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EL FARO

El sol es nuevo cada día.
Cambiando descansa.
Heráclito, Fragmentos 6, 84 a

 
 

I. El transeúnte enamorado






«El devenir de Eleusis está en nuestras manos» rezaba la inscripción pintada en la puerta de la entonces Biblioteca; o algo similar. Alcibíades la leyó en voz alta y sonrió; yo no sabía leer. Habíamos llegado al umbral justo al mismo tiempo pero, contra las costumbres, no hubo duelo alguno óel tácito acuerdo de compartir el refugio dirimió el conflicto y sustituyó al previsible zarpazo. Al descender las escaleras comprobamos, por algunos rastros, que el anterior ocupante había muerto de frío; rápidamente arrojamos el cadáver al río y tomamos posesión del lugar. Los días siguientes, Alcibíades se encargó de los esporádicos visitantes que pululaban alrededor del sótano: cada vez que escuchaba pasos en la escalera la emprendía con cuanto objeto tuviera a su alcance, y desde varios sitios para dar la impresión de que allí abajo había un gentío; recién cuando percibía el desesperado ascenso del invasor, recuperaba su habitual tranquilidad. Al final, optó por clausurar la entrada. Los únicos que bajaban de vez en cuando ócontraseña medianteó eran la Farolera Laís y el Juglar Marcial. La primera nos traía lumbre y comida; el otro nos entretenía con sus informes callejeros. Por el Juglar yo me había enterado de la existencia de cierta Biblioteca a orillas de un Faro ópor eso mi presencia en el lugaró. Alcibíades, en cambio, como lector y estudioso prefería las verdades de los libros a lo que él denominaba las «fabulaciones eleusinas». Los dos andábamos tras los pasos de Oliverio, los dos buscábamos el Faro. Pero a mí me movía el amor, a mi casual compañero de ruta la voluntad de saber.

A Oliverio lo conocí durante el habitual vagabundeo por las calles de Eleusis. La comunión no se dio de inmediato; la casualidad que gobernó los primeros encuentros ócoincidíamos en el lugar y la hora con extraña frecuenciaó de a poco se fue convirtiendo en destino. Y así, uno se volvió la sombra del otro. Esta presencia, sin embargo, nada tenía de sumisa o parasitaria; por el contrario, cada uno representaba aquello que ya no se podía decir del otro óun poco oscuro y bastante inexplicableó pero que allí estaba. Como seres condenados a vagar solos, a cambiar, a ejercitarnos continuamente en el arte de la fuerza y de la dominación, nuestra unión provocaba por su constancia un peligroso desafío para las leyes de la Ciudad. Y la creímos tan indisoluble como la misma sombra. Vivimos con ese convencimiento hasta que, cierto día, una horda de las que aquí abundan nos rescató del error; se nos interpuso en el camino y nos lanzó a veredas opuestas ólas calles de Eleusis son anchas y eternamente oscurasó. Lo último que alcancé a escuchar fue el desesperado grito de Oliverio: «en el Faro, Raquel, nos reencontramos en el Faro». Cuando la marea humana pasó, el hombre había desaparecido. Mis pasos entonces, por primera vez, tuvieron un destino fijo: el Faro.
 
 


II. El hambriento de poder






Enterado de que un tal Oliverio buscaba el Faro, y descreído por completo del argumento romántico, Alcibíades se inclinaba por la teoría del poder. Cada tanto surgía a lo largo de la historia de Eleusis un hombre que, amparado por las sombras, intentaba dominarla. Según el estudioso, el hecho era recurrente, periódico y estaba documentado. Por eso su insistencia con los libros.

óEsta escritura es la huella de un pasado ódecía, mientras esgrimía cualquier volumen que cayera en sus manosó por lo tanto de un presente, por lo tanto de un futuro. Nada puede ocurrir que no haya acontecido anteriormente; nada que no constara en estas páginas; la repetición cíclica así lo certifica...

