber querido anudarse a la identidad, lo cotidiano, sus compromisos políticos o económicos, cantar para una única persona con nombre y apellido...; en suma : también podría haber elegido que su meta fuera comunicarse... Pero lo cierto es que todas sus intenciones perderán importancia cuando su letra cambie de mano.
Según Shelley, un escritor es grande cuando es capaz de tomar lo que la tradición le ofrece y renovarlo, manteniendo elementos de ésta e incorporando otros...Lo primero es inevitable : ¿cómo escribir desde fuera de las tradiciones que nos hacen lo que somos? Lo segundo nos come el hígado : ¿cómo renovar eso que es parte del suelo mismo que pisamos?
Es difícil imaginar, mientras está domando su hoja del día, que esto fuera preocupación de un determinado escritor. Lo sabe, pero se le hace inalcanzable : ¿Cómo salir a navegar sin una meta? ¿Cómo imaginar esa meta, inexistente hasta el momento, antes de haber arribado? En cambio, tiene intereses muy particulares que le zarandean la brújula, y ese llegar o no llegar a puertos vírgenes no depende por completo de su voluntad. Por ejemplo : "Moby Dick" (rotundo fracaso editorial, en su momento). ¿Quería Melville crear de una vez y para siempre un icono de lo inalcanzable? ¿Un retrato de cómo las obsesiones nos jalan hasta el infierno? ¿O quería nada más ni nada menos que contar una historia de marinos --una que le permitiera seguir escribiendo y llevando comida hasta su mesa?... Sólo podemos fantasear, imaginar que nos metemos en la cabeza de Melville, y desarrollar suposición tras suposición... Es decir : continuar tejiendo la trama de lo literario.
... la misma obra de Borges parte de un error. El error de creer que es clásico (entendiendo clásico como oposición a) un imaginario que se interese por la tradición y la arqueología, el latín y la historia. El imaginario de Borges era totalmente renovador porque entendía lo literario como diferencia (es decir: como algo que no se adscribe al paradigma ad usum) y se sustentaba en un travestismo genérico y la búsqueda de una "ficción" que fuera la puesta-en-límite de otras.La poesía es una ausencia... Esto se puede aplicar a la literatura toda : se nutre de sus huecos, de sus espacios blancos, de lo que a primera vista pudiéramos pensar vacío... Sin embargo, se trata de un vacío que pide ser reflexionado, uno que exige ser llenado, al tiempo que raciona lo que entra y deja salir.
Ese "error", del que habla Aguilera, viene provocado por esa ausencia : cuanto más se la ronda, más se ensancha.
Pero entiéndase una cosa : no todo el mundo está dispuesto a leer de esta manera; veamos a Melville si no, quien terminara sus días como empleado de aduana, por haber nacido, lisa y llanamente, en el momento equivocado --por favor, léase aquí una ironía hacia los defensores de la ciencia a ultranza, ¿o acaso la medicina no nos grita eso mismo en la cara, día tras día? : mueren porque aún no hemos encontrado la cura, pero ya la encontraremos, no os preocupéis que ya la encontraremos...-- En fin; más vale morir que ingresar en esta supermoderna forma de la esclavitud --lo cual, dicho sea de paso, es precisamente lo que hacemos.
Pero regresemos a lo literario.
... una literatura (un relato en general) no remite más que a ella misma, al hueco plano que cada texto cumple en sí mismo, o a la regeneración constante (sin "comienzo absoluto") de otros textos a partir de él.Es decir : sirve para eso; lo cual, desde otras miradas, es lo mismo que no servir para nada. Incluso ese viejo argumento : "complace los sentidos" (lugar común de los más lustrosos), cae estrepitosamente cuando aparece un Sade, un Bukowski, o los hermanos Cohen.
Esto me devuelve más arriba : hay que estar dispuesto a leer, a dejarse poseer por la letra que se cruza en el camino. No por toda letra, claro esté, sino por la que nos sea simpática, la que resuene; al tiempo que trabajamos para ampliar dicho territorio. Porque --no sé si va quedando claro-- leer es un trabajo.
Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la creación artística, seremos argentinos y seremos, también, buenos o tolerables escritores. (Borges)"Buenos o tolerables escritores." Y no es poco; para nada. No; no es poco.
Pero abandonarse... Esto es lo que llamaría : trazar una poética.
Mención aparte merece el juego que produce la palabra "argentino" cuando se aleja del "ser nacional" para acercarse a la plata, ese metal.
La mejor manera de escribir/pensar sobre Argentina es tachándola.Otra vez la ausencia, como palabra tachada. Primero, el vacío; después, lo nuevo; finalmente, eso que lo desplaza, tachándolo... Pero ya no es lo mismo que al principio : no es lo mismo regresar a casa luego de escalar el Everest, nuestra casa será otra.
