# 32 - Diome

Año 9 -- Número 32
Otoño 1992



El artista y el velo que oculta la pureza original de las cosas
 

Creo que si la realidad viniese a herir directamente nuestros sentidos y nuestra conciencia, si pudiésemos entrar en comunicación inmediata con las cosas y con nosotros mismos, el arte sería nulo, o más bien, todos seríamos artistas, porque nuestra alma vibraría entonces continuamente al unísono con la Naturaleza. Nuestros ojos, ayudados por la memoria, recortarían en el espacio y fijarían en el tiempo cuadros inimitables. Una mirada nuestra cogería al paso, esculpidos en el mármol viviente del cuerpo humano, fragmentos de estatua tan hermosos como los de la estatuaria antigua. Oiríamos como una música --alegre unas veces y las más veces triste, pero siempre original-- que cantara en el fondo de nuestra alma la melodía constante de nuestra vida interior. Todo esto se halla en torno de nosotros y en nosotros mismos, y, sin embargo, nada de ello lo percibimos claramente. Entre la Naturaleza y nosotros, ¿qué digo?, entre nosotros y nuestra propia conciencia viene a interponerse un velo que es muy tupido para el común de los mortales y casi transparente para el artista y el poeta.

Nos hallamos en una zona medianera entre las cosas y nosotros, pero fuera de las cosas y por fuera también de nosotros mismos. Y de cuando en cuando, como por distracción, engendra la Naturaleza almas más desprendidas de la vida. No hablo de ese desprendimiento premeditado, razonado y sistemático, obra de la reflexión y de la filosofía.

Hablo de un desprendimiento natural, innato a la estructura del sentido o de la conciencia que se revela al punto por una manera, en cierto modo virginal, de ver, oír o pensar.

Si este desprendimiento fuese completo, si el alma no se adhiriese a la acción por ninguna de sus percepciones, sería un alma de artista como aún no ha habido en el mundo. Este artista descollaría en todas las artes, o más bien las fundiría todas en una sola. Percibiría todas las cosas en su pureza original, tanto las formas, los colores y los sonidos del mundo material como los más sutiles movimientos de la vida interior.

Pero sería pedir demasiado a la Naturaleza. Hasta para aquellos que ella creara artistas, no ha levantado completamente el velo; sólo lo ha levantado accidentalmente y por un solo lado. En una sola dirección ha dejado de enlazar la percepción con la necesidad. Y como cada dirección corresponde a lo que llamamos un sentido, por uno de sus sentidos y por él nada más se entrega el artista generalmente al arte.

De ahí la diversidad de las artes en su origen. De ahí también la especialidad de las predisposiciones. A uno le atraen los colores y las formas, y como ama el color por el color y la forma por la forma, el percibirlas por ellas mismas ve transparentarse la vida interior de las cosas a través de sus formas y de sus colores. Poco a poco le hará entrar en nuestra percepción, desconcertada al pronto. Por un instante al menos, nos despojará de prejuicios de forma y de color que se interponían entre nuestra retina y la realidad. Y así realizará la suprema ambición del arte, que es la de revelarnos la Naturaleza.

Otros se replegarán más bien sobre sí mismos. Bajo los mil actos que dibujan la superficie de un sentimiento, tras la palabra corriente que expresa y recubre un estado de alma individual, irán a buscar el sentimiento puro, el puro y simple estado de alma. Y para inducirnos a tentar este mismo esfuerzo con nosotros mismos, se ingeniarán por hacernos ver algo de lo que ellos han visto. Mediante asociaciones de palabras, que al organizarse en un todo se animan de una vida singular, nos dice, o nos sugieren, cosas para cuya expresión no parecía estar hecho el lenguaje.

Otros trazarán surcos más hondos todavía. Bajo estas alegrías y estas tristezas, que en rigor pueden traducirse en palabras, sorprenderán algo que no tiene ya nada de común con la palabra, ciertos ritmos de vida más íntimos al hombre que sus más íntimos sentimientos, porque son ley viva de sus desmayos y sus exaltaciones, de sus pesares y sus esperanzas. Acentuando esta música, la impondrán a nuestra atención y harán que la compartamos íntimamente, como un transeúnte que alterna en una danza. De este modo harán también que algo se conmueva en el fondo de nuestra alma, pues para vibrar sólo aguardaba ese momento.

Así, pues, el arte, pintura, escultura, poesía o música, no tienen otra misión que apartar los símbolos corrientes, las generalidades convencionales aceptadas por la sociedad, todo, en fin, cuanto pone una máscara sobre la realidad, y después de apartada ponerla frente a la realidad misma. Una mala inteligencia sobre este punto ha dado origen a la cuestión de realismo e idealismo en el arte. El arte es una visión más directa de la realidad. Pero esta pureza de percepción implica una ruptura con los convencionalismos, un innato interés localizado especialmente en el sentido de la conciencia, en suma, una cierta inmaterialidad de la vida, que es lo que siempre se ha llamado idealismo. De modo que podríamos decir, sin jugar en modo alguno con el sentido de las palabras, que el realismo está en la obra cuando el idealismo está en el alma, y que sólo a fuerza de idealidad puede llegarse a estar en contacto con la realidad.

«La risa», Plaza Janés, trad. A. Aydée, Barcelona 1967, 881-5.

Bergson, Henri
1859 nace el 18 de octubre en París. / 1884 Extraits de Lucrèce. / 1889 Essai sur les données inmediates de la conscience (Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia). / 1890 ingreso en el Collège de France, donde obtiene la cátedra de Filosofía antigua. / 1891 Le rire, essai sur la signification du comique (La risa, ensayo sobre el significado de lo cómico). / 1896 Matière et Mémoire (Materia y memoria). / 1904 obtiene la cátedra de Filosofía moderna. / 1907 L'evolution creatice (La evolución creadora). / 1919 L'Energie spirituelle (La energía espiritual). / 1928 Premio Nobel. / 1932 Les deux sources de la morale et de la réligion (Las dos fuentes de la moral y de la religión). / 1934 La pensée et le mouvant (El pensamiento y lo moviente). / 1941 muere el 4 de enero en París. Obra de edición póstuma: Ecrits et Paroles (vol. I: 1957, vol. II: 1959, vol. III: 1960).


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