Para Alcibíades, el tiempo erraba como nosotros describiendo caprichosos círculos. Dar con la época actual era su empresa inmediata (la Biblioteca era inmensa; la luz, escasa); así sabría qué estaba ocurriendo en las calles, qué haría Oliverio óel dominador de turnoó y dónde se hallaba ubicado el Faro, el edificio más mentado, más deseado y menos visto de Eleusis. Con estos datos en la mano, elaboraría ósegún sus palabrasó una sabia crítica de la situación actual de la Ciudad.

óNada hay fuera de este lenguaje óinsistía con vehemenciaó Esta es nuestra única fuente de verdad, inagotable como el mismo río, turbulenta como sus aguas... O ¿pretendés hallarla en otro sitio?, ¿Entre las turbas de arriba, quizás?, ¿En medio de la oscuridad?, ¿O la sabrán acaso las faroleras? óagregaba en tono irónico, dirigiéndose a Laís; la mujer, invariablemente, guardaba silencio.

Una gran desconfianza me inspiraba la inagotable fuente de verdad de mi amigo. La razón era tan elemental como contundente: en el arsenal de páginas que atiborraba la Biblioteca yo no encontraba mi historia con Oliverio ólas lecturas, en voz alta, de Alcibíades me confirmaban esta ausencia. Había sí grandes relatos de amores contrariados, tempestuosas pasiones narradas en forma brillante, episodios insignificantes que, bajo un pulso diestro, adquirían dimensión universal... Sin embargo, alrededor de aquellas lecturas descomunales parecía agitarse una legión de silencios demasiado ruidosos como para pasarla por alto. Invariablemente las palabras enmudecían en el preciso instante en que tenían que empezar a hablar; actuaban como membranas gelatinosas que impedían, a mi juicio, llegar hasta el fondo de las cosas. ¿Cómo esperar entonces que me dieran una respuesta acerca del paradero de mi sombra si ellas desconocían el suyo? El argumento de Alcibíades, definitivamente, no me servía.
 
 


III. El Mesías






Marcial bajó un día a la Biblioteca, desplegó su hoja de informes y leyó en voz alta:

óEleusis tiene un nuevo Mesías; responde al nombre de Oliverio y promete la luz divina.

óOliverio no es un Mesías; él sólo está buscando el Faro para reencontrarse conmigo óle dije alarmada.

ó¿Qué Faro? óme preguntó sorprendido, pero al percatarse de que había cometido un error de oficio (los juglares no conversan con la gente) prosiguióó El Mesías Oliverio predica en la Plaza del Obelisco y promete la luz a sus seguidores...

El dato me retumbó en el cuerpo. Anteriormente, en sucesivas inspecciones oculares había comprobado que no existía ningún Faro cerca de la Biblioteca; ahora Marcial me brindaba una nueva pista para proseguir la búsqueda.

óSon mentiras del Juglar, Raquel, no te hagas muchas ilusiones óme dijo Alcibíades, sin levantar la vista de un libro, a modo de despedida. Ambos sabíamos que no nos volveríamos a ver.

Con el corazón agitado me dirigí hacia la Plaza del Obelisco; estaba ubicada muy próxima a la Biblioteca y era el único lugar, en una ciudad de direcciones imprecisas, que todos conocíamos de memoria. Mientras corría, me aferraba a las palabras de Marcial e intentaba olvidar las de Alcibíades. Al llegar, vi el codiciado círculo del centro abarrotado de gente óera la única zona iluminada por cientos de farolerasó; tribus concéntricas bailaban, reñían y dirimían cuestiones de límites; otras pugnaban por ganar a fuerza de golpes un sitio de privilegio. El ruido era ensordecedor; los transeúntes solitarios optaban por la inmovilidad casi pétrea en los márgenes oscuros del círculo; desde allí acechaban y se guardaban de lo imprevisto. Durante un largo rato me quedé también agazapada, con todos los sentidos atentos y el aliento de los otros rozándome el rostro. De pronto, divisé a Laís cerca de la torre. Por lo general las faroleras no eran amigas del diálogo ni de las explicaciones; rara vez se entablaba amistad con ellas; silenciosas y omnipresentes merodeaban las calles de la Ciudad en perpetua lucha contra la oscuridad y el hambre. Laís, sin embargo, era diferente; como una divinidad protectora extendía su mirada, entre severa y complaciente, sobre sus descarriados mortales. Y su silencio no siempre resultaba inquebrantable.

