Intro
Revista literaria sobre bicicleta roja
--Ficción casi precisa y de oportunidad--
Corría el año 1984; el nuevo proyecto del alemán y mío --una revista de ciencia-ficción y fantasía llamada "Parsec"--, por lo visto, se desbarrancaba. Las ventas en descenso más la inflación galopante eran un indicio claro de que, si nos empecinábamos en continuar, terminaríamos en la calle. Una vez más, las Tortugas Negras se salían con la suya.


Interludio:

No me detendré, por ahora, para contar acerca de las TN --como solíamos llamarlas para alejar la yeta--; bastará con que se den una idea de sus características a partir de su mero nombre.


¿Dónde estaba?... Ah; sí:

El futuro no se nos presentaba para nada prometedor. Parsec había sido un intento de mejorar los magros ingresos de nuestra imprenta (fundada a principios de 1983), mediante la edición de un producto de calidad dedicado a la ciencia-ficción (como suele llamársela), pero que, resultados sobre la mesa, no contaba con un público importante, dispuesto a gastar regularmente todos los meses. Si en su lugar hubiésemos editado una colección de libros, dentro del mismo género, no creo que nos hubiera ido mejor; pero, claro, eso nunca lo sabremos.

Simultáneamente, comenzamos a editar otra revista: "Clepsidra"; sólo que en este caso sin ninguna expectativa de que nos diera ganancias; muy por el contrario, sabíamos que la cosa iría a pérdida segura: era literaria, con sugerentes intrusiones dentro del campo de la filosofía, o --para no ser tan pretenciosos-- dentro de los terrenos de la reflexión. Incluía relatos, poesía y algunos artículos de autores que nos gustaban --los que se incluían con y sin permiso de los mismos; en un solo caso, uno de ellos nos envió un texto especialmente: Fernando Savater, quien por esa época era conocido en Buenos Aires por muy poco público lector.

Así estaba nuestra situación: un desastre en puerta y ninguna idea para evitarlo.

Tanto Parsec como Clep --así la llamábamos dentro de casa-- habían logrado algunos suscriptores, por lo tanto, se nos ocurrió que pudiera resultar un buen paso el fusionarlas, lo cual congregaría a los lectores de una u otra revista en un solo grupo un poco más grande --apenas más grande, para ser exacto.

Finalmente, convirtiéndose en una sección importante dentro de Clep, Parsec hizo que la cantidad de páginas se duplicara, y eliminó de en medio la distribución en kioscos --la cual nos sacaba más de un 33% de lo recaudado, en valores absolutos (lo digo así, porque la inflación nos comía otro tanto o más).

Esta fusión produjo una pelea entre los miembros del consejo editorial de Parsec, la cual desembocó en la ruptura de relaciones con algunos de ellos, quienes a su vez se encargaron de ponernos como responsables únicos del fracaso editorial frente a quien quisiera escucharlos. No había caso, por mucho que lo negáramos, Alex y yo veníamos meados de lleno por algún perro famoso.

Así, llegamos a fin de año, cansados como nunca y con la barrera del verano, el cual --así había sido siempre-- cumpliría en disminuir la cantidad de trabajo extra que solíamos conseguir. Nuestras máquinas se habían marchado hacía rato para poder pagar las distintas deudas contraídas, por lo que desde mayo trabajábamos en combinación con una imprenta del Centro, la cual para colmo no estaba entregando lo encargado con la calidad debida. Como se ve, estábamos inmersos en una racha de mala suerte sin precedentes.


Interludio:

Quizás convenga que dé algunos datos acerca de Alex, el alemán. Seguimos siendo amigos, aunque hoy por hoy nos veamos en contadas ocasiones: se dedica a la edición de videos. Siempre fue un tipo de interesarse por esas actividades que exigen mucho estudio y equipamiento.

