TIBURÓN
Casi a la carrera, entró en el bar.
A pesar de que tenía pinta de haber rebasado los cuarenta, tenía
treinta y seis. Antes de tomar asiento, echó una breve mirada sobre
su hombro, como comprobando si le seguían. Se sentó en un
taburete. Con los codos apoyados sobre la barra, se sacó un arrugado
paquete de Ducados del bolsillo de la camisa y un encendedor de plástico
barato. Se encendió un pito. Con el dorso de la mano, se secó
aquella frente a la que, con justicia, habría que llamar ya calva.
Era mediodía; verano. Afuera el sol pegaba duro.
óPonme un whiskey. Jim Beam. Con hielo. óPidió.
óJim Beam... No tenemos.
ó¿Cómo que no? Lo estoy viendo. Allí. óSeñaló.
óAh sí.
El chaval de la barra metió un par de hielos en un vaso de tubo y, de puntillas, alcanzó la botella del estante. Planeta de paletos incompetentes, pensó José. Sacó un fajo de servilletas de papel del servilletero. Era un fajo innecesariamente grueso. Total, no las pagaba él. Se lo pasó por la calva, secándose el sudor de nuevo. Aquel sudor hijoputa que no paraba de brotar a mares. Arrugándolo con una sola mano, lo arrojó al suelo, como asqueado. Tengo que estar por todo, joder; por todo. Alargó una mano hacia su copa y, tras pegarle un tiento al whiskey, expulsó una bocanada de aire caliente y confortante. Por lapso de unos treinta segundos se sintió mejor; hasta que una mano se posó sobre su hombro y una voz dirigida a él le increpó. Apretó los párpados y no se volvió, conocedor de antemano de lo que seguiría a continuación.
óHostias, José. Que el Pinto no arranca. Pero nada, nada, ¿eh?. Ni puta señal de vida. Fenomenal: Tú llegas con tu grúa, lo descargas, y te abres dejándonos con todo el percal. ¡Muy bonito, hombre! ¡Pero que muy bonito!
óClaro que no arranca. Como que no tiene motor. No te jode.
óQue no tiene, ¿QUÉ?
óSi os hubierais molestado en abrirle el capó...
ó¡Me cago en tu puta madre...!
óOye, sin faltar, ¿eh?. óLe cortó volviéndose al fin y retirando aquella mano de su hombro. Eso era: Un arranque de fingida dignidad tal vez suavizara el broncazo.ó Querías un Ford Pinto yankee de policía para vuestro puto anuncio: Tenéis un puto Ford Pinto yankee de policía. Sin motor. Bastante me ha costado que funcionen las sirenas del techo. Yo trato con carros, pero de mago, nada, ¿estamos?
ó¡HOSTIA PUTA DE DIOS! El Ford tiene que moverse. Léeme los putos labios: Mo-ver-se. Tengo a toda la gente de producción parada. ¡Y no hablemos de los alemanes! ¿Me quieres decir qué coño se supone que tenemos que hacer ahora?
óY yo que coño sé. Empujadlo.
Se volvió hacia su whiskey, mirando al frente como si aquello no fuera con él. Tomó un trago meditadamente largo, los ojos cerrados, y deseó que cuando bajara la copa aquel cretino se hubiera ido. Que se vaya, que se abra ya, por dios, no puedo soportarlo, suplico. Soy ya viejo para esto. Depositó el vaso sobre la barra y abrió los ojos expulsando directamente desde las tripas otra bocanada cálida y etílica. El cretino seguía allí, a su espalda. Pudo ver su cara reflejada en el espejo que había justo detrás de la barra. El cretino mantenía apretados los labios, en un evidenteesfuerzo por no dar salida a la sarta de improperios e insultos que José esperaba oír de un momento a otro. Aguantó así, apretado, congestionado, casi medio minuto. José fumaba, tratando de aparentar despreocupación, tenso sin embargo. Sólo podía esperar que terminara ya todo de una vez. Cuando el estallido de ira del cretino llegó al fin, fue casi liberador. Fue, además, bastante moderado para lo que José había esperado oír.
óMALDITO... óRebuscando en su limitado diccionario mental del insulto y sin dar con nada mejor se decantó al fin por:ó ...¡MIERDA! ¡Te juro que es LA ÚLTIMA VEZ que trabajamos CONTIGO!
El cretino se encaminó a paso apresurado a la puerta, por donde salió como una exhalación. José tomó otra servilleta del servilletero. Con ella se secó de la calva un diminuto escupitajo producto involuntario de la iracunda bocaza del cretino. Terminó su copa y pidió una segunda, que se tomó percibiéndola como merecido premio a su pequeña y rutinaria victoria: Bien, allí terminaba otra jornada de trabajo para él. Sacó de su bolsillo un sobre de papel, arrugado y sin nada escrito, y contó: Efectivamente, estaba todo: Ciento ochenta mil pelas negras como bestias, libres de impuestos: Veinte mil, que pulcramente separó y se metió en el bolsillo, eran para Paco, por conducir la grúa. Otras treinta mil para El Cantabro, que le había proporcionado el Pinto directamente desde su cementerio de coches. Eso le dejaba a él ciento treinta mil netas. No estaba mal. El cretino, al igual que todos los cretinos de publicidad con que tenía que tratar, acabaría llamándole de nuevo tan pronto surgiera otro trabajillo. No parecía demasiado cabreado y, en cualquier caso, ¿a quién cojones iba a llamar sino a él la próxima vez que necesitara un automóvil inusual? Cojones, sonrió guardándose el sobre lleno de pasta en el bolsillo trasero de sus tejanos: Tal vez José fuera un impresentable, pero su amplio elenco de contactos le daban la exclusiva en aquel negocio extraño. Al menos en su ciudad.