óOliverio estuvo aquí óme informó la mujeró Preguntó: «¿Donde está el Faro? ¿Donde está el edificio de la luz?», pero los hombres interpretaron que él les hablaba de la luz divina, como un Mesías...

ó¿Donde está Oliverio? óle pregunté ansiosa.

óMirálos óprosiguió la Farolera, señalando las hordasó Ahora lo están esperando, ahora están aguardando la llegada del nuevo Mesías.

óLaís, necesito llegar al Faro óinsistíó ¿Donde queda el Faro?

ó¿Qué Faro? óme preguntó.

ó¡Existe ese Faro! órepliqué furiosaó Lo nombró Oliverio, Marcial lo vio alguna vez cerca de aquí, Alcibíades lo está buscando en los libros... ¡necesito llegar al Faro!

ó¡Shhh, no lo digas tan alto! óreplicó alarmadaó Mirá que esta gente es politeísta, podés terminar igual que Oliverio...

óOliverio no es un Mesías.

Laís sonrió enigmática y se perdió entre la multitud. Me quedé sola en medio de la Plaza. Avancé unos pasos, intentando ganar la seguridad de los bordes, pero dos manos me asieron de la cintura. Mi resistencia fue inútil; el hombre me arrastró hasta un círculo de gente y me tiró al piso. Se sentó a mi lado y, como el resto, elevó las manos al cielo. Oí con nitidez la voz del líder; «Hermanos, el Mesías Oliverio nos ha prometido la luz divina... » gritaba al borde del éxtasis. A un costado, vi correr un río rojo y brillante sobre las baldosas; vi cómo este río desembocaba en el zanjón de lluvia que, con su traicionero disfraz de calle, atravesaba la Plaza; vi cómo los ríos de agua y sangre se dirigían hacia el mar; vi también , de una rápida ojeada, el destino de cordero listo para el sacrificio que me aguardaba. Una ofrenda para el Mesías Oliverio. Pero la suerte estuvo de mi lado; mi captor entró en trance y aproveché para huir; corrí hasta caer agotada en el umbral de un edificio, a varias cuadras de la Plaza. Acurrucada contra la puerta, esperé. Al rato, una poderosa luz me encandiló mientras que la voz de Laís ahuyentaba a los fantasmas idólatras que me perseguían.

óNo necesitás correr tanto, Raquel, no hay nadie detrás tuyo ódijoó Aquí todos olvidan muy pronto; salvo vos, todos olvidan muy pronto.

óEllos no olvidan óle contestéó para adorar a alguien hay que saber recordar.

óComo las aguas de este río así fluyen las cosas y la gente ósentencióó No es la constancia la virtud de ustedes, los transeúntes. Hoy es Oliverio, mañana será otro; hoy casi fuiste ofrenda, mañana ¿quién sabe? óy con una mirada extraña, agregóó Aquí nadie lleva lastres encima, nadie carga con recuerdos sofocantes que doblegan las espaldas y debilitan la vida; casi nadie...
 
 


IV. Instalado y Muerto






El invierno se avecinaba pero no quise retornar a la Biblioteca. La Ciudad se me había vuelto esquiva. El esperado reencuentro con Oliverio le estaba gambeteando al tiempo; y como toda gambeta, corría el riesgo de tornarse pasado sin haber jamás transitado el presente. Esta situación me desarraigaba aún más; no sólo recordaba y dirigía mis acciones hacia un fin determinado sino que, además, el ahora se hundía en la espera. De a poco me fui convirtiendo en otra; los peligros con los que había convivido alegremente durante toda la vida me resultaban penosos; ya poco tenía en común con el típico transeúnte del olvido rápido, con el que, ciego e inconsciente como un niño, navegaba a la deriva de sentidos eternamente variables. Yo me negaba a que el azar digitara mi suerte, me revelaba contra el tiempo que, a cada paso, nos estallaba en infinitos fragmentos, contra el presente que flotaba poderoso en nuestros cuerpos, la única certeza que poseíamos. Yo recordaba, por eso seguí buscando el Faro.