Nos conocimos en 1980, en la Escuela de Filosofía de Buenos Aires, la cual estaba dirigida por Luis Jalfen --él fue quien facilitó a Leonardo, otro de los colaboradores y miembro también de la Escuela, la dirección para escribirle a Savater--. Alex y yo tuvimos muy buena onda de entrada, fue uno de esos encuentros donde lo que se dice parece haber sido dicho ya al amparo de algún conjuro.

En el '82, cuando ya me encontraba realizando diseño de libros desde mi propia empresita y con buen resultado, me propuso sumarse, aportando las máquinas de impresión. A comienzos del '83, estuvo hecho: éramos socios a partes iguales.

Codo con codo, aprendimos a manejar las máquinas: impresoras, guillotina y algunos aparatos más pequeños destinados a las tareas de pre-prensa. Por mi parte, como hasta el año anterior, continué como único encargado del área de diseño.

El trabajo anduvo bien hasta agosto o septiembre; luego, comenzó a decaer y, como ya dije antes, sabíamos que, en el verano, se pondría peor.

Durante los meses altos, habíamos pedido ayuda a amigos que quisieran hacer algunas changas extra; pero ante el bajón, comenzaron a aparecer más esporádicamente, hasta que, cerca de fin de año, Alex y yo pasábamos la mayor parte del tiempo, uno en cada salón de nuestra empresa cuando había algo que hacer, o charlando los dos solos junto a la cafetera cuando no.

Aquellos fueron los primeros años del TEI (Taller de Ediciones Independientes), e imprimimos la mayoría de los libros editados por entonces, sobre todo de poesía, que circulaban fuera de los carriles comerciales. Cada tanto, me fumo un pucho de cara a la biblioteca que los guarda mientras observo sus lomos.


Durante los meses de enero y febrero del '84, fue que apareció la idea de sacar una revista de ciencia-ficción. Clep, en cambio, ya venía marchando desde octubre del '83: tenía algunos diseños ya listos y bastante material seleccionado; su número inaugural, con una tirada de 500 ejemplares, salió en diciembre (aunque con fecha de enero del '84, por cábala). Parsec tuvo que esperar algunos meses más; lo mismo que Buba (mi hijo mayor), quien ya venía en camino.

Clepsidra no había sido mi primera experiencia como fundador de una publicación periódica. Mis años en el "under" me habían enseñado unas cuantas cosas, las cuales fueron quedando plasmadas en: "Azul", 1975 (un solo número, vendido en su totalidad en las colas que esperaban para entrar a la segunda función del legendario recital "Adiós, Sui Generis", un rato antes de que la montada nos corriera a palos y me ligara unas patadas en los tobillos propinadas por un cana en ropas de fajina, bigote y cabello al tono); "Ecos del Viento", 1979 (boletín de poesía y citas breves); "El cielo en el nido", 1980 (plegables donde comenzaron a aparecer fragmentos de Savater, Trías, Roszak, Castaneda y Cioran); "Filofalsía" (la primera; revista de la Escuela); "Arkam", 1981 (revista-libro con muchas ilustraciones, la cual mechaba poesía con algo de fantasía y ciencia-ficción, más nuestros infaltables autores ya nombrados); y "Filofalsía", 1983 (las segundas; dos antologías que sirvieron como experiencia previa desde el mismo TEI ya fundado).

De Arkam, salieron solamente dos números y fue la primera publicación con la que hice la experiencia de salir a vender de puerta en puerta. Y me fue muy bien; pero algo enojado porque los otros dos editores no quisieran ayudar, terminé tirando a la basura la mayor parte de la edición. A pesar de todo, en sus comienzos, fueron memorables los días que pasamos recorriendo los quioscos de las estaciones de subte, ofreciéndola: nos internábamos temprano por la mañana y emergíamos cuando ya era de noche --una experiencia fantástica: pasar el día bajo la superficie, los días sin sol.


Llegados a este punto, puede que deba ponerlos un poco en situación "geográfica": ¿dónde era que estaba el TEI?