Escribir es, también, regresar todo el tiempo
a un nuevo hogar, a la infancia que no tuvimos, a reunirnos con amigos
que no saben quienes somos... "Una cierta nostalgia por el futuro" --sospecho
haber leído esta frase por alguna parte--... Y está bien
claro que no hay mirada positivista que tolere semejantes atropellos.
Parte II : Con ojos de ballena
"Moby Dick"... Leerlo con lentitud me ha sido providencial : cada capítulo, largo o corto, se vuelve una historia separada, al tiempo que, entre todos, tejen esa historia mayor, que tanto Huston como Hallmark aprovecharan muy bien.
Recientemente, he vuelto sobre el referido a los ojos y los oídos de las ballenas : 'The Sperm Whale's head -- Contrasted view' --quienes hayan disfrutado este libro ya estarán recordando esa parte; y si no, seguramente lo harán.
Melville hace distintas apreciaciones acerca de la cabeza de la ballena, y de sus ojos y oídos (externos, si cabe, ya que no tienen precisamente lo que podríamos llamar "oreja"). Ahora bien; me interesa destacar lo que va diciendo acerca de los ojos y sus comentarios al paso.
Tirados bien atrás, a los lados de la cabeza, hacia abajo, cerca del ángulo de la mandíbula, se puede ver los ojos del Leviatán, no tienen pestañas (lashless eyes), son del tamaño de los de un potrillo joven --aclaro que no estoy traduciendo con exactitud (suponiendo fuera posible); simplemente, me hago eco de las palabras que me interesan.
Llegamos así a una primera particularidad : lashless eyes, ojos sin pestañas... Esto ya le da, a la visión de la ballena, otra dimensión. Las pestañas nos ofrecen, a humanos y afines, un cierto grado de protección cuando nuestros ojos se encuentran a merced, sobre todo, del viento y lo que éste arrastra : polvillo, pequeñas piedras, insectos... Se podría pensar que, bajo el agua, es fácil deducir por qué, a la ballena, las pestañas le salen sobrando; y, por lo dicho, tramposamente si así lo quieren, se trata de una deducción hecha debajo del agua --olvidaré, por un momento, que las ballenas deambulan también por la superficie--. Primera apreciación : la ballena mira con ojos desprotegidos, tiene una mirada que no se ataja en lo absoluto --siguiendo con el juego de palabras que mi propio discurrir me ofrece : una mirada que no se ataja remite a una sin atajos. Y más aún, si tenemos en cuenta que la Sperm Whale está siendo comparada con la Right Whale (right : recto, justo, equitativo; propio, conveniente; debido; correcto, exacto; fundado; verdadero, cierto, real, genuino, legal, legítimo; derecho, directo, en línea recta; ordenado, ajustado; derecho [lado, mano]; sano; cuerdo; que conviene, que se busca, que se quiere...)
Nuestra mirada, en cambio, se protege, se ataja... Algo ganamos y algo perdemos --dicho esto, esforzándome por no darle un carácter moral--; el asunto es revisar, en cada ocasión, qué se gana y qué se pierde. Interesante labor será, por lo tanto, tratar de imaginar lo que podríamos llegar a ver mediante unos ojos tan despojados, tan abandonados frente a su entorno, tan propensos a trazar poéticas que acompañaran cada vistazo.
A paso siguiente, Melville comienza con la parte más interesante de su descripción/monólogo : la disposición de los ojos. Los mismos se encuentran en un lugar que, con facilidad, permite suponer que nunca podrá ver un objeto que esté directamente delante, ni tampoco uno que estuviera justo "a popa" (astern). Una posición correspondiente con la de las orejas en los humanos; imaginemos, pues, cómo sería ver desde ellas : unos treinta grados hacia cada lado de una mirada recta. Un enemigo que viniera, con puñal en alto, directamente desde adelante, sería totalmente invisible; lo mismo para cualquier ladrón que quisiera despojarnos desde la espalda. Sería como tener dos espaldas, al tiempo que dos frentes (puesto que, desde la perspectiva humana, el frente está justo delante de los ojos).
Tanto para los humanos como para la mayoría de los animales, los ojos están ubicados de tal manera de complementarse para formar una sola imagen (podríamos llamarla "imagen amalgamada", "en estéreo"). Pero, para la ballena, ese modo como tiene ubicados los ojos, separados por la inmensa mole de su cabeza, igual que una gran montaña separaría dos lagos en sus correspondientes valles, debe de formar dos imágenes totalmente independientes la una de la otra. Dos imágenes separadas por una inescrutable oscuridad, una inmensa nada. Para los humanos, mirar es como estar dentro de un cuarto con dos ventanas sobre la misma pared; para la ballena, en cambio, sería como si esas ventanas estuvieran en paredes opuestas.
