# 26 - Introducción

Año 7 -- Número 26
Primavera 1990







Testimonios de un coordinador de grupos de reflexión acerca de la palabra y la escritura
(Primeros borradores)
 

El cuadro me habla.
No. ¿Qué estoy diciendo? Eso no puede ser: ¡Los cuadros no hablan!

Y sin embargo:
El cuadro me habla.

¿Y qué es lo primero que dice?
A ver: ¿qué es lo primero?
Dice:
--Soy un cuadro.

Maldición.
Otra vez al comienzo.
Bendición.
Bien; dicción.
¿Buena dicción?

Pero ¿fue eso lo primero que dijo?
Tal vez no.
Tal vez lo primero fue un flechazo en el centro de mi miedo, ése que fundaba el universo. Aromas de niñez para la palabra de un cuadro.

No hay maldición que por bien decir no venga.

El cuadro me mira.
La palabra le ha dado ojos.
Y yo le he dado la palabra.

Los Verbonautas miran el cuadro.
Pero ¿qué es lo que miran?
Me dicen:
--Miramos el cuadro.
¿Qué cuadro?
¿Cuál es el cuadro más a mano?

La palabra: esta irrupción del temor.

Un escritor sin miedos es una medalla para el voto de las academias.

La escritura: ese lugar donde la palabra funda otras lógicas.

Para los Verbonautas, llegar a la madurez fue decidir reanudar las rondas. Rondas que exigen fundamentos nuevos con cada luna nueva.

El cuadro habla pues las voces que se dirigen a él exigen palabras nuevas.

Y no hay significado sin palabras. Y no hay mayor arrogancia que lo dicho ni mayor estupidez que creer en la existencia del silencio.

Los Verbonautas conversan y yo adivino palabras escondidas en los pliegues de sus gestos.
¿Quién habla entonces?
¿A quién abandonamos cuando la voz nos deja atrás?

--Sos difícil, Daniel.
Sí, Ana; sí. Pero, a ver, que los fáciles levanten la mano.

Y es que las voces de un escritor no siempre se ponen de acuerdo.

¿Qué decir entonces de los libros?

Escuchar es subrayar las palabras del otro. Y subrayar es sacar de contexto. Dialogar, entonces, es la amable puja por hacer que el otro nos roce el corazón.

Dijo Leonardo:
--El beso: ese mordisco atenuado por el amor.

Escribir es también una forma amorosa de morder las palabras. Y la voz: una exageración de la boca; una poética de dientes y lengua húmeda; una burladora de gargantas; el aliento que juega a empantanarse y salir.

Todo habla. Todos hablan.
No hay manera de hacerlos callar. Hasta los muertos hablan; casi diría que son los más charlatanes. Y es que --como en el chiste--: hablar es morir un poco.

Frenar.
Decir también es frenar cuando la palabra se va de boca.
Interrumpirse y arrancar.
Desenraizar.
Sembrar diferencias entre lo cotidiano y lo exótico.
Dar un segundo golpe de vista.
Volver a pintar el cuadro.
Contrastar el chiste contra el temor.
Desanudar el mundo.
Desnudar el nudo.

Escribir es dar al tiempo un modo otro de deslizarse.
Leer es tergiversar ese modo.
Allá y acá la neutralidad se espanta. La estrategia despliega sus dones. Le pone un título al deseo.

Torcer la labor.
Tordo a babor.
Todo dador.
Tos delatora.
Tez de telar.
Titular.

Pero ¿quién le pone título a un deseo? Cuando la estrategia hace su juego, cualquier deseo es un título de nobleza.

Alguna vez, uno de mis personajes habló acerca de la sospechosa cercanía entre las conjugaciones de los verbos creer y crear.
Es que --a veces-- la palabra tiene inclinación hacia la herramienta.
En cambio, la herramienta siempre se inclina ante la palabra.