Sobre la Avenida "Juanbe" Justo, casi llegando a la esquina con Warnes, había un banco y una casa de venta de amortiguadores; en la planta alta de esos dos locales, en lo que antiguamente fuera un laboratorio, instalamos el TEI. Era un espacio muy grande, el cual compartíamos con Último Reino (a mi juicio, una de las editoriales de poesía más importantes de los años '80 y '90), ellos ocupaban la parte que daba a la calle, y nosotros, el contrafrente.

Además de la editorial propiamente dicha, UR contaba con dos o tres máquinas para la composición en frío de los textos --unas IBM que ocupaban un escritorio entero cada una: negras y bastante "sonoras", cosa que no llamaba mucho la atención dado que el ruido proveniente de la avenida era mucho mayor.

Ni bien ocupado aquel piso, UR y el TEI se complementaron como engranajes recién salidos de la fábrica y bien lubricados: ellos realizaban el copiado de todo trabajo que entrara, y nosotros, la impresión y encuadernación. Por supuesto que nuestra mutua supervivencia no dependía solamente de la confección de libros de poemas, aceptábamos cualquier trabajo de producción gráfica que nos dejara las monedas necesarias para sostener nuestra permanencia digna sobre esta tierra. Así es como solíamos realizar desde catálogos para droguerías hasta papelería de toda clase.

La circulación por aquella planta alta era, por lo tanto, muy nutrida; no sólo por los clientes, sino porque acostumbrábamos "visitarnos" a cada rato. Y no únicamente por cuestiones de laburo, también porque las charlas sobre literatura, política y hasta deportes nos brindaban los descansos necesarios a esas jornadas que comenzaban por la mañana temprano y terminaban recién cuando se ponía oscuro --recuerdo, incluso, haberme quedado por la noche en varias ocasiones; y no haber sido el único.

De aquellos días, mi memoria guarda muy especialmente las veces cuando Víctor (director de UR) y yo nos quedábamos charlando "después de hora", en compañía de unos buenos vasos de vino fino. Era un placer escucharlo --porque sus conocimientos sobre literatura y los escritores era atrapante--; no creo haber dicho más de diez palabras en cada una de aquellas ocasiones y no exagero si digo que fue uno de mis mejores guías --aunque él probablemente no lo sepa.

Y --ya lo imaginarán-- la cantidad de escritores que pasaron por aquella planta alta sería imposible de enumerar; puesto que no solamente iban quienes tenían intenciones de editar algún libro, sino que también lo hacían quienes colaboraban con nuestras revistas u otros que simplemente pasaban para conocer el lugar.

Cuando el TEI se mudó, UR continuó sobre la Juanbe hasta 1992 (si es que no recuerdo mal).

Quizás deba decir (de paso) que 1983 fue el año cuando abandoné la idea de continuar dentro del ámbito de la música con intenciones profesionales. Esto puede que merezca alguna vez un capítulo especial, pero no será en este momento.


Durante nuestro primer año allí, yo vivía en esa parte de Buenos Aires que nunca supe a ciencia cierta si era Palermo o Barrio Norte (aunque me inclino más por este último), en un edificio que aún se encuentra sobre Agüero, casi esquina con Beruti.

Todas las mañanas, tomaba el 109, el cual me dejaba en la puerta de nuestro alcázar. Así fue desde marzo del '83 hasta mediados de septiembre, cuando uno de esos imprevistos, que de entrada parecen sumamente inocentes, se cruzó en mi camino.

Como buenos ratones, hábiles para hacer que cada peso rindiera por dos y hasta por tres, no nos contentábamos con poner avisos en el diario, sino que aprovechábamos cuanta publicación estuviera a tiro de piedra siempre y cuando no significara gastar más de la cuenta (una cuenta que, tal como sospecharán, era bien reducida).

Así fue como, entre las distintas publicaciones que aceptaban nuestros avisos, estaba la llamada "Segundamano"; en cuya sección de avisos libres (gratuitos) aparecía el TEI cada semana.