A José, desde siempre, si algo le había gustado con locura eran los coches. Ya en el patio del colegio, cuando chico, se le podía sorprender enfrascado en un rincón, las narices metidas en el último número de la revista ìAutopistaî mientras los demás jugaban al fútbol. Durante la adolescencia, mientras todos los chavales meneaban la cabeza en los conciertos de rock o sacudían sus anos en las pistas de baile mirando de reojo a las jovencitas, José se embutía en el cráneo datos sobre cubicajes y gruesos libros de mecánica.
A los dieciocho años y tras una larga cosecha de fracasos en los estudios, José entró, con la sonrisa de quien hace su sueño realidad, a trabajar en un taller de reparación de automóviles. Trabajaba duro y, a pesar del sueldo miserable, aquella sonrisa tardó casi tanto en borrarse como la grasa que pintó de luto el reborde de sus uñas durante la práctica totalidad de su juventud; el mismo luto que parecía repeler a las chicas como loción mágica en las contadas ocasiones en que salía por las noches. Jamás me casaré, se decía, viéndolas mirar de reojo en su dirección y leyendo de sus labios la palabra ìguarroî. Claro que te casarás, imbécil, le había dicho su viejo. Te casarás con la primera que se presente, gilipollas. Y así había sido: Un buen día, cuando él contaba aún con veintitrés años, entró en escena Amelia. Amelia, que no le llamaba guarro. Amelia, con su comprensión y con su coño, los tres allí proporcionándole ternura durante aquellos momentos en que la sonrisa comenzaba ya a hacer las maletas para largarse ya bien lejos de su jeta y no regresar. Verdaderamente, a los veintitrés, a pesar de que hacía ya casi años que había pasado de aprendiz a trabajador de pleno derecho en el taller, comenzaba ya a estar, digamos, ASQUEADO de pasarse el día arrastrándose debajo de los carros: Sencillamente regirarles las tripas a los coches ya no se la ponía dura.
Por aquella época, se sentía desorientado y tomó la costumbre de, cada día, a la salida del trabajo, bajar al bar ìEsturiónî y sentarse allí prácticamente hasta la hora de dormir. La cena, la solía pasar por alto, y, aunque raramente se emborrachaba, descubrió que le hacía bien estar allí, simplemente sentado, asiendo un whisky hasta bien entrada la noche. Desde luego, era preferible que tener que aguantar las bobadas de su viejo allá arriba, en casa. Allí, en aquel bar, se podría decir que José encontró cierto espacio vital. Básicamente, lo que hacía José en el bar era soñar despierto. Generalmente, en sus sueños, José poseía su propio concesionario de automóviles. El luto perpetuo de sus uñas se había largado a importunar a otro y José paseaba con su traje inmaculado entre los Porsches, relatándole a un cliente potencial las excelencias de tal o cual modelo. Porque, la mayoría de las veces, se trataba de un concesionario Porsche, aunque a veces su fantasía desatada acariciara el sacrosanto Ferrari y otras, ya mas comedido, se rebajara a vender Toyota. José, acababa siempre sellando su onírica venta con un fuerte apretón de manos. Durante el apretón, José echaba cuentas mentales de su porcentaje en la venta y, si alguien en aquel bar se hubiera detenido a observarle, le hubiera visto aflorar la sonrisa.
Horas después, sobre la una de la madrugada, José se levantaba de su taburete. Con mueca agridulce, tomando de nuevo conciencia de su realidad, pagaba y se subía para casa. A cada peldaño rezaba para que aquel viejo tarugo se hubiera ido ya a la cama. Su madre había muerto siendo el muy pequeño, así que desde que podía recordar le había tocado vivir con su padre y con su hermano. No es que odiara a su padre, pero el hombre era obviamente un paleto tocacojones al que, por viejo y por padre, había que tolerar. Su hermano no contaba como persona. Su hermano se llamaba Borja. Se trataba de un bicho raro adolescente que vivía totalmente encerrado en sí mismo. Raramente hablaba y, si alguien se dirigía a él, solía responder con un gruñido. Se pasaba el día entero echado en la cama escuchado a David Bowie, generalmente sujetando entre las manos la funda del disco todo el tiempo, escrutándola, como si siempre hubiera algo distinto que ver o que leer en aquella puta carátula.
Una vez, el viejo había pillado a Borja vestido de mujer delante del espejo, haciendo posturitas y lo había echado de casa. Borja quería ser Bowie; sin embargo, de bicho raro, no pasaba. Borja se fue a vivir entonces a casa de su novia donde, en represalia, confeccionó un cartel que fotocopio y colgó por todo el barrio. ìImportante productora de porno precisa actoresî, rezaba el cartel: ìAnimalismo, coprofagia y sexo en grupoî. ìInteresados pónganse en contacto...î. En el cartel figuraban la dirección y teléfono de la casa del viejo. Pronto, José notó que sus compañeros del taller le miraban raro y se sonreían malevolamente. La portera cuchicheaba a su paso torciendo la mueca. Los chavales del colegio del barrio le gritaban desde el patio agarrándose el paquete y haciéndole gestos obscenos desde el otro lado de la reja. El caso es que fue precisa una primera andanada de llamadas telefónicas depravadas y que se presentara un hombre vestido únicamente con unos zapatos, una gabardina, y un fardapollas de cuero llamando al timbre para que José y su viejo se enteraran de qué cojones estaba pasando. Después de todo, José vivía en su mundo paralelo en el que se alternaba el taller con el triunfo soñado; en cuanto al viejo, tras su salto evolutivo de parado a jubilado, se pasaba el día en camiseta frente a la caja tonta. Finalmente, tras el cambio del numero de teléfono de casa y un par de incidentes en los que hombres de cuero se vieron obligados a huir calle abajo ante la intimidatoria escopeta del viejo, las cosas volvieron a su cauce: El viejo perdonó a Borja, quien regresó a casa para proseguir la disputada competición por el Trofeo a la Desidia por la que él y el viejo fósil luchaban cada día.