Los días siguientes merodeé la Plaza del Obelisco, monté guardia permanente y resistí a los intentos de desalojo de las tribus que sucesivamente se adueñaron del lugar. Hasta que escuché el rumor. Al parecer, un grupo de transeúntes habría abandonado la vida errante para instalarse en un edificio de la remota zona Norte de la Ciudad. Algunos afirmaban que la construcción se asemejaba a un Faro. Por otro lado, una tribu de la Plaza ya había partido hacia lo que aquí se conoce como la «Defensa del Tránsito». Esta empresa, muy practicada en Eleusis, tenía por objetivo la búsqueda y posterior eliminación de los desertores. Rara vez, sin embargo, iba más allá de las intenciones. El desaliento cundía con rapidez debido a que no existía intercepción alguna entre el mundo de los instalados y el de los transeúntes: ni ellos contactaban con las calles ni nosotros conocíamos la verdadera ubicación de sus territorios. Inclusive, algunos dudaban de la existencia de aquellos. Esta sospecha se sustentaba en la repugnancia casi física que experimentaba el errante ante cualquier estado de quietud. Como bien afirmaba la Farolera, la constancia nunca fue nuestro fuerte; era absurdo suponer entonces que, en el mismo espacio geográfico, crecieran seres que navegaban contra la arrasadora corriente del movimiento. Pero al margen de la veracidad de su existencia, los sedentarios constituían una presencia tan desagradable como hostil para la vida; debían , por lo tanto, ser eliminados.

Esperé con paciencia el retorno de la tribu justiciera; los pocos que volvieron me informaron que no encontraron nada, ni instalados ni Faro; que tampoco habían llegado hasta el final, que otras cuestiones los retuvieron por el camino, como por ejemplo, la llegada del frío. Cuando éste cayó sobre Eleusis, las calles quedaron desiertas; en estampida la gente buscó refugio en las estaciones subterráneas; desaparecieron las faroleras y la luna emprendió su prolongado escondite detrás de eternas nubes de lluvia. Cualquier movimiento se tornó tan doloroso como imprescindible ómás que nunca la quietud garantizaba una muerte inmediata. Durante días deambulé por las calles de abajo; busqué calor entre los cuerpos apretujados de frío, y pregunté por Oliverio. Un transeúnte me informó que creyó ver a un hombre, con las señas de Oliverio, caer devorado por el río de lluvia que desemboca en la entrada Norte de la Ciudad, cerca de los Acantilados. Lo mencionó en voz alta pero nadie hizo comentario alguno por lo que deduje que ya se habían olvidado del Mesías. Desoyendo las advertencias del cielo me dirigí hacia los Acantilados, el gran cementerio natural de Eleusis. Allí vi cómo llegaban los cadáveres arrastrados por los ríos; vi cómo permanecían entre las rocas hasta que, de una violenta brazada, se los tragaba el insaciable estómago del mar; durante noches enteras vi desfilar al ejército que no había logrado burlar las mortales trampas callejeras; vi también muertos por accidentes varios, por enfermedades, por frío, por riñas, por vejez. Vi un continuo fugar de cuerpos por ese gigante intersticio; y vi a la misma muerte devenirse vida en el preciso y magistral movimiento de las olas. Pensé en Alcibíades, en su soberbia ilusión de atrapar, encuadernar y dominar en el palabrerío a la indócil realidad de Eleusis. Afortunadamente, no tuve noticias de Oliverio.
 
 


V. Parte de la historia






La última imagen que guardé de arriba fue la de la Plaza con su inconfundible Obelisco; con la mirada clavada, y ya un poco perdida, en el inútil artefacto decidí volver a la Biblioteca. Arrastré el cuerpo como un pesado lastre y bajé los escalones conocidos; no me resultó raro encontrar el sitio vacío. La mayoría de los transeúntes desconocía su existencia. La construcción carecía de vínculos con las redes subterráneas; esta particularidad edilicia había distanciado a las partes: los libros se salvaban, año tras año, de las hogueras invernales y la población perdía, generación tras generación, el rastro de las palabras escritas. Me instalé en un rincón; con las fundas de terciopelo de los grandes tomos envolví mis pies azulados que se negaban ya a cualquier movimiento óel frío de los Acantilados había minado definitivamente mis fuerzas. Laís bajó al rato; después de encender las lámparas y darme algo de comida se limitó a comentar los últimos libros; algunos hablaban del Mesías Oliverio.