Y ocurrió que cierta vez, charlando acerca de los gastos personales, Guille, uno de nuestros colaboradores --quien siempre iba y venía hasta y desde los lugares más insólitos en bicicleta--, me preguntó por qué no me compraba una. Y acto seguido y sin esperar respuesta, abrió el ejemplar de Segundamano de esa semana, el cual estaba apoyado sobre la platina, para señalarme la página donde se ofrecían bicicletas usadas.

Hechas las llamadas de rigor, Alex me llevó en su auto, al día siguiente, al lugar cuya dirección figuraba en el aviso.


Una vez más, cabe que retroceda en el tiempo para explicar ciertos acontecimientos que se relacionarán con aquéllos de 1983.

No había aún comenzado la primaria cuando mis viejos me compraron una pequeña bicicleta de color rojo; era diminuta y de piñón fijo. Luego de abandonadas las rueditas de apoyo, el barrio me vio pasar, entre mal y bien, desde la esquina de Pedraza a la de Núñez, mañana y tarde. Aquella bici, acorde al inevitable paso de los meses, me fue quedando chica y terminó en manos de un vecino dos o tres años menor que yo.

Los demás pibes del barrio tenían sus bicicletas desde hacía rato cuando, la mañana de Reyes de 1964, me encontré con una "26", previo a un desayuno que, creo, nunca tomé. Era roja, igual que la anterior, y un poco más grande que las de mis amigos, cosa que me dificultó largarme --todo se veía muy abajo, incluso la posibilidad de una caída--. No obstante, durante aquel verano en Necochea, mis músculos recordaron lo que debían y fuimos inseparables.

No era la más linda del barrio, recuerdo que uno de los de "a la vuelta" tenía una celeste metalizada, la cual incluso lucía un faro alimentado por una dínamo cuyo rotor se apoyaba sobre la rueda delantera. Pero como ninguna era roja, mis amigos comenzaron a llamarla "Colorada". Y así fue como aquel bautizo se le quedó hasta que, una tarde de 1969, dado que ya no la usaba, mi vieja se la vendiera al afilador porque "hace falta la plata para los libros del colegio." Las madres de aquella época tenían esas cosas, sobre todo en los barrios periféricos.


Bien... Ahora, creo que puedo volver al '83.

La dirección del aviso nos llevó a un departamento de Palermo Viejo, y para nuestra sorpresa, había allí cuatro bicicletas exactamente iguales, las cuales no daban para nada la sensación de ser usadas.

Confirmado el precio y luego de intercambiar un par de miradas con el alemán, elegí la que me pareció mejor y nos fuimos. Por aquellos días, muy al contrario de ahora, solicitar una factura no era lo acostumbrado, menos aún si se tenía la sospecha de que no convenía saber el origen del objeto adquirido; incluso, de hacerlo, lo más que se obtenía era un papel sin el más mínimo valor.

Alex se preguntó si cabría en el auto, pero yo, dispuesto a comprobar si no había olvidado cómo se hacía, le dije que regresara al TEI, que yo iría pedaleando. No me fue tan mal; con bastante temor al principio, fui ganando confianza y llegué apenas diez minutos después que él.

Desde entonces, nunca más tomé el 109 y el ejercicio de cada mañana, sumado al de las nochecitas, me fue desarrollando unos envidiables músculos en cada pierna.

Aquella bicicleta era de color violeta claro, tirando al azul, y al poco tiempo, todos nuestros compañeros de la planta alta de la Juanbe se preguntaron por qué la habría bautizado: "Colorada".


Como les contaba, estábamos en octubre de 1984 y ya nos habíamos dado cuenta de que Parsec no podía sostenerse con lo producido por sus ventas, así que preparamos un último número, a salir en noviembre, donde anunciábamos su integración a Clepsidra, resultado de lo cual los interesados sólo podrían recibirla mediante suscripción.