Con los ojos abiertos, una persona no podrá dejar de ver lo que tuviera delante; y, para atender a un objeto en particular, deberá desatender todos los de su entorno. ¿Cómo será entonces, para la ballena, ver dos imágenes, completamente diferentes cada una de ellas, rodeadas por total oscuridad? ¿No sería como intentar resolver simultáneamente dos problemas matemáticos bien distintos?
Melville concluye, reflexionando interrogativamente : ¿Para qué tratar de ensanchar nuestra mente?... Hagámosla más sutil.
Vivimos tiempos de dictadura : la dictadura de la imagen. No es difícil, por lo tanto, descubrir por qué los sistemas lineales se han adueñado de la mayoría de los foros : lo que no esté directamente al frente, deberá ser enfocado; habremos, entonces, de alinear la mirada con su posición relativa.
Lo que escapa a ese particular esquema dictatorial es que, cuando rotamos la cabeza para ponernos en línea, toda la realidad emprende un giro proporcionalmente opuesto. Vale decir que ya no estaremos frente a la misma realidad de cuando teníamos la cabeza ladeada. Este corolario del principio de incertidumbre suele pesarse a la ligera.
En la mirada de la ballena, tenemos un teorema a resolver, o lo que sería análogo : un poema por declamar.
El trabajo de mirar eso que tenemos frente a los ojos como si fuera dos cosas, pertenecientes a mundos separados por una inmensa mole de oscuridad, nos exige un afinar nuestra capacidad de ser sutiles : ver, en lo mismo, lo diferente; y, en lo distinto, lo emparentado. Intercambiar de lugares lo justo con lo recto, lo equitativo con lo conveniente, lo propio con lo debido, y así, siguiendo, en una interminable fila no necesariamente recta ni curva, sino como si se tratara de dos paisajes combinados dentro de --y para formar una-- trama sutil.
Mirar como se lee, leer como se mira... Olvidar pestañas y miradas fijas, obsesionadas por el punto, para observar --abandonarse a-- la vastedad del plano, para alcanzar lo espacial en el momento más desatendido. Las pestañas han sido, más de una vez, comparadas con los barrotes de una celda : he aquí, nuevamente, esa sutileza que diferencia una "misma" cosa, cuando es aferrada por el lado que obedece a su utilidad, de cuando queda librada a un tomar mediante la caricia.
No es lo mismo poseer por la fuerza (arrebatar, usurpar), que mediante la seducción.
A esto, habría que agregar una especial consideración para con los tiempos oportunos, el Kairós nuestro de cada día. Habrá momentos cuando será imprescindible la mirada lineal (como cuando el puñal aceche); pero habrá otros cuando ver doble, la trama en lugar del hilo, el sutil entrecruzarse de las fibras, hará que nos detengamos sobre la circularidad del horizonte : poema a declamar, espacio a reclamar en el mismo instante que surgiera.
No se trataría, solamente, de aprender a leer poesía o disciplinar el ojo hacia el fluir de lo literario, sino de ver la poética que hace a la visibilidad de toda imagen. Lentamente, con trabajo --y quien habla de trabajo es muy probable que esté también hablando de dolor--, las distintas imágenes desnudarán sus esqueletos, sus colores pasionales, y habremos dado un primer paso para saber si serán capaces de trasladarse de un siglo al otro, ofreciendo nueva sustancia.
Una misma imagen, una misma palabra, será dos : primera hilera de puntos para lo infinito. Pero, y atención a esto, mirar como las ballenas, nos pondrá a un paso de ellas; y seremos cazados hasta los límites de la extinción. El universo nos verá nadar torpemente entre las naves balleneras, tratando de saber qué ojo usar --cuál será el más apropiado--; y en nuestros esquives, habrá quien supondrá la existencia de dudas. Esas mismas que parecen no existir cuando el arpón espera, apuntado, la hoy extremadamente débil presión que necesitan los gatillos.
Creo, de paso, que lo dicho aquí pudiera servir para fundamentar aquello de que leer es un trabajo, para el que no todos están dispuestos a firmar contrato.
* Artículo aparecido en "Crítica" - Revista cultural de la Universidad Autónoma de Puebla (México). Nueva época, junio-julio de 2000, #82 (todas las citas aquí presentadas pertenecen a allí).
El presente artículo fue publicado en "Crítica" - Revista cultural de la Universidad Autónoma de Puebla (México) (enero-febrero de 2001, #85).