Nunca antes
habían tenido que escalar piedras tan
escarpadas; si bien
bajar era mucho más fácil que
subir, el fantasma
del regreso los tenía muy nerviosos.
Odiaban todo lo
que fuera nuevo; no lo sabían, pero
así era.
Saber no era parte
de sus objetivos, saber correspondía
a un rincón
de su horizonte; sin embargo, como los
rincones no podían
ser erradicados del todo, ése en
particular, les
producía picazón y no tenían modo
de rascarse.
Los Invasores eran
así, ya lo habían demostrado en
el Teatro y, después,
a su paso por las comarcas vecinas;
no tenían
reyes ni reinas, "mala cosa", diría alguna
vez Hueso, "porque
sólo hay que cortarle la cabeza
a uno y cambiar
la corona de lugar." Los Invasores
no querían
reyes: cualquier valor les servía de corona.
Se deslizaban por
la pared de roca, usando clavos
y cuerdas, no tenían
la paciencia suficiente como
para utilizar el
camino de cornisa; cada tanto, lanzaban
una andanada de
flechas, en parte por el gusto de
verlas volar e imaginar
supuestos heridos, allá abajo,
y en parte como
anuncio terrible de su proximidad.
A veces, no tenían
más remedio que subir; eso ocurría
cuando alguno de
sus vigías se daba cuenta de que
habían pasado
de largo algún refugio con posibilidades
de ser rapiñado.
Ya no elegían a quién acosar, arrasaban
lo que encontraran
en su camino, y no les importaba
realizar desvíos
cuando veían nuevas presas por el
rabillo del ojo.
El prostíbulo de la Paloma se salvó
porque estaba prácticamente
incrustado en la piedra
y sólo se
lo podía ver si el viajero pasaba por delante
al recorrer la cornisa.
El oasis, en cambio, fue divisado
fácilmente,
y la avidez descontrolada apuntó a su
inmediata ocupación,
única forma como eran capaces
de concebir el descanso.
Divisaron a las cuatro
figuras que se sacudían las
ropas luego de la
tormenta y, casi como guiados por
una conciencia colectiva,
decidieron dar un rodeo
para atacarlos desde
abajo.
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"Xahuar"
http://www.geocities.com/xahuar/
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