Allí terminó aquella empresa, dado que las esperadas suscripciones fueron por demás escasas. De todos modos, como pensábamos continuar con Clep de la manera como siempre se han sostenido la mayoría de las revistas literarias --es decir, con dinero de los bolsillos de sus editores--, el poco metálico resultante fue a parar a su fondo de reserva.

Así fue que llegó el verano y las medidas de emergencia se fueron apilando, hasta que finalmente, tomamos la triste decisión de irnos de la Juanbe en cuanto terminara el contrato de alquiler. Esto también significó que la sociedad con Alex llegara a su fin, aunque siguiéramos vinculados en todo lo que tuviera que ver con Clepsidra.

Durante enero y febrero, fui viendo qué posibilidades brindaba el alarmante panorama local para continuar con las ediciones de libros tal como lo hiciera antes de 1983. Lo primero fue buscar un lugar que sirviera de vivienda y lugar de trabajo --Buba tenía ya seis meses, lo cual no dejaba mucho margen para dudas ni demoras. Justo por entonces, gracias a una invitación de nuestros amigos de Necochea, nos fuimos hacia allá a disfrutar algunos días durante marzo sin amenazar nuestros ahorros.

Previo a ello, salió el esperado cuarto número de Clep, con la sección Parsec incluida, la cual ocupaba 42 de las 120 páginas totales (si no recuerdo mal, el formato era 21 por 22, en centímetros).

Por aquel entonces, todos los viernes a la tardecita, se reunía el Círculo Argentino de Ciencia-Ficción y Fantasía en el bar de la esquina de Rivadavia y San José; así que allá fuimos, el alemán y yo, para presentar a nuestra recién nacida --aunque puede que deba decir "resucitada".

No nos fue nada mal, repartimos las correspondientes a los suscriptores, contestamos todas las preguntas que nos llovieron a diestra y siniestra --tanto las bien intencionadas como las otras--, y vendimos una cantidad sorprendente de ejemplares.

Terminado aquél viernes, me despedí del alemán hasta mi regreso de Necochea, cuando nos encontraríamos para finalizar nuestra sociedad, cobro mediante de algunos billetes que nos adeudaban los morosos que nunca faltan.

A mi vuelta y antes de que terminara marzo, la buena suerte --ésa que suele aparecer cuando todo está perdido-- me llevó hasta una casa en alquiler, la cual reunía los requisitos que necesitaba. Hubo que pelearla dado que había otros interesados, pero la victoria nos sonrió esta vez. Así fue que, desde abril, hogar y TEI se instalaron sobre Thorne, a poco metros de Bilbao --el barrio del Caballito se convertía en una promesa cargada de expectativas.

Aquella fue una mudanza monstruosa, la primera que demandó más de un día y varios quebraderos de cintura. Por suerte, cada escritorio, mesa y estantería fue encontrando su lugar, lo mismo que los muebles familiares. La cuestión de salvaguardar la vida hogareña quedó resuelta gracias a la disposición de la casa: al frente, tenía una recepción bastante amplia y un garage, el cual, dado que no teníamos auto, fue el lugar indicado para las mesas de diseño y toda la parafernalia de cajas, cajitas y cajotas repletas de lo esencial o simplemente de valor por motivos caprichosos.

Gracias a la generosidad de Víctor y compañía, las pilas y pilas de ejemplares no vendidos de Parsec, quedaron en la Juanbe hasta que les encontramos un destino digno.

Una vez instalado en Villa Thorne, permanecía la cuestión de cómo continuar con el trabajo de diseño y ediciones, vale decir: la búsqueda de nuevos clientes y el aviso a los viejos de la nueva dirección.

Al contrario de lo pensado, el trabajo fue creciendo, lo cual me dio la tranquilidad que necesitaba para tomarme un respiro y planear nuevos movimientos.

