La rima
La rima es un opio
barato que se administra al lector,
para adormecerle
ante el contenido esencial del poema.
La mayoría
de los poemas rimados hacen el efecto de
esas bandas nupciales,
cuyo efecto de bombo y platillo
sofoca lo más
preciso de la obra, su estructura vital.
Un marco grosero
y llamativo atrae la mirada del observador,
en perjuicio del
poco de vida que ríe entre sus cuatro
maderas. Un buen
versificador puede disimular su falta
de genio, forjando
catorce versos que arrollen el
oído ya que
no el alma. Hay una especie de cuento
del tío que
el versificador hace al lector. El versolibrista
debe interesar a
base de talento y de poesía pura;
la vacuidad de un
verso libre resalta sin atenuación
ni engaño.
Para interesar con el verso libre hay que
ser gran poeta;
la generalización de esta forma traerá
una disminución
cuantitativa de escritores aparejada
con una riqueza
cualitativa. El gran poeta versificador,
en busca de equilibrios
musicales, introduce, a pesar
suyo, elementos
ajenos a su obra. Hugo versolibrista
hubiera escrito
la centésima parte de sus versos y
con mayor resultado.
El verso libre permite y exige
la síntesis:
con cada uno de nuestros renglones podemos
hacer un soneto
si se nos antoja. La métrica fue el
pantalón
corto de la poesía: ahora la poesía es adulta.
El árbol
extiende sus ramas desiguales; y no por eso
deja de ser el poema
árbol. Un bosque no se línea
en estrofas: el
hombre, deseoso de andar entre árboles,
inventó la
alameda en lugar de robustecer sus piernas.
Yo no concibo a
un dios contando con los dedos para
forjar el poema
del mundo. Admito que todo poeta debiera
versificar, en sus
comienzos, así como el niño hace
palotes antes de
iniciarse en la escritura; sería
una disciplina útil,
aconsejadora de prudencia en
el uso de la frase.
Lo demás no: la poesía debe buscarse
en la evocadora
afinidad de las palabras, ya que no
podemos prescindir
de esa limitación. El hombre esta
cansado de métrica;
y observa con asombro que las
poesías de
Verlaine son más hermosas traducidas libremente
al castellano. Confieso
que debo mis más grandes emociones
de lector a Nietzsche,
Whitman, Saint John Perse,
o Andreief. Juntando
todos los versos de Lugones no
se encontrará
tanta riqueza poética como en algunas
paginas de su Prometeo
o de su Sarmiento. Abandonemos
los gastados artificios.
La poesía no es un juego
de sociedad ni un
sport de niñas lánguidas. La poesía
fue voz e intuición
de grandes verdades, quiere volver
por su antigua magia
y videncia. No está envejecida
ni chochea como
dice Gasset: ella se nutre de lo maravilloso,
y nunca estuvo el
hombre, como ahora, tan cerca de
la maravilla. Eso
tenía que decir, y lo digo en prosa
deshilachada y un
tanto pedante. Alzamos una voz nueva
y abusamos de ella,
quizás, como el niño glorioso
de poseer un nuevo
tambor. Pero, con todo, el silencio
envejece en la trillada
música del hombre; otra vez,
en cada palabra
niña y en toda voz que despunta.
Leopoldo Marechal |