Fue durante una de aquellas noches en el bar, haciendo tiempo para que el viejo se fuera a la piltra, cuando José conoció a Amelia. Amelia, sin llegar a jugar en la liga de adefesios femenina, era de esas chicas cuyo físico, nada más verlas, provoca que acuda a la mente una palabra: ìcerditaî. Su irrupción en la a vida de José en aquel punto fue tan inesperada como salvadora. Inesperada porque, exceptuando sus cuatro manidas fantasías onanistas durante la apresurada y funcional gallarda diaria, José raramente tenia presente al sexo opuesto. Salvadora porque la rutina, personificada en el taller, el bar y el viejo, estaba comenzando ya a erosionar la cordura de quien, en realidad, jamás se adaptó demasiado bien a su entorno.
No cabe dudar de que José se enamorara perdidamente de Amelia; pero en realidad, José se enamoro también perdidamente de lo que Amelia representaba: Amelia era una puerta que decía ìsalidaî. Una puerta que decía: ìAllá te quedas viejo puto vegetal con tu tele. Allá te quedas tú, pobre mamón, con tus discos de mierda y que lo disfrutéis. Yo me abro.î Sencillo: Todo cuanto había que hacer era vestirse de payaso unas horas (Pajarita, flor en el ojal y tarta para los gorrones) y comenzar una nueva vida. Y así fue como, apenas un par de meses después de conocerla, José le propuso matrimonio a Amelia. Sí, dijo ella.
Los años se habían sucedido y, efectivamente, el matrimonio supuso un cambio a mejor para José. Lejos de resultar idílica, la convivencia con Amelia tampoco podía calificarse de infernal. Llegaron dos criaturas. Por un cliente del taller, José consiguió un empleo en un concesionario de coches usados. Bien, lo más cerca que estuvo jamás de su sueño fue una vez que consiguió vender un Porsche 924 de segunda mano, del 83. Por lo demás, pronto se percató de que aquello era mucho peor que el taller: A lo largo de toda la jornada José tenía que cepillar y sonreír frente a toda clase de subnormales; en su mayoría gusanos de medio pelo que no podían permitirse un coche nuevo pero que se creían con todo derecho a EXIGIR. Mira, tratar con motores y con máquinas no es agradable, pero tratar con gente es MUCHO PEOR, le decía a Amelia. Pues déjalo, yo ¿qué quieres que te diga? decía ella. José bajaba entonces al bar y se tomaba unas cuantas. Ya no soñaba despierto con concesionarios; ni con nada. Se limitaba a dejar la mente en blanco durante horas, dejándose invadir por el sopor etílico. Amelia miraba la tele arriba, en casa. Fue entonces cuando llegó aquel tipo de publicidad al concesionario.
El tipo se presentó como ayudante de producción de ìUltravideoî. Iba buscando, dijo, alquilar un Chevrolet Corvette color negro de finales de los sesenta para una escena de una película. Sólo serían un par de días, dijo. Cuando aquel trajeado dijo lo que estaban dispuestos a pagar por DOS DÍAS de alquiler de aquel cacharro, José tuvo un amago de apoplejía. Porque José CONOCÍA a un tipo que tenía UN CORVETTE NEGRO. Vale, el modelo era de los setenta, pero, José estuvo de repente seguro de ello, aquel mierda tragaría: Después de todo, ¿de donde cojones iba a sacarlo si no?
La voz se corrió. Las productoras de publicidad tenían el teléfono de José tintineando todo el día. Los encargos se sucedieron. Pronto, José mando a tomar por culo su empleo de vendedor. Literalmente. Tras el alquiler de un Jeep original del ejército americano que le reportó pingües beneficios, José entró en el despacho de su jefe y, con el dedo medio extendido, le mandó al infierno. A partir de entonces y gracias a sus contactos, se dedicó ya a jornada completa a encontrar automóviles poco usuales para spots publicitarios, películas de bajo presupuesto y similares: ¿Una ambulancia de los cincuenta? La tengo. ¿Un Hispano Suiza verde? No me diga más. ¿Cuantos Studebaker Coupé dice que necesita? No era mal trabajo: Tan sólo exigía contactos, conocimientos del mundo del carro, de los que José iba sobrado, y un espíritu chanchullero, del que José resultó no estar para nada privado. La peor parte era aguantar las broncas de los mierdas engreídos y pusilánimes del mundillo de la publicidad. Como la que se acababa de mamar. Bien, imbéciles los había en todas partes. En casa del viejo, sin ir mas lejos, había tenido que soportar a dos durante años. Y qué cojones; al menos aquello pagaba las facturas de los críos.
Sólo que, ¿de dónde cojones iba a sacar ahora el Tiburón DESCAPOTABLE y ROJO?. La conversación había tenido lugar en el despacho de Aitor hacía unos diez días:
óBueno, lo que quiero decir no es que vaya a ser más o menos problemático de conseguir: Es que, básicamente, el Tiburón DESCAPOTABLE NO EXISTE porque JAMÁS FUE FABRICADO.
óPues si no existe te lo pintas al óleo. Luego te lo traes. Mira, José, ¿tú sabes de cuánta pasta estamos hablando? Además el señor Ramírez sostiene que sí que existe. Te estoy diciendo que él vio uno.
óY yo te estoy diciendo, maldita sea, que me he chupado todos los catálogos de Citröen desde el principio de los tiempos y jamás ha existido nada así. ¿Me estas diciendo que ese puto paleto vende leches sabe más de coches que yo?
óTe estoy diciendo que el puto paleto vende leches, como le llamas tú, te va a dar presupuesto prácticamente ilimitado para que le consigas EL COCHE QUE QUIERE para su puto anuncio de leche. Debería bastar.