Como ya no tenía que trasladarme hasta el trabajo, la Colorada quedó en la parte delantera del garage donde me la cruzaba cada vez que pasaba desde mi escritorio hacia aquél.

El número 4 de Clep había salido con fecha de marzo de 1985, con lo cual ya me encontraba preparando el siguiente para junio. Aun con las ventas de aquel viernes, quedaban todavía muchos ejemplares empaquetados. Fue entonces que, una tarde, al ver a la Colorada e inmediatamente una pila de revistas sobre el tablero del garage, recordé la lista de socios que el CACyF nos había dado hacía casi un año; supuse que debía de estar desactualizada, pero para lo que se me estaba ocurriendo ese dato no fue de gran importancia.

Busqué la lista, señalé aquellas direcciones que fueran las más cercanas y me preparé un itinerario para el día siguiente: segundo viernes de mayo. Mi idea era llevar algunos ejemplares de Clep/4 y ofrecerlos a los socios que encontrara en sus domicilios --no podían ser muchos debido al peso: la Colorada era una bici de carrera con ruedas de cubiertas extremadamente delgadas, lo cual las volvía muy propensas a pincharse incluso con las piedritas más inofensivas--. Que los posibles lectores estuvieran en su domicilio era muy importante, por lo que tendría que salir luego de las cinco de la tarde.

Como se podrán imaginar, mis expectativas eran débiles y llevaba preparados en mi cabeza tres o cuatro discursos de presentación, además de una defensa importante contra las seguras frustraciones.

A la hora señalada y previo el encendido de varias velas a Gary Cooper, cargué diez ejemplares en mi mochila y me lancé sobre la Colorada para averiguar de una vez por todas si se trataba de otra de esas ideas intempestivas que, de haber mediado cosas más importantes, habría quedado demorada indefinidamente.

Al llegar a la primera dirección, se desarrolló un diálogo más o menos así:

--Hola; soy Daniel, de Clepsidra y Parsec, ¿está X?

--Sí; soy yo... ¿Quién me dijiste que eras?

--Daniel; traigo el nuevo ejemplar de Parsec...

--¿Daniel? ¡No me digas! Vení; pasá.

--No; mirá, no puedo, es por la bici, no tengo cómo dejarla afuera.

Como siempre la usaba para viajes redondos o para ir de casa a la Juanbe y de regreso, nunca había tenido necesidad de comprar una cadena y su correspondiente candado.

--Ah... Bueno.

--Estoy visitando a los socios del CACyF para ofrecer el nuevo número de Parsec; sale junto con Clepsidra... ¿Le interesa?

Siempre me resultó difícil tutear a personas bastante mayores que yo.

--¿Y cuánto sale?

--El precio está actualizado, por la inflación, pero en relación es igual que antes en los quioscos.

Y aquí le dije un precio como si hoy dijéramos veinte mangos.

--Bueno; esperá que ya te traigo la plata.

Supongo que no haría falta que les explique, con pelos y señales, mi sorpresa. Hecha la venta y luego de conversar un rato en aquella puerta sin bajarme de la Colorada, salí rumbo a mi siguiente destino.

Aquello pudo haber sido una casualidad, o un golpe de suerte de los que suelen adjudicarse a los principiantes; lo cierto es que, terminada la recorrida, había vendido seis ejemplares y dejado otros dos, puesto que las personas buscadas no se encontraba en sus casas, con la idea de regresar a la mañana siguiente.

De regreso, estaba más que sorprendido, me encontraba anonadado, no lo podía creer, había sido demasiado fácil. ¿Cómo podía ser que las mismas personas que no se suscribieran, habiendo leído en aquel último número de Parsec que sería la única manera de conseguirla, la compraran sin chistar?

De los ejemplares dejados, vendí uno; con lo que el balance de aquella recorrida terminó en un triunfo por 7 a 3. Nada mal, teniendo en cuenta que había dado por segura una derrota por goleada.

