| Savater y el toreo |
| Desengaño del toreo
Nada es tan difícil como teorizar legítimamente --literariamente-- sobre una afición. Ni tan ocioso. La exaltación se apergamina en la letra, recae en tópico y cursilería, convierte en chafarrinón el inefable matiz, acopia hipócritas justificaciones racionales de lo que debe toda su gracia a ser inexplicable, gratuito, inmerecido. Sólo el atajo noble de la poesía o, para quien no lo alcanza, la descripción narrativa que no oculta su opción subjetiva ni la impone chulescamente, pueden transportar atisbos del temblor de nuestro gusto, de lo que en nuestro gusto tiembla y respira. Cuando es la afición al toreo el móvil del texto, el reto se hace aún más espinoso y pocos logran escapar a la charanga del majo castizo y postinero, de pringosos y perpetuos desplantes, o a la tarima académica con su jerga perentoria. De vez en cuando se mezclan ambas, porque al chulapón le encanta el birrete doctoral y al docto le priva escupir por el colmillo. La carga de folklore estereotipado, erudición farragosa y jerga estomagante convierten la lectura de escritos taurinos en un empeño aniquilador. De ahí el agradecido asombro con que leemos los apuntes sobre toros de un Rafael Sánchez Ferlosio o de José Bergamín, piezas maestras que ni siquiera necesitarían el erial averiado que las rodea para destacar por méritos propios. Lo importante, aquí como en toda literatura, es sentir bien, o sea, que el pensamiento dé que sentir y no sólo que el sentimiento dé que pensar. A eso se le llama saber escribir, y no a sacudir esdrújulas o repetir dicharachos de zarzuela. A los toros, como es sabido, hay quien no los puede ver. No los pueden ni ver, dice Bergamín, mucho menos gustar o sentir. Claro que esto no sólo les pasa a quienes atacan la fiesta --que, afortunadamente, lo es todo menos "nacional" y cada vez lo irá siendo menos-- sino también a quienes, a falta de cosa peor que hacer, se sienten obligados a defenderla. Lo más difícil es que la fiesta logre salvarse de sus defensores: si logra sobrevivir a éstos, no hay mejor garantía de inmortalidad. ¿Cómo van a resistir los toros justificaciones tales como que "hay crueldades peores" (!) que a los cretenses ya les divertía el esparcimiento (!!) o la de que inspiraron a Ortega páginas brillantes? La fiesta de los toros es injustificable, es decir, milagrosa; y no hay razonamiento antropológico o culturalista que logre hacer ver un milagro a quien no lo puede ver. Al contrario, hay quien se previene contra los milagros, quien experimenta azorada repugnancia al olfatear su cercanía. Este rechazo visceral, que brota de lo que Nietzsche llamaba "el ideal ascético, negador del engaño y, por tanto, de la vida", es más estimable que las apologías de a perra gorda. Y más conmovedor: cuando Manuel Vicent, por ejemplo, maldice "el tedio costumbrista con que se contempla a un morcillán asaeteado, lleno de cuajarones y vomitando los menudillos y media espada asomada por la tripa"... ¿a quién recuerda, sino al padre de la Iglesia que desde su cilicio clamaba contra la mujer, "saco impuro de inmundicias", y contra el acto amoroso, "babeante intercambio de humores fétidos, entre gruñidos bestiales"? Ni Vicent puede ver el milagro taurino ni el eremita el milagro carnal, pero desde luego sería inútil justificárselos, cuando en el propio asco que rezuma su prosa flamígera ya está presente la tentación de la verónica y del súcubo... Desde su propio título, este libro de José Bergamín es todo él un magistral e insuperable desengaño del toreo. Me explico, para que no se me escandalicen ustedes antes de tiempo. Dice Bergamín, que el toro se queda en el engaño y es el torero quien tiene que sacarle de su engaño, al torear. "Torear es desengañar al toro, no engañarlo; burlarlo; que no es burlarse de él". Pues bien, también este libro pretende desengañar con sus recortes y galleos a los que se han quedado embebidos en el engaño del toreo. A los engañados, por ejemplo, por la pornografía exhibicionista de los toreros estentóreamente "valientes" --que encuentra inmediata complicidad en la cobardía masiva de cuanto energúmeno hay en la plaza-- y por quienes pretenden sustituir la emoción del toreo --que es únicamente la emoción del arte-- por otras emociones bravuconas que frustran al espectador y le degradan con una especie de "onanismo fantasmal". Desengáñase aquí también a quienes con un punto despectivo llaman "artistas" a los pocos toreros de verdad que aún podemos ver, frente a los que sin desdén pero sin otro encomio que el moral ("honradez", "pundonor", "eficacia", etc...) deben ser llamados "lidiadores". Puede ser curioso repetir la lista de esos toreros de verdad, tal como la establece quien ha tenido la suerte de poder ver a casi todos los matadores de nuestro siglo: Antonio Fuentes, los Gallos (Rafael y José), Gaona, Juan Belmonte, Cagancho, Antonio Bienvenida y Ordóñez, Pepe Luis Vázquez, Curro Romero y Rafael de Paula, a quien va dedicado el libro. También se desengaña al lector de algunos tópicos recurrentes de la pseudosofía taurina, como el barullo geométrico de los terrenos o la obsesión por el "temple". A los adictos a este último les llama Bergamín "los templarios" y les recuerda que no hay más temple que aquel rememorado por el Gallo al contar una de sus faenas: "A cada pase que daba se me saltaban las lágrimas". Pero estos desengaños, este burlar el cuerpo a quien no consiente la suprema verdad taurina de la ilusión, no se hace con ánimo docente ni modos de dómine, sino en un agilísimo y cadencioso revuelo que encanta al desengañar, que desengaña al encantar. Y así nos viene el último desengaño, el que nos despierta del género mismo del escrito taurino, de sus modos, modas y manías. Desengaño del crítico "justiciero" y de sus "denuncias" (todavía recordamos a aquel inefable sabio que, al día siguiente de la fabulosa faena de Paula en Vista Alegre, proclamaba: "¡El toreo de Paula denunciado por la televisión!"), pero desengaño también de que pueda darse cuenta del arte por medios que no respondan legítimamente al arte. A este respecto, "La música callada del toreo", es uno de los más bellos y sobrios ejercicios de estilo de quien quizá sea nuestro mejor prosista vivo. Elogio vivo y desengañador de la emoción mágica, milagrosa, del toreo; emoción que tiene que trascender el juego de la lidia so pena de que la fiesta se degrade en una modalidad algo bruta de deporte popular. Para quienes han sentido esa emoción y por ello pueden ver los toros es este libro; a los otros, la callada por respuesta, tal como les responde desde el ruedo, con su música callada, el torero.
Fernando Savater, «Sobras
Completas», Ediciones Libertarias
Artículo referido al libro:
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