ó¿Y si no basta? ¿Y si no hay un puto Tiburón descapotable en el mundo que pueda traer a tu anuncio de leche multimillonario?
Aitor se dirigió a su escritorio y se sentó en el borde de la mesa. Encendió un cigarrillo y fijo una mirada grave en José.
óEntonces estás jodido. Mira, José, sabes que yo podría entenderlo. Pero los de arriba están hasta el pijo de tus chapuzas. Hartos. Se supone que no debería de decirte esto, pero como esto no salga bien, la habrás cagado pero bien. Se habrán acabado las llamadas. No habrá mas curro para ti.
ó¿Ah, sí? ¿Y quién les va a conseguir en adelante sus carros de ensueño?
óJosé, esto ha funcionado antes de que tú entraras y seguirá funcionando mucho después de que te largues. Aquí se mueve mucha pasta y tú lo sabes.
óEso son hostias. Quieres meterme el miedo en el cuerpo. Eso es lo que pasa.
óTómalo como quieras. Yo de ti me espabilaba. Pero ya. Tienes hasta el uno de agosto. óDio una profunda calada a su cigarrillo y añadió con voz más grave que nunca:ó Esta vez va en serio. Nada de sucedáneos de mierda con ruedas. Ni de pedazos de chatarra que no andan. Rojo y descapotable. Y flamante. O vete buscando otra cosa.
José se dirigió a la puerta y salió pegando un portazo tan fuerte que se le resintió la articulación del hombro. De aquello hacía exactamente siete días. Una semana después, seguía sin pista alguna de cómo encontrar el jodido Tiburón descapotable. Si en los tres o cuatro días que faltaban para agosto no encontraba el carro y si Aitor no mentía, su chanchullo sería historia. Se llevó la mano al bolsillo trasero de los tejanos; volvió a sacar el sobre con la pasta y la contó de nuevo. Aquello le ayudó a relajarse. Aquello y el whiskey. Se pidió un tercero. Lo iba a necesitar. Pidió cambio al chaval de la barra y, sacando de su cartera una arrugada servilleta de papel con un número de teléfono apuntado, se fue directo al teléfono del bar.
ó¿Hola? Sí, ¿podría hablar con Julián Marías? Hola, Julián; mira, soy yo, José. El del anuncio de la tele y tal. Que sí, que he estado hablando con producción y están de acuerdo. Todo okey. Sí, al final vamos a sacar tu Tiburón. Si te parece me paso por allí en media hora o así, ¿vale? Venga, allí nos vemos entonces. Hasta luego.
José regresó a su taburete. Se terminó el pitillo, pagó y salió del bar. Decidió ir dando un paseo hasta la casa de Julián. Los veinte minutos de camino le darían espacio para ensayar mentalmente todo lo que iba a decir. Visualizó hasta el mínimo detalle: Las muecas, la palmada amistosa en la espalda que le daría si se terciaba, el tono distendido... Todo. Aquí era. Tiró su cigarro al suelo y lo pisó. Se recolocó los faldones de la camisa por dentro del pantalón. Se aclaró la garganta, escupió y llamó al timbre. Julián abrió la puerta. Pese a contar aproximadamente con la misma edad de José, Julián aparentaba menos años de los 35 que tenía. Eran probablemente el tupé y la indumentaria de rocker, lo que conferían a Julián aquel aspecto juvenil, aunque, todo había que decirlo, algo patético. También ayudaba su complexión: Julián era considerablemente mas alto y fornido que José.
ó¡Señor José! ¡NADIE, CARIÑO, ES EL DEL ANUNCIO! Pase, pase. ¿Quiere tomar algo?
óNo, mira Julián, tengo un poco de prisa. ¿Qué te parece si pasamos directamente por el garaje y me llevo el coche?
ó¿Así pues va en serio? ¿Va a salir en el anuncio? Hostia, van a flipar cuando lo cuente en el Club de los Tiburones. Mi preciosidad en las teles de toda Europa. Tremendo, tío.
óEso es: Por toda Europa. ¿Eh... vamos tirando?
óClaro. CARIÑO, VOY AL GARAJE UN MOMENTO. AHORA VENGO. Vamos. La puta cómo van a flipar en el club.
Julián cerró la puerta a su espalda y los dos emprendieron el camino hacia el garaje, dos manzanas más abajo. José había conocido a Julián la semana anterior, precisamente en el Club de los Tiburones, una asociación de orgullosos patanes poseedores del mítico Citröen Tiburón. Tras conseguir un listado de todos los afiliados, José se había pasado la semana anterior de casa en casa, viendo el ganado, se podría decir. La conclusión fue que el dueño del Tiburón en mejores condiciones era Julián. Aquello, por una parte, empeoraba las cosas, pero esta vez no había mas remedio: No podía presentarse al rodaje con un cacharro; no después del ultimátum de Aitor.
óEh..., señor José, ya sé que está feo hablar de pasta, pero... eh... el precio...
óTodo arreglado. El convenido. Cincuenta mil diarias hasta que acabe el rodaje, sobre aquello del diez de agosto.
óCojonudo, eh... Cojonudo de verdad, señor José.
La mayoría de los afiliados a Los Tiburones, José pronto pudo comprobarlo a lo largo de sus visitas, respondían al estereotipo del pirado nostálgico que cuidaba su máquina como a un hijo. Qué cojones: Mejor que a su propio hijo. La mayoría había adquirido su coche con veinte años; tipos simples que rondaban los cuarenta, hoy ya casados con churrumbeles, que se aferraban a sus idolatrados cacharros como a un reducto de un pasado glorioso. Había algo muy lamentable en todo ello, pero también algo de emotivo.
Llegaron. Julián se agachó y levantó la persiana de aquel parking individual que Julián, José estuvo seguro de ello, apenas podía pagar con su sueldo de medio pelo.