Durante sábado y domingo, preparé los circuitos para la semana siguiente, ya más distantes, y se podría decir que la ansiedad fue tanta que decidí no esperar hasta las cinco de la tarde, los comenzaría por la mañana; total, a quienes no encontrara les podría dejar el ejemplar y volver al día siguiente.

El porcentaje de ventas no se mantuvo igual de alto, pero al terminar de visitar todas las direcciones de Buenos Aires, el rendimiento fue de un 50%. ¡Increíble! Era como haber encontrado El Dorado. Aquel fue el comienzo de una rutina que continuó durante varios años, algunas de cuyas peripecias contaré más adelante.


La historia de la Colorada no terminó allí; ya pasada la mitad del año, por agosto o algo así, la cantidad de suscriptores estaba acercándose a los 300. Desde ya que no se trataba solamente de quienes vivían en Buenos Aires; supongo que la suerte arrastra más suerte, puesto que, desde que iniciara mis recorridos, comenzaron a llegar suscripciones de residentes en el Interior --había logrado anotarme como librero en varias de la editoriales más importantes, y ofrecía, exclusivamente a los suscriptores, descuentos importantes en todo tipo de libros; esto último fue una movida clave para atraerlos: en las provincias, resultaba difícil conseguir ciertos títulos.

Un día bastante frío, iba en camino de regreso a casa por Moreno; más temprano había llovido y el asfalto estaba mojado. Al llegar a Colombres y dar la obligada curva puesto que Moreno se acaba allí, la rueda delantera de la Colorada pisó un cartón, derrapó y se fue de costado; tuve suerte porque pude saltar a tiempo, pero la pobre fue a parar debajo de las ruedas de un 128. Varias personas me ayudaron a levantarme, pero su amabilidad no fue suficiente consuelo: la Colorada estaba hecha un estropicio. Poco me importó la ropa embarrada y sucia de aceite; me sentía como si hubiese perdido a mi mejor amigo.

Por aquellos días, me había vuelto visita frecuente en la bicicletería de Monte y Achával --por los incontables pinchazos que recibía en las ruedas--; así que hacia allí me encaminé. Don Cosmo me dijo que no me preocupara, que él podría armarme otra bici (el bicicletero se llamaba en realidad Cosme, pero "old ways die hard").

--Vos mismo podés elegir las partes --insistió, señalándome sus estanterías y armazones colgantes.

--¿Pero seguro de que no hay modo de arreglar a la Colo?

--No; mirála, no vale la pena.

Pero viendo mi cara, agregó:

--Lo importante es salvar su alma.

Estuve a punto de preguntar a qué se refería, pero me interrumpió:

--Elegí las partes; yo te voy a hacer buen precio. Cuando vuelvas mañana, te vas a llevar una sorpresa.

Así fue que nos pusimos a recorrer el negocio: armazón rojo --metalizado apenas--, frenos importados, ruedas de cubiertas gruesas (bien gruesas), guardabarros negros, manubrio cromado... La recaudación debida a las suscripciones de los últimos dos meses me permitiría darme ese lujo; después de todo, la Colorada era parte del equipo indispensable.

Antes de que me fuera, me dijo:

--Esta tarde la armo y por la noche hago... Bueh; lo que falte. Eso sí: los restos de la vieja quedan acá.

El gesto duro en su cara hizo que no retrocediera en busca de respuestas.

Pasé el resto del día muy intranquilo; de nada me sirvió tratar de concentrarme en el trabajo pendiente, no me podía sacar a la Colorada de la cabeza: recordaba el accidente una y otra vez, como si un verdugo me pasara una película de aquel mediodía, tomada desde arriba de mi cabeza.