Un título nunca es un nombre ajeno; lo ajeno es siempre un rótulo.
Decir título es decir nombre propio.
Es preanunciar la venida de un deseo real, una fantasía de reyes.
Poner un título es volver a creer en los reyes.
Establecer la privacía sobre lo que se hará de dominio público.
Dar lugar al dictado de lo oportuno. Reforzar su carácter de mandadero, para de inmediato pedirle la renuncia.

Veo tu gesto. Demasiado invasora esta letra, ¿eh?
: Un lector es un gesto; ¿o acaso hay algo más atravesando esta cortina?
En fin, lo que no te pertenece no podrás llevártelo.

El amo-de-la-pluma es pura individualidad, un piel-roja asomado a la carga de la caballería, el que se apodera de ese lugarcito en el que somos --más que en otros-- nosotros.

El amo-de-la-pluma exagera, cabalga en un exceso de arrogancia... Y se deja seducir.

¿Será cierto que se mira tanto a sí mismo? ¿O será un truco para no largar toda la prenda?

Prender lo aprendido.
Robar la atención.
Desarmar en un descuido.

Cualquier descripción es siempre una caricia postergada.
Tiempo de espera: cuestiones poco pensadas, ¿intentos para eludir respuestas? Interpretar: inter-apretar... ¿En los rincones? Miedo al yerro: ¿el adiós a la ingenuidad o su retorno?

Alguien mira sobre mi hombro, la mesa se estremece.
Mesa extrema. Las extremidades de un cierto mecerse. Cuando las voces de los escritores se entrecruzan, una mirada se asoma a mi hombro para hacerme un comentario invisible.

La escritura es una interrupción, una inter-erupción; ¿una intensa irrupción?

¿Sabrán los Verbonautas que los borradores ya no existen? No hay puntada sin hilo; ni nudo. Ni ataque cardíaco.

Un escritor no tiene por qué ser un solitario; pero debe saber de la soledad. De los beneficios de la soledad frente a la memoria, y de la forma como se deshace frente a cualquier punto final.

La compañía es un sueño. Igual que la soledad. A veces, también, una pesadilla. Y ser escritor es un rol, igual que ser maestro. A veces, también, un amor. Cualquier rol es una pintura que se incendia.

La mano debe fallar. Describir es hablar de fantasmas, una carencia puesta en el lugar adecuado, avanzar sobre las expectativas.

--¿Y lo que hay para decir?

Quien no da palabras a su desconcierto quedará atado al ancla: la boca del estómago también quiere hacer su apuesta.

--Un estímulo puede fundirse en una espontaneidad cuidada.

¿Quién cuida a quién?
¿Qué oído cuida lo que a nadie importa?
El respeto suele ser un eufemismo para no mencionar la seducción.
Los estímulos son cosa del olfato. Un libro debe oler.
Compartir es olerse mutuamente con placer.

Hay un momento en la abstracción que nos devuelve a la vigilia: una palabra diferente nos hace un tajo, nos vuelve tan particulares que la comunión debe esperar.

En algún lugar, escribir es arrogarse el derecho de avanzar sobre el otro con humildad pero con valor.

--¿Y la timidez?

¿Es que queda algún hereje sin quemar?
¿Es que te has creído que encender una hoguera sirve nada más que para moralizar?
Las explicaciones irán llegando a su tiempo, y también las explicaciones de las explicaciones...
Eso sí: cuando la última página llegue, alguien te pedirá que muestres el talón de tu entrada: no hay más-allá sin contraseña.

¿Será necesario volver sobre la memoria?

Contar.
Contar es tensar el arco.
¿Sigue siendo así?
¿Y qué significa tensar?

¿Contar mucho o poco?
¿Para gloria de quién?

¡Atrás!
¡Que los muertos retrocedan!
¡Incluso los que llevan nuestros nombres!

Hoy es 28 de julio de 1990.
Hoy, hablar de Cultura es hacer una abstracción desmesurada.
Hablemos del barrio, del frío del invierno.
Hablar de Cultura tenía más fuerza hace cien años.
Hablemos de la náusea, de las sospechas.
Hoy, la Cultura no existe.
Hoy nos rodea el amable balbuceo de los desprevenidos.
Hablemos de la alegría de un abrazo en medio de la noche.
Hoy, el llanto de los políticos merece un ministerio o --quizá-- alguna estatua.
Hablemos de los recuerdos, ese último resabio de la literatura, y sirvamos otra ronda de lo que sea.