óBueno, bueno... ¿COMO ESTÁ MI NENA?
Y allí estaba. RELUCIENTE y FLAMANTE. Y también NEGRO y con CAPOTA. Era, desde luego un coche precioso. José se fijó en cómo la embelesada mirada de Julián se centraba en el coche. En como la mandíbula de Julián caía un palmo como lastrada por la felicidad. Percibió el amor que Julián destilaba por aquella máquina. De repente comenzó a sudar profusamente. Se pasó una mano por la calva y rápidamente se encendió otro Ducados y chupó con fuerza.
óBien, aquí lo tiene. ¿Todo en orden, jefe?
óEstupendo, Julián. Si, es ideal. Como lo recordaba. Bueno, formalicemos las mierdas legales y acabemos ya con esto. Anda, firma esto. óDijo José sacándose unos arrugados papeles del bolsillo y tendiéndoselos.
ó¿El contrato? óJulián los hojeó, el ceño fruncido.
óEl contrato, eso es.
José se fijó en cómo Julián movía los labios mientras leía para sí, pasando folios adelante y atrás; un párrafo aquí y un párrafo y allí. Se va a rajar, pensó: El hijoputa se me raja. Y por un instante estuvo seguro de ello. Llamaría a la productora: NO hay TIBURÓN, les diría; y colgaría. Y allí habría acabado todo. Sin embargo, Julián levantó finalmente la mirada de los papeles y se palpó todos los bolsillos hasta que por fin de uno de ellos sacó un bolígrafo barato.
óBien, supongo que si todo está en orden, entonces no hay más de qué hablar. óDijo a José con una sonrisa. Luego, apoyando el fajo de folios contra la pared, comenzó a firmarlos. José sudaba más que nunca. El calor que pegaba en aquel garaje se volvió de repente horroroso. Tuvo la impresión de que Julián firmaba con una lentitud insoportable. José quería agarrar el coche y largarse de allí ya de una puta vez. Julián terminó, finalmente
óListos óDijo tendiéndole todo el papelamen.
óFenomenal. Mira, eh... esta copia es para ti. Ya está.
óMuy bien. ¡He! ¡Cuando lo cuente en el club! Aquí tiene las llaves, jefe. óEn el momento en que José iba a tomarlas Julián retiró la mano y añadió muy seriamente: óY cuídemelo, ¿eh?
ó¡Pero hombre! ¡Julián!
óNada, nada. ózanjó Julián tendiéndole las llaves de nuevo.
José abrió la puerta, entró en el Tiburón y cerró. La llave giró en el contacto. Arrancó a la primera con un ronroneo que denotaba excelente salud. José se quedó quieto allá adentro unos segundos arrullado por la vibración. La impaciencia había sido reemplazada por una especie de sensación de inevitabilidad ante el desastre inminente. Se sintió, de repente, incapaz de arrancar. Todo cuanto tenía que hacer era detener el motor, salir, devolverle sus llaves a aquel gigantón con tupé, romper el contrato... Unos nudillos llamando al cristal ventanilla le sacaron de su ensoñación. Hizo girar la manivela, bajándola.
óSe llama SARA. óDijo Julián.
ó¿Cómo?
óSARA. El Tiburón. Se llama Sara.
Sin responder, José fijó la vista al frente y pisó el acelerador para alejarse de allí. Por el retrovisor vio a Julián saludarle levantando una mano. Como en un sueño, condujo en silencio hasta el garaje de Paco. Entró el coche directamente adentro y lo aparcó detrás de un Renault Alpine que habían utilizado para un anuncio de After Shave y que todavía tenían que devolver. Paco se levantó de la silla donde se encontraba recostado comiendo un bocata. Le levantó una mano como saludo. José salió del coche y cerró la portezuela.
óUah! Que majo es oye. óDijo Paco con la boca llena, pegándole acto seguido otro muerdo al bocata.
óSí que es majo, sí. óLos dos permanecieron unos instantes en silencio contemplando la majestuosa máquina. ó¿Tienes la pintura? óPreguntó José. Paco asintió en silencio y sin dejar de masticar. José asintió también. Los dos se quedaron un rato más, allí de pie, asintiendo y mirando muy fijamente el Citröen, como rindiéndole pleitesía antes de la atrocidad.
* * *
José llego a casa a las ocho de la tarde. Amelia estaba sentada enfrente del televisor. Los niños aun no habían llegado del colegio.
óHola. ¿Qué echan?
óNo sé. Una peli de guerra. No la estoy siguiendo.
óMe voy a pegar una ducha.
José fue a la cocina. Allí se quitó la camisa sudada; maldijo en voz baja al darse cuenta de que, a pesar del mono, tenía una pequeña mancha roja en el puño de la manga izquierda. Mecagoendiós, repitió haciendo de ella una bola y arrojándola casi con rabia al cubo de la ropa sucia. Abrió el congelador; llenó un vaso de tubo con hielos y se preparó un Gin tonic. Se tomó la molestia de cortar un trozo de limón, cosa que generalmente no hacía. Acabó de desnudarse y, en pelotas, se dirigió al cuarto de baño dando pasos muy cortos, pegándole breves y constantes tragos al vaso.
ó¿QUÉ TAL EL DÍA? óGritó Amelia desde el comedor.
José no respondió. Dejó el vaso sobre la tapa del retrete, abrió el grifo y se metió en la ducha. Maldijo de nuevo al descubrir vacía la botella de gel de baño. Tras infructuosos intentos de arrebañarle algo mezclando su contenido con agua, acabó lavándose entero con el champú para pelo graso de Amelia. Permaneció bajo el chorro de agua, los ojos cerrados, durante lo que le pareció mucho tiempo. Salió, se secó y le dio otro trago a su copa. Con una mueca de desagrado, caminó por el pasillo hasta el dormitorio tratando de acabársela lo antes posible; la mayor parte del hielo se había derretido y ahora sabia aguada.