Luego de la cena y ya que el frío había amainado, fui a fumarme un pucho a la terraza: me gustaba mirar la lámpara de la calle por entre las ramas peladas del árbol. En eso estaba cuando, sin motivo, se me dio por mirar hacia atrás; el cielo, todavía nublado, comenzó a iluminarse o, al menos, eso fue lo primero que pensé. Mirando mejor, me di cuenta de que no se trataba del cielo, era un resplandor creciente que se alzaba a unas dos cuadras de distancia, desde --y ya lo habrán adivinado-- la esquina de Monte y Achával. No duró casi nada; creció, y se hundió más rápidamente aún. No hubo sonido alguno, pero el cuerpo se me hundió hacia el pecho como ante una explosión. Volví la vista a la calle: necesitaba confirmar si alguien más se había percatado de lo ocurrido... Pero no; nadie. Ni un auto, nada; ni un alma... Y esta última palabra se me quedó colgada de los pensamientos casi casi igual que la bombita cuya luz me llegaba por entre las ramas.

Como estaba previsto, al día siguiente, rumbeé hacia lo de Cosmo... Y allí estaba, reluciente.

--¿Y? ¿Qué talco? --me saludó mi amigo--. Pocas coloradas como ésta, ¿eh?

No encontré espacio para la sorpresa: mis ojos estaban clavados en esas ruedas que me llamaban por mi nombre.

--Ah --prosiguió--; le hice unos agregados fuera de programa --me guiñó el ojo que siempre se le piantaba hacia afuera--: cortesía de la casa.

Efectivamente, en medio del manubrio, había una caja con varias hileras de botones.

--Son los comandos automáticos --sonrió hacia un costado, como si alguien más rondara entre las estanterías--; pero por ahora no te hagás drama, andá como siempre que, si llegaras a necesitar alguna explicación, te la doy más adelante.

Íntimamente supe, como en tantas otras oportunidades, que mi encuentro con Cosmo continuaría los carriles que la maravilla había decidido ponerme en el camino. Además, sin mayores dudas, supe que ésa era la Colorada, mi Colorada. ¿Cómo era posible?: aquella mañana, no estuvo a mi alcance acertar con la respuesta, pero los meses siguientes me darían la confirmación de mis presunciones.

El reparto de Clep continuó como hasta entonces, y mejor. Fue evidente que aquellos pedales sabían más que yo de las cuestiones relativas a la supervivencia de una revista literaria.

Igual que surgen las leyendas, aquellas rutinas de andar por los barrios porteños, e incluso hasta zonas tan alejadas como San Isidro o San Justo, comenzaron a incluirse en los rumores tan comunes a los ambientes de la letra: "Ayer te vimos; ibas por Maipú hacia el norte..." "El otro día, mi primo me contó que le llevaste la nueva Clep; ¿cuándo venís por casa?..." "El viernes te vi salir de la Juanbe; yo justo estaba llegando..." "Me contó Leo que, el miércoles a la tarde, cruzó justo delante tuyo, estabas en el semáforo de Estado de Israel y Humahuaca..."

Siempre supe, o me pareció apropiado creer, que cuando, en 1988, el Fondo Nacional de las Artes nos dio el premio, fue por los contenidos de los distintos números... Pero, en ese rincón de las entrañas donde pican las saetas del destino, nunca pude obviar que Clep había llegado hasta allí gracias al incondicional aporte de la Colorada.

Años más tarde, los concurrentes a las lecturas de poesía realizadas en Stevenson, la habrán visto exhibida orgullosamente sobre la pared de las luces. Hoy, quien se dé una vuelta por Matorras, la verá en la salita, junto a la cocina, debajo de la escalera que lleva hacia el estudio de grabaciones caseras. La caja de controles no se ve: los sucesivos avances de tecnología fueron reduciendo su tamaño hasta lograr que cupiera dentro del manubrio --tenemos una muy parecida en el auto.

Así es que, cada vez que alguien me pregunta qué hace falta para lograr que una revista literaria sobreviva, no dudo en responder: "Una bici; y si es roja, mejor."
 

Daniel Rubén Mourelle
Junio de 2001


La Colorada en el Garage de Villa Thorne


La Colorada en Stevenson (Pared de las Luces)

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