Contar es saber de cantidades.

--Las mejores palabras en el mejor orden.

Sin embargo, hemos reflexionado poco y nada acerca de lo que significa mejor.
Sobre todo, en estos días en los que la cantidad se ha apoderado de la calidad.

Contar lo que al uno le pasa.
Lo que al uno lo pasa.
De lo que lo atraviesa.
Porque si el portavoz no se emociona, nadie se emocionará.

Y una emoción es lo más parecido a una revuelta.

Escribir es instalar tiempo a partir de un sueño. Y ponerle fin.

Más de una vez he visto nuestros cuerpos untados con el miedo.
Quien no transforma sus prohibiciones en un esbozo de libertad, termina sus días como tratante de esclavos.

¡Demasiada matemática en el bolsillo de los guardiacárceles!

Poner fin: acordarse de cierta nostalgia que producen los comienzos.
¿O es que hay algún testamento que no haya quedado inconcluso?

Insisto: escribir es fácil. Dame tres meses y nos empaparemos de toda la información pertinente: puntos, comas, sujetos y predicados.

Lo que nunca podré darte: tiempo.

(Todavía recuerdo cómo fue dejar la casa paterna.)

Lo que nunca podré darte: puntería.
Aunque soy muy capaz de descubrir las flechas perdidas en un bosque.

A ver: ¿todavía estás pensando en tomar la palabra?
¿Qué palabra?
¿Qué flecha?
¿Qué bosque de flechas guardado en la niñez?

Decían que lo difícil es comenzar... Hablemos de lo que pasa cuando hay que poner fin.

Lo que nunca podré darte: valor.

Miles de palabras olvidadas y unas pocas discapacitadas para alejarse.

¿Cuál es tu palabra?
Esa: la que te hace temblar.

¿Cuáles lectores?
¿Qué mirada?
¿Qué fantasma es ése que se cuelga de tu mano?

Escribir es --también-- dar peso a los dedos, meterse en los dedos. La intromisión digital dirigida a una estética de lo separado.

Sí, ya sé: Me volví a poner difícil.
Y bueh; no cualquier capricho es capaz de entrar y salir.
A ver: ¿Alguno cree que hay que ser impecable para calzar las zapatillas de maestro?

(Cejas arriba. Cejas abajo.)

A ver: ¿Vos también escribís para "comunicarte"?

¿Y no se te ha ocurrido pensar que para salir de pobre no alcanza con tener dinero?

Escribir bien es dejar que la inteligencia pase por las vísceras.

Escribir bien, entonces, es disciplinar las vísceras ante la presencia del mundo: Hacer de tripas neurona.

Dicen los dictadores de hoy:
--Dejad que los intelectuales vengan a mí.

Y antes de que otros lo hagan, prefiero ser yo quien entierre mis banderas. Por aquello de la tierra fértil.

A ver: ¿Por qué le creemos al pastorcito cuando grita "¡Lobo; lobo!"?

--Porque los intelectuales argentinos han canjeado la sonrisa por un pie de página.

Querido Elburundi:
Aún sigo considerando tu propuesta, pero necesito una aclaración: ¿A qué te refieres cuando me dices que, en vez de ir al grupo de Lapierre, sería mejor que me anotase en una carrera de Fórmula Uno?

--Maestro; ¿y el talento?

¿Vos te referís a ese brillo en los ojos?

--No; me refiero al talento.

¿Vos te referís a la arrogancia de un "sí"?

--No; al talento.

¿Vos te referís a ese esfuerzo por abrir el mundo sin que los tesoros se fuguen?

--No; ¡al talento, al talento!

¡Atrás! ¡Atrás!
¡Que los muertos retrocedan!
¡Incluso los que llevan nuestros nombres!
 

 Daniel Rubén Mourelle

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