Abrió el cajón de las camisas y comenzó a pasarlas, descubriendo que ninguna de ellas le gustaba. Ahora no estaba de humor para ropa floreada. Se dirigió finalmente a la cocina, donde hizo un casting de las camisas del cubo de la ropa sucia, olisqueándoles los sobacos en busca de una que no hediera demasiado. Al final encontró una blanca que podía valer. Acabó de vestirse y dirigiéndose a la puerta de entrada, asomó levemente la cabeza por la sala, donde estaba su mujer sentada.
óMe bajo un rato al bar.
ó¿No cenas?
óYa he cenado óMintió José.
óMira ven, corre, están echando tu anuncio de embutidos. El de los coches americanos.
óAhora no tengo ganas. Volveré dentro de un rato. óY antes de que ella pudiera replicar cerró la puerta tras de sí y bajó los escalones casi a la carrera.
Cruzó la calle y se metió en el Mediterráneo, el bar de delante de casa.
ó¡Hombre, José! ¿Cómo va? óLe dijo Ramiro fijando la vista en él mientras fregaba unos vasos detrás de la barra. Más que una pregunta era un saludo. Sin embargo José sintió la necesidad de responder.
óEstoy viejo. Viejo, así es como me siento. óDijo.
Permaneció sentado en su taburete, la mirada fija en Ramiro, como esperando réplica. No sabía que esperaba oír. Pero quería oír algo. Lo que fuera. Ramiro bajó la mirada a los vasos que estaba fregando, visiblemente incómodo.
óJodidamente viejo. óAñadió José, sin saber muy bien por qué.
ó¿Que te pongo? óPreguntó al cabo de un rato el otro.
* * *
José despertó con una resaca espantosa, un sabor como a cadáver en la boca. Los niños estarían ya en el colegio y Amelia tampoco estaba. Habrá salido a comprar, pensó. No podía recordar gran cosa de la noche anterior. Al volver la cabeza para mirar el despertador, ésta comenzó a palpitar dolorosamente, arrancándole un gemido. La una del mediodía. Con gran esfuerzo dobló el espinazo, se incorporó y se embutió en la ropa del día anterior. Mientras se lavaba la cara boqueó bajo el grifo echándose al goleto toda el agua que pudo beber. El agua estaba tibia; no refrescaba y no amortiguó gran cosa el monumental resecón. Con la camisa algo mojada, salpicada, bajó a la calle y se compró un croissant en la panadería del que solo pudo comer la mitad; la maldita pasta se le quedaba atascada en una bola en la garganta, negándose a bajar. Tiró el medio croissant en la papelera del parking y condujo su viejo Alfa Romeo Spider hasta el garaje de Paco.
óCreí que ya no venias óDijo paco haciendo un gesto con la cabeza en dirección al reloj de pared.
óNo preguntes. ¿Qué tal ha quedado? óPreguntó José dando él mismo un rodeo al Tiburón, examinándolo.
óAsí, así. Ya se sabe: Con la pintura original era otra historia. Un poco demasiado brillante. Tendríamos que haber usado el mate y currárnoslo más con el barniz.
óNo hay tiempo. Mierda puta. Mira, la pintura se ha corrido por debajo de la cinta adhesiva aquí y ha pringado el embellecedor. óDijo José agachándose junto al frontal.
ó¿A ver?
óAquí.
óOh...
óMierda. Mierda puta.
* * *
José permaneció afuera, de pie frente al taller fumando cigarrillos encadenados, escuchando cómo la sierra para metales y las pulidoras hacían su trabajo adentro. Sudaba profusamente, sudaba un sudor frío y malsano que se le escurría espalda abajo y sobacos abajo por debajo de la camisa. Notó cómo le temblaba el pulso en la mano con que sostenía el pitillo. En aquel punto, los chirridos del metal cercenado se intensificaron y José decidió que no podía soportarlo más. Cruzó la calle y se metió en un bar y pidió una cerveza. Junto al botellín le trajeron una copa helada. José tomó la copa helada vacía y se la paso por la cara y por la calva. Por el rabillo del ojo vio cómo una pareja que desayunaba sentada en una mesa le contemplaba divertida y reía. Se bebió la cerveza directamente de la botella y pidió otra. Tres cuartos de hora después, José se dirigió al taller. Se detuvo a la entrada al escuchar todavía los crispantes chirridos de la pulidora; tras unos instantes de duda regreso al bar.
óPonme otra. óOrdenó.
Aproximadamente una hora después el trabajo estaba terminado. José sudaba como nunca. Gruesos gotarrones se le escurrían calva abajo, acumulándose en sus cejas empapadas y escociéndole los ojos cuando éstas desbordaban. Todo él temblaba presa de una terrible ansiedad. Tenía la sensación de que si paraba un momento de fumar, sencillamente, caería al suelo convulsionándose y tendría que ser internado. Se había desabrochado varios botones de la camisa y como una bestia chupaba de su Ducados húmedo, pringoso, pegajoso de sudor. Despegó la mirada del Tiburón un instante en dirección a la capota, que ahora permanecía apoyada contra la sucia pared del taller.
óBueno, más no se ha podido hacer. óDijo Paco encogiéndose de hombros.
Sabía que probablemente era cierto. Sin embargo, el resultado era, sencillamente EL HORROR. Una chapuza espantosa. José miro a Paco tratando de decir algo; al no saber qué decir, se metió el pitillo en la boca de nuevo y chupó con todas sus fuerzas. Otra gota de salado sudor se le metió en un ojo haciéndole parpadear compulsivamente y provocando que le lloraran los ojos. Sintió asco al contacto de su camisa empapada con su piel.
óSe doblará. Lo sabes, ¿no? óAñadió Paco tras un largo minuto de silencio.