óLas faroleras transcribimos la historia de Eleusis ódijo encogiéndose de hombrosó Ponemos un poco de orden...

óPero vos me dijiste que fue un error, que a Oliverio lo habían mal interpretado, Laís, Oliverio está buscando el Faro para reencontrarse conmigo óprotesté, aunque ya sin mucho convencimiento.

óEllos, en ese momento, deseaban un Mesías; aquí los deseos son órdenes óreplicó.

No pude seguir hablando pero seguí pensando. Maldije el momento en que a Oliverio se le ocurrió citarme en el Faro, en un lugar saturado de contenidos simbólicos y de múltiples interpretaciones. Maldije al Faro, maldije la serie de mutaciones a las que nos había condenado. Pero mis fuerzas pertenecían al pasado; la vida en tránsito tenía la desventaja de la extrema brevedad. Observé a Laís; sólo las faroleras llegaban a viejas. Mientras, las imágenes de Oliverio ocupaban el último espacio de tiempo que me quedaba. A medida que el fin se aproximaba, Oliverio se volvía más nítido, casi tangible; Oliverio y yo deambulando por las calles y desafiando a Eleusis otra vez, con la negra silueta del Obelisco como telón de fondo. El Juglar bajó la última noche ópara darme calor yo había quemado varios libros; por la habitación danzaban alegres siglos y siglos de escrituraó y pasó el informe: Alcibíades encontró a un hombre, instalado en una torre de la zona Norte, que, al parecer, funcionó como Faro en el pasado; le dio muerte y arrojó su cadáver a la corriente del río que desemboca en los Acantilados; luego se apoderó del sitio con la intención de dominar la Ciudad, de volver a encender la luz. «La voluntad de poder es cíclica» le habría dicho el sabio a Marcial, «Estas son épocas para grandes dominaciones; yo voy a ratificar la historia... » Acto seguido, le ofreció al Juglar un lugar en la empresa. Enterrada bajo pesados volúmenes que oficiaban de abrigo óla historia de Eleusis se me venía literalmente encimaó oí la voz de Marcial a coro con la de la Farolera; los dos narraban lo mismo; no pude distinguir si Laís sólo repetía o era ella la que dictaba. A medida que hablaba, también escribía. Escribió durante un largo tiempo, con el ceño fruncido. De tanto en tanto, me echaba una ojeada. Cuando la lumbre se agotó, dejó el lápiz, tomó la lámpara y se acercó hasta mi precario lecho.

óLas faroleras transcribimos la historia; ahora estoy ordenando los fragmentos de la tuya óme dijo.

óEl Obelisco se parece a un Faro óle dije con mis últimas fuerzas.

La mujer se dirigió lentamente hacia la escalera.

óVoy a iluminar la entrada de la Biblioteca ódijo mientras lanzaba una mirada de inspección al lugaró Este espacio puede ser reutilizado, tal vez como... bueno, que los transeúntes decidan. Eleusis ya no tiene lectores, pero los libros pueden servir de abrigo.

óEl Obelisco pudo haber sido un Faro, en otra época ¿verdad? óinsistí.

Laís me miró.

óVos te estás muriendo óreplicóó Ya no vas a necesitar más luz .

ó¡Quien sabe! óalcancé a decirle.


Este cuento pertenece al libro de Zenda Liendivit: "Contratiempo" (Faro Editorial, Buenos Aires, La Argentina, 1997)

Quien quiera adquirirlo puede hacerlo por intermedio de la Librería Stevenson <stevenson_libros@yahoo.com>.
Su precio es de $7 (incluye los gastos de envío).


© 1997, Zenda Liendivit
Uploaded on February 12th, 2001.
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