óApenas se moverá. Les diré que vayan con ojo. Eso les diré.
óIgualmente se doblará. Sin la capota como refuerzo, a la mínima de cambio toda la puta estructura se combará hacia abajo como una mala cosa. Ya podéis andaros con ojo: Se doblará.
óSí, supongo.
óTendríamos que reforzarla y tal.
óNo hay tiempo. Solo serán unos días de rodaje. Aguantará.
óNo creo. Sabes, no creo. Se doblará y tal.
Se doblaría. Los cojones, pues claro que se doblaría. José lo sabía perfectamente. Los dos permanecieron allí en pie un rato más, contemplando aquel mamotreto indecente, tan distinto de la majestuosa máquina que había sido hacía dos días. José se metió en el coche y maniobrándolo, lo sacó del garaje sin añadir ya nada más y sin despedirse.
En silencio, el sol pegándole de lleno en la calva, lo condujo hasta la productora.
* * *
Nueve de Agosto. En la sala de montaje de la productora, José trataba sin éxito de tragar su propia saliva que se negaba a bajar al topar con su nudo en la garganta.
Aquella copia preliminar y muda de la cinta, todavía pendiente de añadir los canales de voz y música, comenzaba con un plano de un matrimonio sentado a la mesa en una cocina. Se trataba de una cocina cara; una cocina que solo tenían, tal vez, diez o veinte personas en todo el país. Ambos eran tan guapos que daban grima. Sentados frente a un plato de cereales sin leche, movían los labios de sus bocazas guapas y perfectas en una conversación muda, idílica y sonriente. Ella se levantaba entonces de la mesa y se dirigía a la nevera. Era una nevera americana de importación, de tres puertas y cuatro estrellas. Ella abría la puerta de la nevera y tomaba un cartón de leche, sujetándola de forma que la marca fuera plenamente visible. Al regresar junto a la mesa y tras inclinar el cartón de leche sobre su plato de cereales, al comprobar que no caía ni gota, ella reía y se llevaba una mano a la boca con una expresión de sorpresa tan artificial que dolía en las sienes. Luego venía un plano de él: Él también reía. Los dos parecían extremadamente divertidos de haberse quedado sin leche. Entraba entonces por la puerta de aquella cocina descomunal y cara un niño de unos diez años. Era un niño muy guapo. El niño guapo también sonreía y tenía todos los morros pringados de blanco de leche. El matrimonio reía entonces ya como si jamás hubiera visto nada mas gracioso. Él le alborotaba con la mano el pelo al niño en un plano general mientras todos se deshacían en carcajadas.
Finalmente, venia un plano aéreo de un campo lleno de vacas. Junto al campo lleno de vacas, cruzaba una carretera. Por la carretera, pasaba un Citröen Tiburón. Era un Citröen Tiburón rojo y descapotable. El plano duraba aproximadamente tres segundos, durante dos de los cuales, el logotipo de Leche Galicia ascendía desde la parte inferior de la pantalla eclipsando rápidamente al campo, a las vacas, al descapotable y, de hecho, eclipsándolo todo.
José, fumando, mordiéndose las uñas y tratando de echar abajo, a través del nudo en la garganta, el café que había sacado por diez duros de la máquina del pasillo, permaneció casi un cuarto de hora allí sentado, rebobinando morbosamente la cinta en sucesivos pases; adelante y hacia atrás; del derecho y del revés.
Cuando la sensación de irrealidad fue ya demasiado poderosa para soportarla, se levantó al fin, apagó el equipo y caminó por el pasillo que conducía a la salida.
óEh, ¿qué hay José? ¿Vienes de verlo? Ha quedado cojonudo, ¿eh? óLe dijo Aitor cuando se cruzaron en el pasillo.
José no se detuvo. Siguió sin volverse hasta la salida. Una célula fotoeléctrica abrió la puerta y el calor que pegaba en la calle en contraste con el aire acondicionado del interior golpeó a José en la cara como una patada.
* * *
Eran casi las once de la noche cuando José, considerando que estaba ya lo suficientemente borracho, metió toda la chatarra que llevaba en el teléfono del bar y llamó a casa de Pedro. Pedro era un chaval de diecinueve años; el último mono: el chico de los recados de la productora. Aquel mediodía, José, sacándose el muerto de encima, le había dado a Pedro un sobre cerrado con un cheque a nombre de Julián Marías para entregar en mano; también las llaves del Tiburón y el encargo de devolver el coche.
ó¿Está Pedro?
ó¿José? HOSTIA PUTA, tío. Muchas gracias por todo, de verdad. GRACIAS, joder. Me podrías haber avisado, hostia puta.
ó¿Cómo ha ido?
ó¿Que cómo ha ido? ¿QUE CÓMO HA IDO? Hostia puta, el cabrón me quería MATAR. Gracias, gracias de veras. Te lo digo en serio.
óSí... bueno, lo siento.
óQuería que le diera tu dirección, José. El cabrón quería tu dirección. En la vida he visto a nadie mas cabreado. Creí que me mataba allí mismo. Pero no se la he dado, cabrón; me debes una. De todos modos creo que ha llamado a la productora pidiéndola. Tenía los datos en el contrato y todo eso.
óOye, mira... lo siento. En serio. Gracias por todo. Mira, el viernes quedamos y te invito a cenar y a unas cuantas cop...
óMe debes una, cabrón. óLe cortó Pedro colgando de golpe.
José apretó el gancho de colgar con la mano y leyó el display digital del teléfono. Aun quedaba crédito; marcó el número de casa.
óHola Amelia. Soy yo...
ó¿José? óJosé cerró los ojos y se pasó una mano por la cara al percatarse enseguida de que la voz de Amelia sonaba llorosa. ó¡DIOS MÍO, GRACIAS A DIOS! ¿Dónde estás? Ha venido un hombre preguntando por ti. Oh... ha sido horribleeEEEE... óSe derrumbó.
óEscucha... óRebuscó una respuesta, algo tranquilizador que decir; sin éxito. óEscucha, voy para allá, ¿vale? No pasa nada óDijo al fin.
ó¡Sí que PASA! ¡Ha puesto la casa PATAS ARRIBA! ¡TE ANDA BUSCANDO! ¡TE BUSCABA A TI! Oh Dios pero ¿QUÉ HAS HECHO José?
óNo pasa nada. Voy para allá, ¿vale? ¿Has llamado a la policía?
óS-sí. óSollozó.
óEso esta bien. Eso esta muy bien, cariño. Voy para allá, ¿vale? Todo se arreglará, ¿vale? Ya te digo, en nada me planto allí.
Y no había acabado apenas de pronunciar la última palabra cuando aprovechó para llevar la mano al gancho del teléfono y colgar.
José arrastró sus pies hasta el taburete, luchando por conservar el equilibrio, y se sentó. Lo hizo girar de manera que quedó de espaldas a la barra, mirando hacia el antiguo taller, aquél en el que había trabajado tanto tiempo. No sabía exactamente por qué, después de comer, había decidido ir al bar ìEsturiónî, el bar de su antiguo barrio; aquél en el que pasara tantas tardes y tantas noches hacía ya años. Tal vez esperara, se dijo, encontrar cierto confort, un reencuentro con un pasado lleno de sueños. Un reencuentro que no se produjo, en todo caso. Sencillamente, José no logró, por más que lo intentó, sentir nada especial en aquel bar. De nuevo giró encarándose a la barra. Pagó, se terminó su copa de un trago, y salió a la calle.
Dudó unos segundos con las llaves en la mano frente a su Alfa Spider. Finalmente se las guardó en el bolsillo y decidió que caminaría; estaba demasiado borracho. Encendió otro Ducados y echó a andar. La duda le asaltó de nuevo al pasar frente al viejo bloque donde vivía el viejo, a un par de manzanas del Esturión. Hacía como un año que no sabía nada de él; ni de su hermano. Las relaciones desde que marchó de casa, todo había que decirlo, jamás habían sido buenas; sin embargo, de pronto le pareció importante verles. Su índice osciló incluso sobre el botón del interfono. Pronto, sin embargo, desechó la idea. Su reloj digital Casio indicaba que eran ya casi las doce de la noche. Presentarse así de sopetón y encima borracho no era plan, se dijo. Se guardó las manos en los bolsillos y prosiguió su camino.
A una travesía de su casa, escuchó un chirrido de neumáticos detrás suyo; dos potentes luces a su espalda proyectaron una sombra calva, versión alargada de José por la calle desierta del agosto en la ciudad. Antes de que las luces le rebasaran, antes de poder ver el vehículo detenerse a su izquierda, José supo que por supuesto se trataba del Tiburón de Julián. Rojo. Descapotable. Por Supuesto.
óSube. óOrdenó Julián fríamente con el motor al ralenti.
óJulián...
ó¡QUE SUBAS, HOSTIA PUTA!. óGritó Julián inclinándose a un lado para abrir la puerta del pasajero.
José obedeció. Se sentó en el asiento del pasajero y cerró la puerta. Julián arrancó. José no supo qué decir, así que callo en espera de acontecimientos. Julián condujo en silencio, deprisa pero sin temeridades, durante casi cinco minutos antes de hablar. José no pudo evitar percatarse de que el coche sonaba como una carraca; sencillamente, todo el chasis se había deformado combándose hacia abajo. Toda la transmisión se había desajustado.
óHe estado en tu casa. En tu casa. ódijo al fin.
óLo sé. He hablado con Amelia.
óNo estuvo bien. Me puse como loco. Rompí cosas y todo eso. No estuvo bien. óSe encogió de hombros y se volvió a José. Parecía de veras compungidoó No estuvo bien.
óNo, supongo que no.
óPero lo que le hicisteis al coche. óNegando con la cabeza, rió amargamente y levantando ambas manos del volante las puso cara arriba un momento. óLo que le hicisteis al coche...
óEscucha, Julián. Puedo hacer que te paguen. Por todo. Tu di una cifra y veremos qué se puede hac... óSe detuvo en seco al percibir la mirada de incredulidad de Julián.
ó¿DINERO?
Ambos guardaron silencio; José centró la mirada al frente, mientras Julián seguía conduciendo, sonriendo amargamente y negando aún con la cabeza.
óNo, claro, no se trata de dinero. Lo entiendo. De verdad que lo entiendo.
óUna puta mierda entiendes tú. Eso mismo. Una puta mierda, entiendes.
José se fijó en que el Citröen Tiburón había salido ya de la ciudad y estaban entrando en la autovía. Abrió la boca, pero al percatarse de que no encontraba palabras confortantes, nada que pudiera expresar comprensión, la cerró sin añadir nada. El coche, ya en la autovía, había tomado velocidad. El sonido de cascajo de la transmisión rozando con algo se había intensificado. Callaron ambos durante lo que pareció una eternidad.
óUna puta mierda. Eso es lo que entiendes. óRepitió Julián, esta vez sin apartar la vista de la carretera, pero sacudiendo otra vez la cabeza y riendo. Y comenzó a pisarle al coche cada vez mas a fondo.
José, como en un sueño o en una película, observó cómo, frente a ellos, la carretera se cerraba en una curva, en hábil finta alrededor del bosque. Julián seguía acelerando, el rugido de carraca en un crescendo aparentemente sin cima, ensordecedor.
José se repantingó en su asiento, aquel cálido viento nocturno de verano alborotando su pelo escaso y ralo. Entornó los ojos sintiendo un agradable vértigo en el estómago.
Por primera vez en meses, se sintió invadido
por una agradable sensación de sosiego.